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San Lázaro de Betania

El amigo de Jesús, el hermano de Marta y María.

Memoria obligatoria el 29 de julio, junto con sus hermanas Marta y María.

En todo el Evangelio, Lázaro no dice una sola palabra. Lo conocemos por lo que otros hacen a su alrededor: sus hermanas avisan de que está enfermo, Jesús llora ante su tumba y lo llama por su nombre, y los sumos sacerdotes deciden matarlo. Esto es lo que cuenta Juan, lo que añadieron Chipre y Provenza, y por qué se le confunde con el mendigo de una parábola.

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Quién fue

Lázaro vivía en Betania con sus hermanas Marta y María. Era una aldea en la ladera oriental del monte de los Olivos, a unos quince estadios de Jerusalén, menos de tres kilómetros (Juan 11,18). Hoy se llama en árabe al-Eizariya, un nombre que viene del suyo, y allí se visita la tumba que la tradición le atribuye.

Lucas cuenta una visita de Jesús a casa de las dos hermanas, pero no nombra a Lázaro. Es Juan quien habla de él, en los capítulos 11 y 12, y lo presenta con un detalle que no dice de casi nadie: Jesús quería a Marta, a su hermana y a Lázaro (Juan 11,5).

Cuatro días en el sepulcro

Las hermanas mandan a Jesús un recado muy breve: el que tú quieres está enfermo. Él tarda todavía dos días en ponerse en camino y dice a los discípulos que su amigo duerme. Cuando llega a Betania, Lázaro lleva cuatro días enterrado.

Marta sale a su encuentro y le dice con franqueza que, si hubiera estado allí, su hermano no habría muerto; acaba confesando que él es el Mesías, el Hijo de Dios. María llega después y cae llorando a sus pies. Jesús se conmueve y llora por su amigo (Juan 11,35).

Junto a la cueva, tapada con una piedra, pide que la quiten. Marta avisa de que ya huele. Jesús reza en voz alta y grita: «Lázaro, sal fuera». El muerto sale con las manos y los pies atados con vendas y la cara envuelta en un sudario, y Jesús pide que lo desaten y lo dejen andar. Es el último de los signos que Juan cuenta antes de la Pasión, y el que precipita la decisión del Sanedrín de acabar con Jesús (Juan 11,47-53).

Una cena en Betania y una amenaza

Seis días antes de la Pascua, Jesús vuelve a Betania. Le preparan una cena; Marta sirve, Lázaro está a la mesa con él y María le unge los pies con un perfume carísimo (Juan 12,1-3). Mucha gente acude, dice el evangelista, no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro.

Es la última noticia que tenemos de él: los sumos sacerdotes deciden matar también a Lázaro, porque por su causa muchos judíos se iban con Jesús y creían en él (Juan 12,10-11). El Evangelio no cuenta qué fue de él después.

Lázaro en la liturgia

El relato entero, Juan 11,1-45, se lee en la misa del quinto domingo de Cuaresma del ciclo A. Es, con los de la samaritana y del ciego de nacimiento, uno de los tres evangelios que el Leccionario escogió para esos domingos por su relación con la iniciación cristiana. En las Iglesias de tradición bizantina, el sábado anterior al Domingo de Ramos se llama sábado de Lázaro.

Durante siglos el calendario romano celebró solo a santa Marta el 29 de julio. El 26 de enero de 2021, por deseo del papa Francisco, la Congregación para el Culto Divino unió a María y a Lázaro a la memoria de su hermana, recordando que en aquella casa Jesús experimentó el ambiente de una familia y la amistad.

Lo que no se sabe: Chipre y Provenza

Más allá del Evangelio no hay datos seguros, pero sí dos tradiciones antiguas. La de Oriente dice que fue obispo de Kition, la actual Lárnaca, en Chipre, durante treinta años. Hacia el año 900 apareció allí un sepulcro con la inscripción «Lázaro, el de los cuatro días, amigo de Cristo»; el emperador bizantino León VI hizo llevar a Constantinopla sus reliquias, o parte de ellas, y sobre la tumba se levantó en el siglo X la iglesia de San Lázaro, que sigue en pie.

La de Occidente lo hace llegar por mar a Provenza con sus hermanas y lo convierte en el primer obispo de Marsella. Esta leyenda aparece en un manuscrito del siglo XI y se difunde en el XIII; los historiadores piensan que pudo nacer de una confusión con otro Lázaro, obispo de Aix, consagrado en Marsella hacia el año 407. En Autun, en Borgoña, a comienzos del siglo XII se encontraron en la catedral unos restos que se tuvieron por suyos.

El otro Lázaro, el de las muletas y los perros

Hay un segundo Lázaro en el Evangelio, y la devoción popular los ha mezclado muchas veces. Es el pobre de la parábola del rico y Lázaro (Lucas 16,19-31), que yace a la puerta de un rico, cubierto de llagas, mientras los perros se las lamen, y al morir es llevado junto a Abrahán.

Son dos figuras distintas: el de Betania es un amigo de Jesús, con casa y hermanas; el de Lucas es un personaje del relato que Jesús cuenta para enseñar. La imagen de san Lázaro con muletas, llagas y perros viene de la parábola. En castellano, «lázaro» llegó a decirse del leproso y del mendigo, y en la Edad Media muchos hospitales de leprosos se pusieron bajo el nombre de san Lázaro. En Cuba, cada 16 y 17 de diciembre, miles de peregrinos acuden al santuario de El Rincón, cerca de La Habana, donde la devoción popular venera a un san Lázaro que reúne rasgos de los dos. El que se celebra el 29 de julio es el amigo de Betania.

Para rezar junto a una tumba

Una oración escrita para la página, para cuando alguien querido está enfermo o se ha ido:

Señor Jesús, que tuviste en Betania una casa de amigos y lloraste ante la tumba de Lázaro: gracias por llamarme también a mí amigo.

Hoy te digo, como Marta y María, que alguien a quien quieres está enfermo. Tú sabes su nombre. Acompáñalo, dale fuerza, y quédate cerca de quienes lo cuidan y esperan noticias.

Y cuando la muerte me quite a alguien querido, recuérdame que tú eres la resurrección y la vida, y que ninguna piedra es más fuerte que tu voz. Por intercesión de san Lázaro y de sus hermanas, guárdanos en tu amistad. Amén.

Con la casa de Betania

Cuatro páginas para acompañar a un enfermo, a un amigo o a alguien que ya no está:

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