Un crucifijo que se fue oscureciendo con el humo de las velas y las manos de los peregrinos.
Esquipulas es una ciudad pequeña del oriente de Guatemala, muy cerca de la frontera con Honduras y El Salvador. Cada año llegan a ella miles de personas de toda Centroamérica y de México para ponerse un momento delante de un Cristo crucificado de piel oscura. Lo llaman el Señor de Esquipulas, el Cristo Negro, o simplemente el Milagroso.
En 1594, los vecinos de Santiago de Esquipulas reunieron dinero para tener en su iglesia una imagen de Cristo crucificado. El provisor del obispado, fray Cristóbal de Morales, firmó el contrato con Quirio Cataño, un escultor de origen portugués que trabajaba en la ciudad de Santiago de Guatemala, la actual Antigua. El precio fue de cien tostones.
Cataño talló en madera un Cristo crucificado y lo entregó ese mismo año, en octubre. El camino hasta Esquipulas era largo y difícil, y cuentan que en cada pueblo por donde pasaba la imagen le pedían que se quedara una noche para rezarle. Llegó por fin el 9 de marzo de 1595.
Según la explicación más extendida, el Cristo no era negro al principio: tenía un tono claro. Con los siglos, el humo de las velas y del incienso y el contacto de las manos de tantos fieles fueron oscureciendo la madera, hasta darle el color con que hoy se le conoce. Para muchos pueblos indígenas y mestizos de la región, aquel Cristo de piel oscura se volvió muy suyo.
En 1737, el obispo de Guatemala, fray Pedro Pardo de Figueroa, se curó de una enfermedad después de encomendarse al Señor de Esquipulas. En agradecimiento, mandó construir para la imagen un templo nuevo, mucho más grande. Las obras empezaron en 1740 y el templo se dedicó en enero de 1759: es la basílica blanca, de cúpulas y torres, que hoy domina el valle.
Muchos peregrinos esperan horas para estar apenas un momento delante del Cristo, en silencio. Fuera, la ciudad se llena de puestos de dulces, de velas y de rosarios que los peregrinos se llevan de recuerdo.
Los horarios de misas y las celebraciones de la fiesta los fija cada año la basílica. Consúltalos antes de ir.
El Señor de Esquipulas se venera en toda Centroamérica y en el sur de México, y también en las comunidades centroamericanas de Estados Unidos. En Chimayó, en Nuevo México, hay un santuario dedicado a él desde hace dos siglos.
Esquipulas dio también su nombre a los acuerdos de paz de Centroamérica, en años de guerra en la región. En 1986 los presidentes centroamericanos se reunieron allí, a la sombra de la basílica, y firmaron una primera declaración; el acuerdo de paz que siguió, firmado en 1987 en Ciudad de Guatemala, se conoce como Esquipulas II. Desde entonces el nombre de la ciudad quedó unido a la palabra paz.
Para rezarla en la basílica o desde donde estés:
Señor de Esquipulas, Cristo oscurecido por el humo de tantas velas y por las manos de tantos pobres: en tu piel está la huella de todos los que te han pedido algo.
Hoy yo también llego, con mi camino y con mi cansancio. Te traigo a los que quiero, a los que están enfermos y a los que viven lejos de su tierra.
Tú que diste nombre a la paz en tiempos de guerra, danos paz en nuestras casas y en nuestros países. Y no nos dejes volver con las manos vacías. Amén.
Reza el Vía Crucis. Acompañar a Cristo en su camino hacia la cruz, estación por estación, en Salmodiando.
Enciende una vela. Como las que arden delante del Cristo: por tus intenciones, y otras personas rezarán por ellas contigo.
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