Imaginar el Evangelio, repasar el día y buscar a Dios en todo.
La oración ignaciana nace de la experiencia de un hombre, Ignacio de Loyola, que fue anotando lo que le ayudaba a él para poder ayudar a otros. De esas notas salió un libro pequeño, los Ejercicios Espirituales, y con él una manera de rezar muy concreta: entrar con la imaginación en las escenas del Evangelio, hablar con Dios como con un amigo, repasar el día y aprender a distinguir lo que te acerca a Dios de lo que te aleja.
Ignacio nació en Loyola en 1491. En 1521 cayó herido en el sitio de Pamplona, y la larga convalecencia le cambió la vida. En 1522 llegó a Manresa, donde pasó cerca de un año entre la oración y la penitencia, parte del tiempo en una cueva. Allí, junto al río Cardoner, tuvo la experiencia interior que él consideró decisiva, y allí escribió lo esencial de los Ejercicios.
Siguió retocándolos durante años, en París y en Roma. El papa Paulo III aprobó el texto el 31 de julio de 1548 con el breve Pastoralis officii, y ese mismo año se imprimió en Roma, en latín. Ignacio murió en Roma el 31 de julio de 1556.
No son un libro para leer, sino para hacer. Están escritos como guía para quien acompaña a otra persona en un tiempo de oración. En su forma completa duran unos treinta días y se reparten en cuatro «semanas»: la primera mira la propia vida, con sus sombras, ante Dios; la segunda contempla la vida de Jesús; la tercera, su pasión; la cuarta, su resurrección.
Ignacio previó desde el principio que no todo el mundo puede retirarse un mes. Una de sus notas iniciales, la anotación 19, explica cómo hacerlos sin dejar las ocupaciones, dedicando un rato cada día: es lo que hoy se llama Ejercicios en la vida diaria.
Otra de esas notas, la segunda, da la clave de todo el método: «No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente». Es decir: mejor quedarse donde uno encuentra gusto que recorrer mucha materia.
Lo más característico de la oración ignaciana es que usa la imaginación. Antes de meditar un pasaje, Ignacio propone lo que llama «composición viendo el lugar»: ver con la vista de la imaginación el sitio donde ocurre la escena. El camino de Nazaret a Belén, si es ancho o estrecho; la casa; la orilla del lago.
Después se trata de mirar a las personas, oír lo que dicen, fijarse en lo que hacen, y estar allí como uno más. No importa la exactitud histórica: importa que el Evangelio deje de ser un texto leído desde fuera.
La oración termina con un coloquio, que Ignacio describe con una comparación muy sencilla: se hace hablando «así como un amigo habla a otro».
Es la oración ignaciana más fácil de llevar a casa. Ignacio la propone en cinco puntos, que conservan su orden original:
Lleva diez o quince minutos. Hecho a diario, cambia la mirada: uno empieza a notar durante el día lo que antes solo veía por la noche.
La frase resume la espiritualidad ignaciana. Jerónimo Nadal, uno de sus primeros compañeros, contaba que Ignacio sentía la presencia de Dios en todas las cosas, acciones y conversaciones, y que solía decirlo así: hay que hallar a Dios en todas las cosas. De Nadal, y no de Ignacio, es también la fórmula «contemplativo en la acción».
Los Ejercicios terminan justamente ahí, con la Contemplación para alcanzar amor: un repaso de todo lo recibido que desemboca en la oración de entrega que empieza «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad». La oración, para Ignacio, no acaba cuando uno se levanta de la silla: sigue en el trabajo, en la conversación, en lo que toca hacer.
Ignacio observó que por dentro no siempre estamos igual, y puso nombre a dos estados. Consolación es lo que aumenta la fe, la esperanza y el amor y deja paz, aunque a veces cueste. Desolación es lo contrario: oscuridad, inquietud, desgana, sensación de lejanía.
Discernir es aprender a leer esos movimientos para decidir bien: no por impulso ni por miedo, sino viendo hacia dónde empuja cada cosa. De sus reglas, la más citada es de puro sentido común: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza». Cuando todo está oscuro, no es momento de cambiar lo que decidiste con luz.
Toma el Evangelio del día. Léelo una vez, cierra los ojos y compón el lugar. Quédate en la escena el tiempo que quieras.
Termina hablando. Unas palabras tuyas, de amigo a amigo, sobre lo que has visto.
Haz el examen antes de dormir. Los cinco pasos, justo antes de Completas o en su lugar si no tienes tiempo para más.
No decidas en la noche. Si el día ha sido malo, espera a mañana.
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