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San Ignacio de Antioquía

Siete cartas escritas camino de las fieras.

Memoria obligatoria el 17 de octubre.

A comienzos del siglo II, un obispo anciano cruzó Asia Menor encadenado, custodiado por soldados, camino de Roma, donde iba a morir en el anfiteatro. En cada ciudad salían a recibirlo los cristianos, y él les escribía cartas. Se conservan siete, y son de los textos cristianos más antiguos que tenemos fuera del Nuevo Testamento. Aquí tienes quién fue, qué dicen y una oración para hoy.

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Obispo de Antioquía

Antioquía de Siria, hoy Antakya, en Turquía, era una de las grandes ciudades del Imperio. Allí, según los Hechos de los Apóstoles, a los discípulos de Jesús se les llamó cristianos por primera vez, y desde allí salieron Pablo y Bernabé en sus viajes. Según el historiador Eusebio de Cesarea, Ignacio fue el segundo sucesor de Pedro al frente de aquella Iglesia, después de Evodio.

De su vida anterior al arresto no sabemos casi nada seguro. Él mismo se presenta en sus cartas con un sobrenombre, Teóforo, que significa «portador de Dios». Por la época en que vivió, es muy probable que conociera a personas que habían tratado con los apóstoles.

Un viaje custodiado

Durante el reinado del emperador Trajano, hacia el año 107 o poco después, Ignacio fue detenido y condenado a morir en Roma. Lo llevaron por tierra, con una escolta de soldados a los que él llama, con ironía amarga, «diez leopardos», porque cuanto mejor se les trataba, peor se portaban.

El viaje fue lento, y las comunidades cristianas de las ciudades por donde pasaba enviaban delegados para saludarlo, consolarlo y llevar sus mensajes. En Esmirna lo recibió su obispo, el joven Policarpo, que décadas más tarde moriría también mártir.

Siete cartas

Desde Esmirna escribió a las Iglesias de Éfeso, Magnesia y Tralles, y a la de Roma. Más adelante, desde Tróade, escribió a las de Filadelfia y Esmirna, y una carta personal a Policarpo. Son textos breves, escritos deprisa, llenos de afecto y de urgencia.

Con el tiempo circularon versiones alargadas y cartas falsas atribuidas a él. Los estudiosos coinciden en general en que estas siete, en su forma breve, son las auténticas.

Lo que enseñan

Ignacio insiste una y otra vez en la unidad: que los cristianos de cada ciudad se reúnan en torno a su obispo, con los presbíteros y los diáconos, y que celebren juntos una sola Eucaristía. En sus cartas aparecen ya con claridad esos tres ministerios.

Habla de la Eucaristía con un realismo que impresiona: es la carne de Cristo, y la llama «medicina de inmortalidad». Defiende contra quienes lo negaban que Jesús nació, sufrió y murió de verdad, en un cuerpo real. Y en la carta a los de Esmirna usa por primera vez, en lo que conocemos, la expresión «Iglesia católica», es decir, la Iglesia entera, extendida por todas partes, unida a Cristo.

«Soy trigo de Dios»

La carta más conocida es la que escribió a los cristianos de Roma. Temía que intentaran salvarlo, quizá moviendo influencias, y les pide que no lo hagan. Quiere llegar hasta el final. En ella están las palabras por las que se le recuerda; en traducción propia: «Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras para resultar pan limpio de Cristo».

Leídas hoy, pueden asustar. No son las de un hombre que desprecia la vida, sino las de quien ha unido tanto su vida a Cristo que no la concibe separada de él. Por eso usa la imagen del pan: lo que se tritura se convierte en alimento para otros.

Su muerte y su memoria

Murió en Roma, devorado por las fieras en un espectáculo público, como él mismo había anunciado. Policarpo, en una carta a los cristianos de Filipos, lo menciona poco después como ejemplo, y recoge sus cartas para enviarlas. Según la tradición, sus restos volvieron a Antioquía, y más tarde parte de ellos se llevaron a Roma, a la basílica de San Clemente.

Su nombre está en la plegaria eucarística más antigua del rito romano, el Canon romano, entre los mártires que se nombran cada vez que se reza. Es uno de los llamados Padres apostólicos, y su memoria es obligatoria en toda la Iglesia.

Una oración para hoy

Esta oración está escrita para esta página:

Señor, Ignacio te amó tanto que quiso ser trigo molido para convertirse en pan. Yo no soy tan valiente, pero quiero que mi vida también sirva de alimento a alguien.

Te pido por la unidad de los cristianos, por los obispos y por todos los que sufren cárcel o muerte por su fe. Que la Eucaristía sea para mí medicina y no costumbre.

Y cuando me toque pasar por lo que no quiero, que no me falten tu compañía ni la de mis hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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