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Novena al Divino Niño Jesús

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Se reza los nueve días anteriores a la fiesta.

El Divino Niño Jesús es una de las imágenes más queridas de Colombia: un niño de túnica rosada que abre los brazos, en su santuario del barrio 20 de Julio, en el sur de Bogotá. Su fiesta grande es el primer domingo de septiembre. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, cuéntale lo que llevas hoy en las manos, como se le cuenta algo a un niño que te escucha con los brazos abiertos.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Los brazos abiertos

«Y los abrazaba y los bendecía, imponiéndoles las manos.» (Mc 10,16)

La imagen del Divino Niño se reconoce en seguida: un niño de pie, con una túnica rosada, un cinturón verde azulado y los brazos abiertos, como quien sale a recibir a alguien. Se ve en las tiendas de barrio, en los buses, en los tableros de los taxis y en las salas de tantas casas. No tiene un gesto solemne ni lejano. Parece a punto de dar un abrazo. El Evangelio cuenta que Jesús tomaba a los niños, los abrazaba y los bendecía, sin prisa, aunque otros quisieran apartarlos. Hoy empiezas la novena delante de ese gesto. No hace falta llegar con nada preparado ni con palabras bonitas. Basta con acercarte tal como estás y dejarte recibir.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Un sacerdote venido de lejos

«Sal de tu tierra y de tu parentela, y ve a la tierra que yo te mostraré.» (Gn 12,1)

La historia empieza con Juan del Rizzo, un sacerdote salesiano italiano que llevaba años en Colombia. En 1935 llegó al barrio 20 de Julio de Bogotá, en la localidad de San Cristóbal, que entonces quedaba en las afueras de la ciudad. Era un barrio de gente trabajadora, de casas sencillas y jornadas largas. Él venía de otra tierra, con otra lengua, y se quedó allí, entre los que madrugaban para ganarse el pan. Así suele empezar lo que dura: con alguien que se queda. Quizá tú también has empezado de nuevo alguna vez en un lugar que no era el tuyo. Hoy puedes poner ese camino delante del Niño, con lo que dejaste atrás y con lo que todavía no conoces.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Buscar de nuevo

«Y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén buscándolo.» (Lc 2,45)

El padre Del Rizzo tenía una devoción especial al Niño Jesús de Praga. Pero en Bogotá otra comunidad religiosa reclamaba para sí la difusión de esa imagen, y él dejó de usarla en público. Podía haberse quedado en la queja. En lugar de eso, se puso a buscar otra imagen del Niño. A veces lo que más quieres se te cierra, y no por culpa tuya. Una puerta que parecía la buena deja de estar abierta. María y José también pasaron días buscando al Niño, con el corazón encogido, antes de encontrarlo en el templo. Hoy puedes contarle al Divino Niño qué puerta se te ha cerrado. A veces lo que llega después es más hondo que lo que se perdió.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Un niño en un almacén

«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.» (Is 9,5)

Cuenta la historia que el padre encontró lo que buscaba en un almacén de artículos religiosos de Bogotá, entre estampas, velas e imágenes de todos los tamaños. Era un Niño Jesús vestido de rosado, con los brazos extendidos. No lo encargó a un gran artista ni lo trajo de Europa: lo halló en una tienda corriente, a la vuelta de cualquier calle. Dios tiene esa costumbre de dejarse encontrar en sitios normales, como se dejó encontrar en un pesebre, en un pueblo pequeño. No hace falta buscarlo en lo extraordinario. Hoy puedes mirar tus lugares de todos los días, la cocina, el trabajo, el camino, con la sospecha tranquila de que también ahí te está esperando.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Sin la cruz a cuestas

«Porque mi yugo es suave y mi carga, ligera.» (Mt 11,30)

La imagen que el padre encontró tenía al Niño con los brazos extendidos sobre una cruz. Cuentan que Juan del Rizzo pidió al artesano que se la quitara, porque aquel niño era demasiado pequeño para cargar con algo tan pesado. Así quedó la imagen que hoy conoce todo el país: el Niño solo, con los brazos abiertos. Es un gesto lleno de ternura. La cruz no se olvida, pero aquí se mira a Jesús como se mira a un niño, con ganas de protegerlo y de dejarse abrazar por él. Tal vez tú también cargas algo que te queda grande. Hoy puedes dejarlo un rato en el suelo, delante de él, y descansar. Su carga, dice el Evangelio, es ligera.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Una casa hecha entre todos

«Si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan los que la construyen.» (Sal 127,1)

Del Rizzo empezó a reunir a la gente del barrio alrededor de aquella imagen. La devoción creció tan deprisa que se levantó un templo: las obras empezaron en 1937 y se inauguró en 1942. Desde entonces lo atienden los salesianos. Detrás de esas fechas hay muchas manos, vecinos que pusieron lo poco que tenían: tiempo, trabajo, oración. Ningún templo se sostiene solo con piedras. Se sostiene con la gente que vuelve una y otra vez, con sus alegrías y sus apuros. Tu vida también se va construyendo así, poco a poco, con ayuda de otros. Hoy puedes dar gracias por las personas que han puesto una piedra en tu casa, aunque nunca se lo hayas dicho.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. Domingo en el 20 de Julio

«Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor.» (Sal 122,1)

El santuario está en la calle 27 sur, en pleno barrio 20 de Julio, y los domingos el barrio entero cambia. Hay misas una detrás de otra, filas para entrar, vendedores de velas, de estampas y de imágenes de todos los tamaños. Llegan familias a dar gracias o a pedir por alguien. Muchos devotos hacen su novena yendo al santuario el primer domingo de cada mes, de enero a septiembre. En medio del ruido, cada uno trae su historia. Nadie la pregona, pero ahí está, en las manos juntas y en la mirada. Aunque hoy no puedas ir hasta Bogotá, puedes sumarte a esa fila en silencio, desde donde estés, con tu propia historia bajo el brazo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Lejos de casa

«Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recogerá.» (Sal 27,10)

Desde Bogotá, el Divino Niño llegó a toda Colombia, después a los países vecinos y a las ciudades donde viven colombianos, en Estados Unidos, en España o en cualquier otro lugar. Hay iglesias y capillas dedicadas a él en muchos países, y su imagen se reconoce en seguida. Quien vive lejos puede llevar una estampa en la cartera o ponerla en un rincón de la casa nueva, como una manera de no sentirse del todo extranjero. Hoy puedes rezar por los que viven lejos de su tierra y de los suyos, por los que llegaron hace poco y todavía no tienen a nadie. Y si tú eres uno de ellos, estos brazos abiertos también son para ti.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Confiar como un niño

«Como un niño en brazos de su madre, así está mi alma.» (Sal 131,2)

Mucha gente que no se sabe ninguna oración de memoria entra en el santuario del 20 de Julio, se queda un rato delante del Niño y sale con algo más de paz. No hace falta más. La imagen no pide nada: es un niño que abre los brazos. Y quizá por eso llega tan hondo. Los niños confían sin hacer cálculos, piden lo que necesitan sin avergonzarse y se duermen tranquilos cuando alguien los sostiene. Terminas la novena con esa confianza sencilla, sin demostrar nada a nadie. Lo que has traído estos nueve días queda en buenas manos. Y los brazos del Niño siguen abiertos cuando vuelvas, mañana o dentro de mucho tiempo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Divino Niño Jesús, tú que te hiciste pequeño para estar cerca, recibe lo que hoy te traigo, lo dicho y lo callado. Guarda a los niños que conozco y a los que nadie cuida. Acompaña a las familias que pasan apuros, a los que buscan trabajo y a los que viven lejos de su tierra. Cuando algo me pese demasiado, recuérdame que tus brazos siguen abiertos. Dame la confianza sencilla de un niño que duerme tranquilo porque sabe que alguien vela por él. Amén.

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