salmodiando.org

La oración franciscana

Una oración de pocas palabras: pedir luz, alabar por todo y mirar el pesebre y la cruz.

San Francisco de Asís no dejó un método de oración. Dejó unas pocas oraciones breves, casi todas de alabanza, y una manera de estar ante Dios: con las manos vacías y agradecido. Quien busca rezar «a lo franciscano» encuentra tres cosas: una petición de luz ante un crucifijo, un canto que da gracias por el sol y por el agua, y la costumbre de mirar despacio el pesebre y la cruz.

Rezar la hora de hoy

Ante el Crucifijo de San Damián

Hacia 1205 o 1206, cuando aún no sabía qué hacer con su vida, Francisco entró a rezar en San Damián, una iglesia pequeña y medio en ruinas a las afueras de Asís. Sus primeros biógrafos, la Leyenda de los tres compañeros y Tomás de Celano, cuentan que ante el crucifijo pintado que presidía el altar oyó una voz que le decía que reparara su casa, que se estaba cayendo.

De aquel tiempo es la primera oración suya que se conoce. Se conserva en italiano antiguo y es muy breve. Traducida para esta página, dice:

Altísimo y glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón, y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

No pide nada para fuera. Pide luz, las tres virtudes y saber qué hacer. Es la oración de quien busca, y por eso sigue sirviendo a cualquiera que esté en una encrucijada. El crucifijo original se venera hoy en la basílica de Santa Clara, en Asís.

El Cántico de las criaturas

Francisco lo compuso al final de su vida, enfermo y casi ciego, en San Damián. La fecha que suele darse es 1225, aunque algunos estudios la adelantan a finales de 1224. Está escrito en la lengua de su tierra, el umbro, y se considera uno de los primeros textos de la literatura italiana. El manuscrito más antiguo se guarda en Asís.

Empieza dirigiéndose al «Altísimo, omnipotente, buen Señor» y lo alaba por el hermano sol, la hermana luna y las estrellas, el viento, el agua, el fuego y la hermana madre tierra. No reza a las criaturas ni las describe: da gracias a Dios por ellas y con ellas, llamándolas hermanas.

Dos estrofas se añadieron después. La del perdón, cuando el obispo y el podestá de Asís estaban enfrentados, y Francisco hizo que se cantara ante ellos. Y la de la «hermana muerte corporal», que compuso poco antes de morir, en octubre de 1226. Que el canto más alegre de la tradición cristiana naciera en la enfermedad dice mucho de cómo rezaba.

Pobreza y alabanza

En Francisco las dos cosas van juntas. Quien no tiene nada propio lo recibe todo como regalo, y lo que sale ante un regalo es dar gracias. Por eso su oración apenas pide: sobre todo alaba.

El mejor ejemplo son las Alabanzas del Dios altísimo, una letanía de nombres dirigidos a Dios («Tú eres el bien, todo bien, sumo bien…») que escribió de su mano en el monte Alverna, después de recibir los estigmas en septiembre de 1224. El pergamino, uno de los pocos autógrafos suyos que existen, se conserva en la basílica de San Francisco.

Se le atribuye también la jaculatoria «Dios mío y mi todo» (Deus meus et omnia). No figura en sus escritos, pero resume bien su manera de rezar.

El Oficio, el pesebre y la cruz

Francisco rezaba las horas del Oficio, y además compuso uno propio, el Oficio de la Pasión del Señor: una serie de salmos armados por él con versículos tomados de aquí y de allá en la Biblia, para acompañar a Cristo en su pasión y en su pascua.

Los dos lugares donde más se detenía su mirada eran el pesebre y la cruz. En la Navidad de 1223, en Greccio, quiso ver con sus ojos cómo había sido aquello: mandó preparar un pesebre con heno, un buey y un asno, y allí se celebró la misa de esa noche. Lo cuenta Tomás de Celano, y de ese gesto arranca la costumbre del belén. En los dos casos reza igual: mirando la pobreza de Dios hecha visible.

La «Oración de la paz» no es de san Francisco

La oración que empieza «Señor, hazme un instrumento de tu paz» es probablemente la más conocida de las que llevan su nombre, y conviene decirlo con claridad: no es suya. No aparece en ninguno de sus escritos ni en las fuentes antiguas.

El texto más antiguo que se conoce está en francés y se publicó en París en diciembre de 1912, sin firma, en La Clochette, una pequeña revista de la Liga de la Santa Misa que dirigía el sacerdote Esther Bouquerel. Se titulaba «Hermosa oración para hacer durante la misa». El nombre de Francisco se le unió años más tarde. El historiador Christian Renoux reconstruyó este recorrido en un estudio publicado en 2001.

Nada de esto le quita valor: es una oración hermosa y se puede rezar con toda tranquilidad. Solo que no se sabe quién la escribió.

Cómo rezar así desde tu casa

Empieza pidiendo luz. La oración de San Damián cabe en una respiración larga. Sirve para abrir cualquier rato de oración.

Da gracias por cosas concretas. El sol de hoy, el agua, una persona. Con nombre, como hace el Cántico.

Reza con los salmos de alabanza. Laudes está hecho de ellos: es la hora más franciscana del día.

Mira despacio. Un crucifijo, un belén. Sin decir nada durante un rato.

Salmodiando te da cada día las horas enteras de la Liturgia de las Horas, con sus himnos, sus salmos y sus lecturas propias, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.

Rezar la hora de hoy

Sigue rezando