Un cuadro pequeño, pintado hace cinco siglos, al que un pueblo entero llama Tatica.
Cada 21 de enero, miles de personas llegan a Higüey, en el extremo oriental de la República Dominicana, para ponerse un momento delante de una pintura que cabe entre dos manos. Es una escena de Belén: una madre joven que mira a su hijo recién nacido. Los dominicanos la llaman con cariño Tatica, la de Higüey, y la tienen por madre y protectora de su pueblo.
La imagen es un óleo sobre tela de unos 33 por 45 centímetros, obra de un pintor español de comienzos del siglo XVI cuyo nombre no conocemos. Muestra a la Virgen con un manto azul sembrado de estrellas, inclinada sobre el Niño, que duerme en el pesebre. Detrás, en penumbra, está san José, y arriba brilla la estrella de Belén. La corona que hoy lleva la Virgen no estaba en la pintura original: se añadió después.
Según la tradición, el cuadro llegó a La Española con los hermanos Alonso y Antonio de Trejo, dos de los primeros pobladores españoles, naturales de Plasencia, en Extremadura, que se establecieron en Higüey y lo regalaron a la iglesia de la villa. Desde el siglo XVIII lo rodea un marco de oro, esmaltes y piedras preciosas, una de las piezas más valiosas de la orfebrería dominicana. Siglos de humo de velas lo habían oscurecido, y en 1978 fue restaurado en España.
Junto a la historia documentada, en Higüey se cuenta desde hace siglos un relato que es tradición, no crónica. Un comerciante de la villa viajaba a menudo a Santo Domingo. Antes de uno de esos viajes, su hija menor le pidió que le trajera una imagen de la Virgen de la Altagracia, a la que había visto en sueños. Nadie había oído hablar de esa advocación.
Al final, dice el relato, el padre volvió a Higüey con un pequeño lienzo: era la Virgen que la niña había soñado. La colgaron en la casa, pero a la mañana siguiente había desaparecido, y la hallaron entre las ramas de un naranjo en flor. Aquello se repitió varias veces, y los vecinos lo entendieron como un deseo de la Virgen de quedarse en ese lugar.
Donde estaba el naranjo se levanta hoy el Santuario Viejo de Higüey, cuya primera construcción se terminó en 1572. Allí estuvo el cuadro durante casi cuatro siglos.
A mediados del siglo XX, el santuario antiguo ya no daba abasto. El diseño del nuevo templo salió de un concurso internacional convocado en 1947 y fallado en 1949, que ganaron los arquitectos franceses André-Jacques Dunoyer de Segonzac, Pierre Dupré y Pierre Domino. La primera piedra se colocó el 21 de enero de 1952; las obras empezaron en 1954, y el templo se abrió al culto el 21 de enero de 1971.
Es un edificio de hormigón, sobrio y moderno, dominado por un gran arco alargado que evoca unas manos juntas en oración. Por dentro, la mirada va derecha al cuadro, que preside el altar. La basílica aparece en el reverso del billete dominicano de 50 pesos.
La fecha tiene detrás una batalla. El 21 de enero de 1691, en la Sabana Real de la Limonade, cerca de lo que hoy es Cabo Haitiano, las tropas de la parte española de la isla, con apoyo inglés, vencieron a las fuerzas de la colonia francesa. Según la tradición, los soldados criollos se encomendaron a la Virgen de la Altagracia antes del combate y prometieron honrarla si volvían con vida. La victoria se atribuyó a su intercesión, y la fecha quedó unida a ella.
La batalla está documentada; el voto de los soldados es memoria de un pueblo, y así conviene tomarlo. Lo que sí consta es que el 21 de enero se convirtió con el tiempo en el gran día de la Altagracia, y que en 1924 el Gobierno dominicano lo declaró fiesta nacional.
Si piensas viajar a Higüey para la fiesta, consulta antes los horarios de las celebraciones en los canales de la basílica y de la diócesis.
Para rezarla cuando quieras, en Higüey o desde lejos:
Virgen de la Altagracia, madre que miras al Niño dormido como si no hubiera nada más en el mundo: mira así también a los que hoy te buscamos, cansados o contentos, cerca o lejos de casa.
Tú conociste el frío de un establo y la alegría de un hijo en brazos. Te traemos lo que nos pesa y lo que nos alegra, sin adornos, como se le habla a una madre.
Acompaña a los que se fueron lejos de su tierra y a los que se quedaron esperándolos. Que tu gracia, que es alta y es cercana, nos encuentre juntos. Amén.
Enciende una vela. En Salmodiando puedes encender una vela por tus intenciones, y otras personas rezarán por ellas contigo, desde Santo Domingo, desde Nueva York o desde cualquier otra ciudad.
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