Una muchacha de Lima que rezaba en una ermita del huerto de su casa y cuidaba enfermos.
Nunca salió del Perú y apenas salió de Lima. No fundó nada, no escribió libros, no llegó a ser monja. Vivió treinta y un años en la casa de sus padres, rezando y atendiendo a los enfermos que no tenían a nadie. Y fue la primera persona nacida en América a la que la Iglesia reconoció como santa. Hoy es patrona de América, del Perú y de Filipinas.
Nació en Lima en abril de 1586 y la bautizaron como Isabel Flores de Oliva. Su padre, Gaspar Flores, era arcabucero; su madre se llamaba María de Oliva. Una familia sin fortuna y con muchos hijos; Isabel era la cuarta.
Cuenta la tradición que, cuando tenía unos meses, una criada de la casa vio su cara como si fuera una rosa, y desde entonces su madre empezó a llamarla Rosa. El nombre se le quedó para siempre.
Desde muy joven quiso consagrarse a Dios. No entró en un convento; tomó el hábito de terciaria dominica, es decir, siguió la espiritualidad de santo Domingo viviendo en su propia casa. En el huerto familiar se hizo, con ayuda de su hermano Hernando, una ermita diminuta, donde pasaba horas rezando. Las biografías cuentan también penitencias muy duras, propias de la espiritualidad de su época.
Rosa no se encerró. En la casa de sus padres recibía a los enfermos pobres que llamaban a su puerta y los cuidaba ella misma, como en una pequeña enfermería. Se ocupaba también de los indígenas y de los negros de la ciudad, los más olvidados de la Lima de entonces. Trabajaba también con la aguja para ayudar a su familia.
Vivió en la misma Lima y en los mismos años que san Martín de Porres, otro dominico que dedicó su vida a los enfermos de la ciudad. La Lima de comienzos del siglo XVII fue, en muy pocos años, cuna de varios santos.
Murió el 24 de agosto de 1617, con treinta y un años. Su velorio y su entierro reunieron a tanta gente que tuvo que intervenir la guardia del virrey para mantener el orden.
En Lima, su santuario se levantó en 1728 junto a la casa donde nació, y conserva la ermita y otros rincones de la casa. Allí está también el pozo al que, según la tradición, Rosa arrojó la llave de un candado. Cada 30 de agosto se forman largas filas de personas que echan en él cartas con sus peticiones, escritas a mano, dobladas con cuidado. Es también muy querida en toda América: hay ciudades, parroquias y colegios con su nombre de México a la Argentina.
Los horarios de misas y visitas al santuario los fija cada año el propio santuario. Consúltalos antes de ir.
Para rezarla el 30 de agosto o cualquier otro día:
Santa Rosa de Lima, que rezabas en un rincón del huerto y abrías tu casa a los enfermos que nadie quería: enséñanos a encontrar a Dios sin salir de nuestra calle.
Te encomendamos a los enfermos que están solos, a los que los cuidan sin descanso y a las mujeres que sacan adelante a su familia con sus manos.
Tú que eres de América, reza por esta tierra entera, por sus ciudades y por sus pueblos. Y recibe también la carta que hoy no sabemos escribir. Amén.
Enciende una vela. Como las cartas del pozo: deja tu intención, y otras personas rezarán por ella contigo.
Mira el santo de cada día. Rosa no está sola: cada día Salmodiando te presenta a un santo o una santa.
Salmodiando te da cada día las horas enteras de la Liturgia de las Horas, con sus himnos, sus salmos y sus lecturas propias, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.