Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 30 de agosto se celebra a santa Rosa de Lima, la muchacha que rezaba en una ermita del huerto de su casa y cuidaba a los enfermos que no tenían a nadie. Fue la primera persona nacida en América reconocida como santa, y es patrona de América, del Perú y de Filipinas. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.
Los nueve días:
21 de agosto
«Yo soy flor del campo y lirio de los valles.» (Cant 2,1)
Nació en Lima en abril de 1586 y la bautizaron con el nombre de Isabel Flores de Oliva. Pero cuenta la tradición que, cuando tenía solo unos meses, una criada de la casa vio su carita como si fuera una rosa, y desde entonces su madre empezó a llamarla así. El nombre se le quedó para siempre. Es bonito pensar que el nombre por el que la recuerda medio mundo nació de una mirada de cariño en una casa sencilla. A ti también te han mirado así alguna vez, y Dios te mira así siempre, antes de que hagas nada. Hoy puedes empezar la novena dejándote mirar, sin esconder nada, como una flor que no se esfuerza por ser flor.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
22 de agosto
«Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican.» (Sal 127,1)
Rosa creció en una familia sin fortuna y con muchos hijos; ella era la cuarta. Su padre, Gaspar Flores, era arcabucero, y su madre se llamaba María de Oliva. Nada en aquella casa hacía pensar en una santa: había estrecheces, trabajo, ruido de niños y las preocupaciones de cada día para llegar a fin de mes. Y sin embargo fue allí, y no en un lugar apartado, donde creció su amor a Dios. Tu casa tampoco necesita ser perfecta para que Dios viva en ella. Hoy puedes rezar por los tuyos, por los que conviven contigo y por los que están lejos, y poner en sus manos lo que falta y lo que sobra en tu hogar.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
23 de agosto
«Tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo escondido.» (Mt 6,6)
En el huerto de la casa familiar, con ayuda de su hermano Hernando, Rosa se hizo una ermita diminuta. Allí pasaba horas rezando. No necesitó una catedral ni un monasterio: le bastó un rincón pequeño, hecho con sus propias manos, entre las plantas del huerto. Esa ermita todavía se conserva en su santuario de Lima. Quizá tú también andas buscando un lugar tranquilo para rezar y no lo encuentras. A lo mejor no hace falta ir muy lejos. Puede ser una silla junto a la ventana, un banco en la plaza, el trayecto en autobús. Hoy puedes escoger tu propia ermita, por pequeña que sea, y quedarte un rato allí, a solas con Dios, sin decir mucho.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
24 de agosto
«María ha escogido la mejor parte, y no se le quitará.» (Lc 10,42)
Desde muy joven Rosa quiso consagrar su vida a Dios, pero no entró en un convento. Tomó el hábito de terciaria dominica, es decir, siguió la espiritualidad de santo Domingo viviendo en la casa de sus padres. Nunca salió del Perú y apenas salió de Lima. No fundó nada, no escribió libros, no llegó a ser monja. Y aun así su vida entera quedó entregada a Dios. Es un consuelo para quien piensa que su vida es demasiado corriente para que valga algo. Dios no se queda solo en los caminos extraordinarios. Hoy puedes mirar tu vida tal como es, con su rutina y sus límites, y ofrecérsela entera, sin esperar a que cambie.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
25 de agosto
«Se acercó, le vendó las heridas echándoles aceite y vino, y cuidó de él.» (Lc 10,34)
Rosa no se encerró en su ermita. En la casa de sus padres recibía a los enfermos pobres que llamaban a su puerta y los cuidaba ella misma, como en una pequeña enfermería. No tenía estudios de medicina ni grandes medios, solo sus manos, su tiempo y su cariño. En la misma Lima y en los mismos años vivía san Martín de Porres, otro dominico que dedicó su vida a los enfermos de la ciudad. Si hoy cuidas de alguien, sabes lo que cansa y lo que cuesta. Pon ese cansancio en manos de Rosa. Y si eres tú quien está enfermo, puedes dejarte cuidar sin sentirte una carga. Ella abría la puerta precisamente a quien más lo necesitaba.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
26 de agosto
«Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó.» (Sal 34,7)
En la Lima de su tiempo, Rosa se ocupaba también de los indígenas y de los negros de la ciudad, los más olvidados de aquella sociedad. Muchos no tenían quién los atendiera cuando caían enfermos. Ella no hizo discursos: simplemente los recibió y los cuidó como a los demás. Así fue su manera de decir que nadie sobra. También hoy hay personas a las que casi nadie mira: los que viven en la calle, los que están solos en un cuarto, los que llegaron de lejos y no conocen a nadie. Hoy puedes rezar por ellos con nombre y cara, por alguno que conozcas. Y si alguna vez te has sentido invisible, Rosa también te ve a ti.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
27 de agosto
«Tiende su mano a la rueca y sus dedos sostienen el huso.» (Prov 31,19)
Rosa trabajaba con la aguja para ayudar a su familia. Entre rato y rato de oración, cosía y bordaba para que en casa hubiera un poco más. Su santidad no la apartó de las necesidades de cada día; la llevó a ellas con más cariño. Es fácil pensar que rezar y trabajar van por caminos distintos, pero en su vida iban juntos, cosidos con el mismo hilo. Hoy puedes pensar en el trabajo de tus manos, el que se ve y el que nadie agradece: la comida, la ropa, las cuentas, los cuidados, el empleo que te cansa. Todo eso también puede ser oración. Ofrécelo a Dios tal como está, puntada a puntada, sin prisa.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
28 de agosto
«Llegó en poco tiempo a la plenitud y llenó largos años.» (Sab 4,13)
Rosa murió en Lima el 24 de agosto de 1617, con solo treinta y un años. Su vida fue corta, pero no pasó inadvertida. Se cuenta que su velorio y su entierro reunieron a tanta gente que tuvo que intervenir la guardia del virrey para mantener el orden. Toda la ciudad quiso despedir a aquella muchacha que nunca buscó que la conocieran. El valor de una vida no se mide por los años ni por lo que consigue, sino por el amor que deja. Hoy puedes rezar por las personas que se fueron pronto y a las que echas de menos. Y confiar tu propio tiempo, sea largo o corto, a Dios, que lo sostiene todo entero.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
29 de agosto
«Señor, ante ti está todo mi deseo.» (Sal 38,10)
El 12 de abril de 1671 el papa Clemente X la canonizó, y fue la primera persona nacida en América reconocida como santa. Su santuario de Lima se levantó junto a la casa donde nació, y allí está el pozo al que, según la tradición, Rosa arrojó la llave de un candado. Cada 30 de agosto se forman largas filas de personas que echan en él cartas con sus peticiones, escritas a mano y dobladas con cuidado. Mañana es su fiesta. Terminas la novena como ellos: con tu carta, aunque no la escribas en papel. Lo que te pesa, lo que esperas, lo que no sabes decir. Déjalo caer en manos de Dios, de la mano de Rosa.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Santa Rosa de Lima, que encontraste a Dios en un rincón del huerto y abriste tu casa a los enfermos que nadie quería, enséñame a rezar sin salir de mi calle. Te encomiendo a los enfermos que están solos, a quienes los cuidan sin descanso y a quienes sacan adelante a su familia con sus manos. Tú que eres de esta tierra, reza por toda América, por sus ciudades y sus pueblos. Y recibe también la carta que hoy no sé escribir. Amén.
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