Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 1 de noviembre se celebra a todos los santos: los pocos que tienen nombre en el calendario y la inmensa mayoría, que no lo tiene y solo Dios conoce. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, a tu ritmo.
Los nueve días:
23 de octubre
«Vi una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones.» (Ap 7,9)
El libro del Apocalipsis cuenta una visión: una muchedumbre inmensa, vestida de blanco, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas. Tan grande que nadie la podía contar. Es una buena imagen para empezar sin agobio. Los santos no son un club pequeño de personas excepcionales, con las plazas cerradas. Son una multitud, y en ella caben acentos, caracteres e historias muy distintos. Unos vivieron mucho y otros poco. Unos fueron conocidos y la mayoría no. Lo que los une no es haber sido perfectos, sino haber sido queridos por Dios y haberse dejado querer. Hoy puedes empezar la novena mirando esa muchedumbre sin buscar a nadie en concreto, solo sabiendo que es grande y que en ella hay sitio.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
24 de octubre
«Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» (Mt 5,3)
La mayoría de los santos no aparecen en ningún calendario. Vivieron en tu calle o en la de tus abuelos: la vecina que siempre tenía la puerta abierta, el hombre que cuidó durante años a su mujer enferma, la maestra que se acordaba del niño al que nadie miraba. El papa Francisco habló de la santidad «de la puerta de al lado». No hicieron milagros ni escribieron libros. Fueron pobres de espíritu en el mejor sentido: no se creían gran cosa, y por eso les quedaba sitio para los demás. Jesús dice que de ellos es el reino. Hoy puedes acordarte de alguno con nombre y cara, y dar gracias por él. Quizá no lo supo nunca, pero te enseñó algo de Dios.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
25 de octubre
«Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.» (Mt 5,4)
Entre los santos hay muchos que lloraron. No fueron personas sin heridas ni vidas sin pérdidas. Perdieron hijos, casas, salud o amigos; se sintieron solos, dudaron, pasaron noches largas. Jesús no les pide que dejen de llorar. Los llama dichosos, porque su llanto no se pierde: alguien lo recoge y lo consuela. Es una de las frases más extrañas del Evangelio, y también de las más tiernas. Si hoy llevas una pena, no te quedas fuera de esta fiesta. Estás en buena compañía. Muchos de los que ahora están con Dios conocieron ese mismo peso, y lo que piden por ti lo piden sabiendo de qué se trata. Puedes rezar hoy con tus lágrimas, tal como estén.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
26 de octubre
«Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.» (Mt 5,7)
La santidad casi nunca tiene forma de hazaña. Tiene forma de paciencia con un padre mayor que repite las cosas, de un plato de más en la mesa, de una palabra que se calla para no herir, de un perdón que tarda años y al final llega. La misericordia es eso: dejar que el corazón se conmueva ante la pobreza del otro, sin sentirse mejor que él. Jesús promete a los misericordiosos que encontrarán misericordia, como si lo que das volviera a ti multiplicado. Los santos no eran personas sin fallos. Eran personas que, sabiéndose perdonadas, perdonaban. Hoy puedes mirar tu propia vida sin examen y reconocer en ella los gestos de misericordia que ya hay. Son más de los que crees.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
27 de octubre
«Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» (Mt 5,8)
Hay santos niños y santos ancianos. Hay pastores, médicos, reinas, criadas, soldados, campesinos, estudiantes, madres de familia, obreros, monjes y gente sin oficio fijo. Francisco de Asís era hijo de un comerciante de telas; Isidro, el patrono de Madrid, trabajaba el campo; Teresa de Lisieux murió con veinticuatro años sin haber salido de su convento de clausura. Ninguno se parece a otro. Esa variedad dice algo hermoso: no existe un molde, Dios no hace copias. El corazón limpio del que habla Jesús no es un corazón sin historia, sino uno sin doblez, que mira las cosas como son. Cada uno lo tuvo a su manera y en su sitio. Hoy puedes rezar pensando que tu vida, tal como es, también es un lugar donde Dios se deja ver.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
28 de octubre
«Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.» (Mt 5,9)
Los santos vienen de todos los pueblos y de todas las lenguas. Hay mártires de Uganda y de Japón, santos de México y de Corea, del Perú y de Irlanda. Muchos vivieron en tiempos de guerra o de odio entre vecinos, y en medio de todo eso sembraron paz: no porque esquivaran los conflictos, sino porque no dejaron que el rencor tuviera la última palabra. Jesús los llama dichosos y dice que se les llamará hijos de Dios, como si en ellos se notara el parecido de familia. La paz empieza muy cerca: en una casa, en un trabajo, en un grupo de amigos. Hoy puedes rezar por un lugar del mundo que te duela, y también por alguna relación tuya que necesite calma.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
29 de octubre
«Tenemos a nuestro alrededor una nube tan grande de testigos.» (Heb 12,1)
La carta a los Hebreos compara la vida con una carrera y dice que no la corremos solos: alrededor hay una nube inmensa de testigos. Es lo que el Credo llama la comunión de los santos. Significa que entre los que están ya con Dios y los que seguimos aquí no hay un muro, sino un hilo que no se rompe. Ellos rezan por nosotros, y nosotros podemos hablarles con la confianza con que se habla a un amigo mayor. Nadie reza nunca del todo solo. Aunque estés en tu cuarto, en silencio, tu oración entra en una conversación muy grande que empezó hace siglos y sigue abierta. Hoy puedes descansar en eso: no lo sostienes todo tú.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
30 de octubre
«Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.» (Ap 21,4)
Al día siguiente de Todos los Santos se recuerda a todos los difuntos. Las dos fiestas van juntas, como van juntos en la memoria los santos de los libros y las personas que quisiste y ya no están. Tus abuelos, quizá tus padres, un amigo que se fue antes de tiempo. Su vida no fue perfecta, y no hacía falta que lo fuera. Lo que esperas para ellos es lo mismo que promete el Apocalipsis: un Dios que seca las lágrimas una a una, sin prisa, con cuidado. Hoy puedes decir sus nombres despacio. Puedes darles gracias, pedirles perdón si lo necesitas, o simplemente acordarte. El amor no se queda al otro lado de la muerte. Sigue, y en Dios vuelve a encontrarse.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
31 de octubre
«Queridos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos.» (1 Jn 3,2)
Mañana es la fiesta, y su historia viene de lejos. A comienzos del siglo VII, en Roma, el Panteón, antiguo templo de todos los dioses, se consagró a Santa María y a todos los mártires. Con el tiempo, la memoria de todos los santos quedó fijada en el 1 de noviembre. Pero la fiesta no mira solo atrás. San Pablo escribía sus cartas «a todos los santos» de una ciudad, y con eso se refería a la gente corriente de aquellas comunidades. San Juan dice que ya somos hijos de Dios, aunque todavía no se ve lo que seremos. Lo mejor de ti está por aparecer, y no depende de tus fuerzas, sino del amor que te espera. Terminas la novena sabiendo que esa multitud también te cuenta a ti.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Dios de todos los santos, gracias por esa multitud que nadie puede contar: los que tienen altar y los que solo tuvieron una cocina, un taller o un camino. Gracias por los que me enseñaron a rezar sin decírmelo y por los que ya se fueron y siguen cerca. Que su compañía me sostenga cuando me canse, y que su alegría me recuerde que tu amor cabe en los días corrientes. Recibe lo que hoy te confío y reúnenos a todos, vivos y difuntos, en tu casa, donde nadie sobra. Amén.
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