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Novena a Santa Rita de Casia

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 13 de mayo al 21 de mayo. Fiesta el 22 de mayo.

El 22 de mayo se celebra a santa Rita de Casia, una mujer de las montañas de Umbría que fue esposa, madre, viuda y monja agustina, y a la que la devoción popular llama la santa de los imposibles. Esta novena se reza del 13 al 21 de mayo. Durante esos nueve días, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, cuéntale a santa Rita eso que te parece imposible, tal como lo sientes.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Una niña de Roccaporena

13 de mayo

«Te he llamado por tu nombre: tú eres mío.» (Is 43,1)

Rita nació hacia 1381 en Roccaporena, una aldea de montaña cerca de Casia, en Umbría. Según la tradición, era hija única de unos padres ya mayores, y se cuenta que, siendo muy pequeña, unas abejas blancas revoloteaban junto a su cuna sin hacerle daño. Sea como sea, lo que queda de aquella niña es una vida corriente en un pueblo pequeño: la casa, el campo, la iglesia, los vecinos. Nada hacía pensar que siglos después tanta gente la invocaría. Dios la conocía por su nombre antes de que nadie supiera quién era. Esta novena empieza ahí, en lo pequeño. Tu vida también está escrita con nombre propio, aunque hoy te parezca poca cosa, y cabe entera en estos nueve días.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Una casa sin paz

14 de mayo

«Cerca está el Señor de los que tienen el corazón roto.» (Sal 34,19)

Según la tradición, Rita quería entrar en un convento, pero sus padres la casaron muy joven con Paolo Mancini, un hombre de carácter duro, metido en las violencias de su tiempo. Se cuenta que con los años él cambió y la casa halló paz. Esta parte de su historia se ha contado mal a menudo, como si sufrir en silencio fuera lo que Dios espera. No lo es. Los golpes, los gritos y las humillaciones no son una cruz que llevar: son un daño que nadie tiene por qué soportar. Pedir ayuda, contarlo o irse no es fallarle a Dios. Si en tu casa hay miedo, Rita no te pide aguantar: te acompaña a buscar un lugar seguro. Si no es tu caso, puedes rezar por quien vive así.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. El perdón más difícil

15 de mayo

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» (Lc 23,34)

Según la tradición, Paolo murió asesinado en una emboscada, víctima de las venganzas entre familias que tanto se daban entonces. Rita se quedó viuda, con dos hijos pequeños y con una herida enorme. Lo que se esperaba en su tiempo era la venganza: sangre por sangre. Se cuenta que ella escondió la camisa ensangrentada de su marido para que sus hijos no la vieran, y que perdonó a los asesinos. Perdonar no es decir que no pasó nada, ni justificar el mal, ni volver a ponerse en peligro. Es negarse a que el odio decida el resto de la vida. A veces cuesta años, y a veces solo sale a trozos. Si hoy no puedes perdonar, puedes al menos poner esa herida delante de Jesús, que perdonó desde la cruz.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Una madre que llora

16 de mayo

«Raquel llora a sus hijos y no quiere consuelo, porque ya no están.» (Mt 2,18)

Los dos hijos de Rita crecieron, así lo cuenta la tradición, con la idea de vengar a su padre. Ella rezaba para que no se mancharan las manos de sangre. Poco después los dos murieron de una enfermedad, todavía jóvenes. Algunos relatos antiguos presentan esto como una respuesta a su oración, pero ninguna explicación quita el dolor de una madre que entierra a sus hijos. Rita lloró como lloran todas. La Biblia recoge ese llanto en la figura de Raquel, que no quiere consuelo. No hace falta buscar razones para lo que no las tiene. Hoy puedes rezar por los padres y las madres que han perdido a un hijo. Y si esa es tu historia, puedes dejar sencillamente que Rita llore contigo, sin palabras.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Llamar a una puerta cerrada

17 de mayo

«Llamad, y se os abrirá.» (Mt 7,7)

Sola ya en el mundo, Rita pidió entrar en el monasterio agustino de Santa María Magdalena, en Casia. Según la tradición, la rechazaron tres veces: era viuda, y quizá pesaba también que su familia hubiera quedado enredada en aquel crimen. Se cuenta que ella se dedicó entonces a reconciliar a las familias enfrentadas, y que solo después la recibieron. La leyenda añade que entró de noche, con las puertas cerradas, llevada por sus santos protectores. Sea cual sea el detalle, lo que queda es una mujer que no se rinde ante un no, pero que tampoco fuerza nada: sigue llamando mientras siembra paz a su alrededor. Quizá tú también tienes delante una puerta que no se abre. Jesús dijo: llamad. No dijo cuántas veces.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Otra casa, otra familia

18 de mayo

«La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma.» (Hch 4,32)

En el monasterio Rita vivió unos cuarenta años. Allí encontró algo que quizá no había tenido nunca: una casa en paz, una comunidad de mujeres que rezaban juntas, trabajaban y se cuidaban unas a otras. La regla de san Agustín toma su ideal de los Hechos de los Apóstoles: un solo corazón y una sola alma. Se cuenta que la abadesa, para probar su obediencia, le pidió regar cada día una cepa seca, y que la cepa acabó brotando. Detrás de la leyenda hay algo muy real: después de tanta pérdida, la vida puede volver a empezar en otro sitio y con otra gente. Hoy puedes dar gracias por las personas y las casas que te acogieron cuando la tuya se había roto.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. La espina en la frente

19 de mayo

«Llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús.» (Gál 6,17)

Hacia 1443, según la tradición, Rita escuchó un sermón sobre la pasión de Jesús y después, rezando ante un crucifijo, pidió compartir algo de su dolor. Se cuenta que una espina de la corona se desprendió y le dejó en la frente una herida que la acompañó durante quince años. No es una historia para imitar ni una invitación a buscar el sufrimiento. Habla de una mujer que había conocido mucho dolor y que encontró en Jesús a alguien que también lo había conocido. Sus heridas y las de él se entendían. Tú también llevas marcas, visibles o no. No hace falta esconderlas para rezar. Puedes ponerlas junto a las de Jesús, que no se avergüenza de ellas ni de ti.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Una rosa en invierno

20 de mayo

«Se alegrará la tierra seca y florecerá como un lirio.» (Is 35,1)

Ya muy enferma, en cama durante sus últimos años, Rita recibió la visita de una prima de Roccaporena. Según la tradición, le pidió que le trajera una rosa del huerto de su antigua casa. Era invierno, y la prima pensó que deliraba. Al llegar encontró una rosa abierta en medio del frío, y dos higos maduros. Por eso la rosa es el signo de santa Rita. Desde Casia, ella miraba hacia la casa donde había sufrido tanto, y de allí mismo le llegó una flor. Quizá también hay en tu pasado lugares que solo asocias al dolor. Esta rosa dice que ahí también puede florecer algo, cuando menos se espera, aunque sea en pleno invierno.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Lo que parece imposible

21 de mayo

«Para Dios no hay nada imposible.» (Lc 1,37)

Rita murió en Casia el 22 de mayo de 1457. Se cuenta que las campanas del monasterio sonaron solas aquella noche. Con los siglos, la gente empezó a llamarla la santa de los imposibles, quizá porque su vida entera estuvo hecha de cosas que parecían no tener salida: una casa sin paz, un crimen, unos hijos perdidos, una puerta cerrada. Nada de eso se arregló por arte de magia, pero nada de eso tuvo la última palabra. El ángel le dijo a María que para Dios no hay nada imposible. Hoy, al terminar la novena, puedes dejar en manos de Rita eso que ya no sabes ni cómo pedir. Ella conoce el camino y te acompaña hasta Jesús, que es quien abre las puertas.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Santa Rita, tú conociste una casa sin paz, la muerte violenta de tu marido, la pérdida de tus hijos y puertas que no se abrían, y aun así no dejaste que el odio ni la tristeza tuvieran la última palabra. Te confío lo que hoy me parece imposible. Acompaña a quienes viven con miedo en su propia casa y ayúdalos a encontrar un lugar seguro. Consuela a los padres y a las madres que lloran. Enséñame a perdonar sin dejar de cuidarme. Y haz florecer una rosa en mi invierno, cerca de Jesús. Amén.

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