Nueve versos cortos que se aprenden en un minuto y acompañan toda la vida.
Es uno de los textos más repetidos de la espiritualidad en lengua española, y uno de los más breves: nueve versos, casi todos de cinco sílabas. No explica nada ni argumenta: afirma. Por eso se reza bien cuando no hay fuerzas para más. Aquí tienes el texto, lo que se puede decir con seguridad de su origen, un comentario verso a verso y algunas maneras de rezar con él.
Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta.
La tradición carmelitana cuenta que Teresa llevaba esta letrilla escrita en un papel, a modo de registro, dentro de su breviario, y que allí estaba cuando murió en Alba de Tormes en octubre de 1582.
Hasta ahí llega lo que se repite en todas las fuentes. A partir de ahí conviene ser prudente. Los autógrafos de los poemas de Teresa no han llegado hasta nosotros, y quienes han editado su poesía advierten que es difícil saber cuántos de los que se le atribuyen son realmente suyos. En el caso de esta letrilla, algún estudioso ha propuesto que pudo ser uno de los billetes que le escribía san Juan de la Cruz y que ella guardó. La atribución a Teresa es la tradicional y la más extendida, pero no puede darse por demostrada.
Sí hay acuerdo en otra cosa. Las estrofas que a menudo se imprimen a continuación («Eleva el pensamiento, al cielo sube…») son una glosa añadida, algo muy habitual en la época, y no hay indicios de que sea de la santa. El carmelita Tomás Álvarez, editor de sus obras, lo señala así, y recuerda además el fondo bíblico de la letrilla, sobre todo de san Pablo.
Sea de quien sea la mano que la escribió, lo cierto es que dice en nueve versos lo que Teresa enseña en todos sus libros.
«Nada te turbe». Está en segunda persona: alguien te habla. Puede leerse como un consejo que Teresa se da a sí misma o como palabra de Dios al que reza. No dice «no sientas», dice que eso que sientes no te revuelva por dentro.
«Nada te espante». Del desorden interior pasa al miedo. Son las dos cosas que impiden rezar: la agitación y el susto.
«Todo se pasa». No es desprecio del mundo, es una constatación. Lo que hoy ocupa todo el horizonte dentro de un tiempo no estará. Vale para lo malo y también para lo bueno.
«Dios no se muda». Mudarse es cambiar. Frente a todo lo que pasa, uno que no cambia. Este verso es el eje: los tres primeros solo se sostienen por él.
«La paciencia todo lo alcanza». En el castellano de entonces, paciencia es sobre todo aguante: la capacidad de sostener algo sin romperse. No promete que todo salga como uno quiere, sino que quien aguanta llega.
«Quien a Dios tiene, nada le falta». Es el eco del salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta». No niega las carencias: las pone en su sitio.
«Solo Dios basta». Tres palabras. Es una frase que no se entiende del todo hasta que hace falta. No quiere decir que lo demás sobre, sino que, cuando lo demás falla, queda suelo.
Apréndelo de memoria. Está hecho para eso. Lo tendrás a mano en una sala de espera, en una noche sin sueño, antes de una conversación difícil.
Dilo al ritmo de la respiración. Un verso al tomar aire, otro al soltarlo. Sin prisa y sin pensar mucho en lo que dices.
Quédate con un solo verso. El que hoy te haga falta. Repítelo un rato, como se hace con un versículo en la lectio divina.
Rézalo de noche. Después de Completas, o cuando te despiertes de madrugada con algo dando vueltas.
Si lo que te turba es una angustia que no cede, este texto acompaña, pero no sustituye a hablar con alguien que pueda ayudarte.
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