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Novena al Cristo Negro de Esquipulas

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 6 de enero al 14 de enero. Fiesta el 15 de enero.

El 15 de enero es la fiesta del Señor de Esquipulas, el Cristo Negro que desde 1595 recibe en el oriente de Guatemala a peregrinos de toda Centroamérica y del sur de México. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así, desde donde esté: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, ponte un momento delante de Él, como los peregrinos al final de la fila, y cuéntale lo que traes.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Un encargo de gente sencilla

6 de enero

«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt 18,20)

Todo empezó con unos vecinos. En 1594, la gente de Santiago de Esquipulas, un pueblo pequeño del oriente de Guatemala, reunió dinero para tener en su iglesia una imagen de Cristo crucificado. No fue la idea de un rey ni de un gran señor, sino el deseo de un pueblo que quería rezar junto a la cruz. Pagaron cien tostones, lo que pudieron juntar entre todos. Así nacen muchas cosas buenas: de pequeñas aportaciones, de gente que se pone de acuerdo sin hacer ruido. Hoy empiezas la novena en ese mismo espíritu. No hace falta traer mucho. Basta con lo que tienes a mano, puesto en común con tantos que, en estos días, rezan también mirando hacia Esquipulas.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Las manos del escultor

7 de enero

«¿No es este el hijo del carpintero?» (Mt 13,55)

El encargo lo recibió Quirio Cataño, un escultor de origen portugués que trabajaba en Santiago de Guatemala, la ciudad que hoy se llama Antigua. Talló el Cristo en madera y lo entregó en octubre de ese mismo año. Detrás de la imagen que hoy veneran tantos hay, primero, un oficio: horas de trabajo, herramientas, astillas en el suelo del taller. Jesús también creció entre maderas, en el taller de José, y sus vecinos lo conocían como el hijo del carpintero. A Dios no le estorba el trabajo de las manos. Hoy puedes ofrecerle el tuyo, el que haces en casa, en el campo, en la oficina o en la calle, aunque nadie lo vea. En ese trabajo también se deja tallar su rostro.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Quédate esta noche

8 de enero

«Quédate con nosotros, porque ya es tarde.» (Lc 24,29)

El camino desde Santiago de Guatemala hasta Esquipulas era largo y difícil. Cuentan que en cada pueblo por donde pasaba la imagen, la gente pedía que se quedara una noche para poder rezarle. Así, poco a poco, el Cristo fue avanzando de casa en casa, de pueblo en pueblo, hasta llegar a su destino el 9 de marzo de 1595. Es la misma petición de los dos discípulos de Emaús, cuando caía la tarde y no querían que aquel caminante siguiera de largo. Quizá tú también llevas días en los que se hace tarde por dentro. Hoy puedes decirle lo mismo, con sencillez: quédate esta noche en mi casa. No hace falta prepararla. Él sabe entrar donde lo invitan.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. El humo de las velas

9 de enero

«Suba mi oración como incienso en tu presencia.» (Sal 141,2)

Según la explicación más extendida, el Cristo de Esquipulas no era oscuro al principio. Tenía un tono claro. Con los siglos, el humo de las velas y del incienso fue ennegreciendo la madera, hasta darle el color con que hoy se le conoce. Cada vela era una petición: un hijo enfermo, una cosecha, un viaje, un duelo. Y todas esas oraciones, juntas, dejaron su huella en el mismo Cristo. Nada de lo que se le pide se pierde por el camino. Hoy puedes encender una vela, si tienes una, o simplemente imaginarla ante Él. Tu petición se suma a la de tantas personas que, durante más de cuatro siglos, han rezado en ese mismo lugar con la misma confianza.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Las manos que lo tocaron

10 de enero

«Con solo tocar su manto, quedaré sana.» (Mt 9,21)

No solo el humo oscureció la imagen. También las manos de los peregrinos, que durante generaciones se acercaron a tocarlo, a veces apenas un instante. Es un gesto muy antiguo. En el Evangelio, una mujer enferma se abre paso entre la gente convencida de que le basta con rozar el borde del manto de Jesús. No pide permiso ni hace un discurso. Solo alarga la mano. Y Jesús se vuelve hacia ella, la mira y la llama hija. Hay días en que las palabras no salen y solo queda ese gesto: acercarse. Hoy puedes rezar así, sin frases, poniendo la mano sobre una cruz o sobre tu propio pecho, y dejando que Él te mire.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Un rostro que se volvió muy suyo

11 de enero

«Morena soy, pero hermosa.» (Ct 1,5)

Con el paso del tiempo, aquel Cristo de piel oscura se volvió muy cercano para los pueblos indígenas y mestizos de la región. Al mirarlo, muchos reconocían su propio color, sus propias manos gastadas por el trabajo y el sol. No era un Señor lejano, sino alguien de la familia. Dios no se avergüenza de parecerse a los suyos. En el Cantar de los Cantares, la amada dice de sí misma que es morena y hermosa, sin pedir disculpas. Quizá tú también tienes rasgos, historias o heridas que a veces preferirías esconder. Hoy puedes presentarte ante Él tal como eres. Ese rostro oscurecido por tantas vidas te dice que en su mirada cabes entero.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. Un obispo agradecido

12 de enero

«Vuelve a tu casa y cuenta lo que Dios ha hecho contigo.» (Lc 8,39)

En 1737, fray Pedro Pardo de Figueroa, obispo de Guatemala, se curó de una enfermedad después de encomendarse al Señor de Esquipulas. En agradecimiento, mandó construir para la imagen un templo mucho más grande. Las obras empezaron en 1740 y la basílica se dedicó en enero de 1759. Es el templo blanco, de cúpulas y torres, que hoy domina el valle. Aquella gratitud se hizo piedra, y todavía acoge a quien llega. La tuya quizá no levante una basílica, pero también cuenta. Hoy puedes recordar algo que un día pediste y recibiste, aunque fuera pequeño. Dar gracias no es una obligación: es otra manera de abrir la puerta para seguir pidiendo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Horas de fila, un momento de silencio

13 de enero

«Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor.» (Lam 3,26)

En los días de la fiesta, las filas para acercarse al Cristo duran horas. Muchos llegan a pie, en bus o en camión, desde toda Centroamérica y el sur de México. Esperan con paciencia para estar delante de Él apenas un momento, en silencio. Luego salen a una ciudad llena de puestos de dulces, de velas y de rosarios. Toda esa espera tiene algo de oración: el cansancio, el calor, la gente alrededor. Tu vida también está hecha de filas y de esperas que no eliges. Hoy puedes vivir alguna de ellas como esos peregrinos, sabiendo que al final te espera alguien. No importa cuánto dure el encuentro. Un solo instante delante de Él basta.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Él es nuestra paz

14 de enero

«Él es nuestra paz.» (Ef 2,14)

El Señor de Esquipulas se venera hoy mucho más allá de Guatemala: en toda Centroamérica, en el sur de México y en las comunidades centroamericanas de Estados Unidos. En Chimayó, en Nuevo México, hay un santuario dedicado a él desde hace dos siglos. Con el tiempo, el nombre de Esquipulas quedó unido también a la palabra paz. Mañana es su fiesta. Terminas la novena como terminan los peregrinos su camino: delante de un Cristo que ha escuchado a tantos y que no se cansa de recibir. Pídele paz para ti, para tu casa y para tu tierra. Llévala contigo cuando vuelvas a lo de cada día. Y regresa a Él cuando quieras, sin esperar a otro enero.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Señor de Esquipulas, Cristo oscurecido por el humo de tantas velas y por las manos de tantos pobres, aquí estoy yo también, con mi camino y con mi cansancio. Tú conoces lo que llevo dentro aunque no sepa decirlo. Te confío a los que quiero, a los que están enfermos y a los que viven lejos de su tierra. Da paz a mi casa y a mi pueblo. Y cuando vuelva a mis cosas de cada día, que no me falte la certeza de que me miras. Amén.

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