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Santa Juana de Valois

Hija de rey, rechazada por su padre y por su marido, respondió con bondad.

Se celebra el 4 de febrero. La familia de los Mínimos la celebra como fiesta.

La vida de Juana de Francia, a la que la historia llama Juana de Valois, parece escrita para una novela triste: una princesa con una deformidad física, apartada por su padre, casada sin amor y dejada a un lado por su marido en cuanto este llegó al trono. Pero el final no es triste. En Bourges, lejos de la corte, fundó una orden de religiosas dedicadas a imitar a María. Aquí tienes su historia con los datos seguros y una oración para hoy.

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Una princesa apartada

Nació el 23 de abril de 1464 en Nogent-le-Roi, hija del rey Luis XI de Francia y de Carlota de Saboya. Tenía una deformidad física, y su padre no la quiso cerca. La crió lejos de la corte, y la niña creció con poco cariño de los suyos.

Luis XI tenía además un plan. Decidió casarla con su primo Luis, duque de Orleans, y los historiadores suelen ver en esa boda un cálculo político: si el matrimonio no tenía hijos, la rama de los Orleans quedaría sin herederos. La boda se celebró el 8 de septiembre de 1476 en Montrichard. Juana tenía doce años. Su marido no la quiso nunca y lo dejó claro durante más de veinte años.

Reina por unos meses

En 1498 murió sin hijos el rey Carlos VIII, hermano de Juana, y la corona pasó a su marido, que reinó como Luis XII. Una de sus primeras decisiones fue pedir la nulidad del matrimonio. Quería casarse con Ana de Bretaña, la viuda de Carlos VIII, y asegurar así para Francia el ducado de Bretaña.

El papa Alejandro VI encargó el caso a unos jueces, y el 15 de diciembre de 1498 el matrimonio se declaró nulo. Juana defendió su postura con dignidad durante el proceso, pero cuando llegó la sentencia la aceptó sin rencor. Recibió el ducado de Berry y se retiró a Bourges.

Bourges: los pobres y la Anunciada

En Bourges cambió la vida de corte por la oración y el cuidado de los pobres y los enfermos. No buscó revancha ni se quejó en público: puso sus rentas y su tiempo al servicio de los demás.

Con la ayuda de su confesor, el franciscano Gilberto Nicolás, conocido después como Gabriel María, fundó en 1501 la Orden de la Anunciación de la Virgen María. El papa Alejandro VI aprobó su regla en febrero de 1502. Era una orden contemplativa, de clausura, con una idea sencilla y exigente: agradar a Dios imitando las virtudes de María tal como aparecen en el Evangelio. La tradición de la orden las resume en diez.

Juana hizo su profesión pública en la orden el 21 de noviembre de 1504, pocos meses antes de morir. Las religiosas, llamadas anunciadas, han seguido viviendo según su espíritu hasta hoy.

Su muerte y lo que vino después

Murió en Bourges el 4 de febrero de 1505, con cuarenta años. Fue enterrada en su monasterio y pronto empezó a ser venerada. En 1562, durante las guerras de religión, los hugonotes saquearon Bourges y quemaron sus restos.

El papa Benedicto XIV la beatificó en 1742, y Pío XII la canonizó el 28 de mayo de 1950. No está en el calendario general, pero su orden y la familia franciscana la recuerdan. Los Mínimos, la orden de san Francisco de Paula, la celebran como fiesta: Francisco pasó sus últimos años en Francia, adonde lo había llamado Luis XI, y la tradición de su orden lo recuerda como consejero espiritual de Juana.

Rechazo y libertad

Juana podría haber pasado a la historia solo como una víctima de la política de su tiempo. Lo fue, pero no se quedó ahí. Su vida no esconde el dolor: muestra que se puede atravesar sin devolver el golpe y que una herida puede convertirse en una puerta. Muchas personas que se sienten rechazadas por su aspecto, por su familia o por quien prometió quererlas encuentran en ella una compañera.

Una oración para hoy

Una oración escrita para esta página, para rezarla con ella:

Señor, Juana conoció el desprecio de los que más tenían que quererla, y tú le diste un corazón que no se volvió amargo. Mira hoy a los que se sienten rechazados, por su cuerpo, por su historia o por los suyos.

Enséñame, como a ella, a mirar a María para aprender a escuchar, a creer y a servir.

Y si alguna vez me toca perder lo que creía mío, que sepa soltarlo sin rencor y encontrar en ti un lugar donde vivir en paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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