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San Eduardo el Confesor

El rey que prefirió la paz y dejó una abadía.

Se celebra el 13 de octubre, sobre todo en Inglaterra.

En la abadía de Westminster, donde se corona a los reyes de Inglaterra, hay detrás del altar mayor un sepulcro que lleva casi mil años recibiendo peregrinos. Es el de Eduardo, un rey del siglo XI al que sus contemporáneos recordaron como piadoso y pacífico, y al que la Iglesia llamó «el Confesor». Aquí tienes su historia, lo que tiene de leyenda y una oración para hoy.

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Un príncipe en el destierro

Eduardo nació hacia el año 1004 en Islip, cerca de Oxford. Era hijo del rey Etelredo II y de Emma de Normandía. Inglaterra sufría entonces las invasiones danesas, y cuando el danés Canuto se hizo con el trono, Eduardo, todavía niño, tuvo que refugiarse en Normandía, la tierra de su madre.

Allí pasó cerca de veinticinco años, en una corte que hablaba francés y que le dejó amistades, costumbres y un gusto por los monasterios que se notaría más tarde. En 1041 lo llamó a Inglaterra su medio hermano Hardacanuto, hijo de Canuto y de la misma Emma, que no tenía hijos. Al morir este en 1042, Eduardo fue reconocido rey, y lo coronaron en Winchester en la Pascua de 1043.

Un reinado de paz frágil

Gobernó veinticuatro años, una época larga para aquel tiempo. No fue un rey guerrero. Su mayor dificultad fue mantener el equilibrio entre los grandes nobles, sobre todo la poderosa familia del conde Godwin, con cuya hija, Edith, se casó en 1045. Hubo choques, destierros y reconciliaciones, pero el reino evitó la guerra civil abierta.

Las crónicas lo recuerdan generoso con los pobres, amigo de la justicia y aficionado a la caza. No tuvo hijos, y a su muerte la sucesión quedó en el aire: el trono pasó a Haroldo, hijo de Godwin, y ese mismo año, 1066, Guillermo de Normandía invadió Inglaterra y lo venció en Hastings. Con Eduardo terminó, en la práctica, la Inglaterra anglosajona.

Westminster, su obra

Junto al Támesis, a las afueras de Londres, había un pequeño monasterio benedictino. Eduardo decidió reconstruirlo a lo grande, en el estilo románico que había conocido en Normandía, y levantó al lado su palacio. Así nacieron la abadía y el barrio de Westminster.

La iglesia se consagró el 28 de diciembre de 1065. El rey estaba ya tan enfermo que no pudo asistir. Murió pocos días después, el 5 de enero de 1066, y fue enterrado ante el altar mayor. La abadía actual, gótica, la mandó levantar en el siglo XIII Enrique III, gran devoto suyo, que construyó para él un sepulcro nuevo. Allí sigue, y allí siguen coronándose los reyes ingleses.

Lo que es historia y lo que es leyenda

Poco después de su muerte se escribió una vida suya, encargada por la reina Edith, que ya lo presenta como un hombre santo. Con el tiempo los relatos se fueron adornando. Se dijo que su matrimonio había sido virginal, algo que los historiadores no pueden confirmar. Se contó que curaba a los enfermos con solo tocarlos, y de ahí vendría la costumbre medieval del «toque real».

La leyenda más conocida cuenta que dio su anillo a un mendigo que resultó ser el apóstol san Juan, y que años después el anillo le fue devuelto con el aviso de su muerte cercana. Es una historia piadosa, pintada muchas veces en Westminster, y así hay que leerla.

Lo seguro es más sencillo: fue un rey creyente, que rezaba, que dio limosna y que puso su empeño en una iglesia. Lo llaman «Confesor» porque confesó la fe con su vida sin morir mártir, un título antiguo que la Iglesia daba a quienes eran santos sin derramar su sangre.

Canonización y fiesta

El papa Alejandro III lo declaró santo en 1161. Dos años después, el 13 de octubre de 1163, su cuerpo fue trasladado a un sepulcro nuevo en Westminster en una ceremonia a la que asistió santo Tomás Becket, arzobispo de Canterbury. Los martirologios lo anotan el 5 de enero, día de su muerte, pero su fiesta más celebrada es la del 13 de octubre, aniversario de aquel traslado.

Durante siglos fue considerado patrono de Inglaterra, hasta que san Jorge ocupó ese lugar en la Baja Edad Media. Hoy su fiesta es muy viva en Inglaterra y apenas se conoce en otros países.

Una oración para hoy

Esta oración está escrita para esta página:

Señor, Eduardo tuvo poder y lo usó para buscar la paz, para dar a los pobres y para levantarte una casa de oración. Te pido por quienes gobiernan, en las naciones y en las ciudades: que no busquen la gloria propia, sino el bien de los más débiles.

Y en mi pequeño mundo, que sepa poner paz donde haya discordia, compartir lo que tengo y dejar algo que ayude a otros a rezar. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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