Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 13 de junio se celebra a san Antonio de Padua, el fraile franciscano nacido en Lisboa que pasó por el mundo predicando, cerca de los pobres, y al que tanta gente acude cuando ha perdido algo o anda buscando su camino. Durante los nueve días anteriores, del 4 al 12 de junio, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que estés buscando.
Los nueve días:
4 de junio
«Antes de formarte en el vientre, te conocí.» (Jr 1,5)
Antes de ser Antonio, se llamaba Fernando. Nació en Lisboa a finales del siglo XII, en una familia acomodada, cerca de la catedral, y allí aprendió a leer y a rezar. De joven entró con los canónigos de san Agustín y se fue a estudiar a Coimbra, donde pasó años entre libros, cantando el oficio y leyendo la Escritura hasta sabérsela casi de memoria. Nadie habría adivinado entonces que su nombre acabaría unido a una ciudad italiana y a millones de personas que le rezan. Dios lo conocía ya por su nombre de niño, antes de todos los cambios. Hoy puedes empezar la novena desde ahí: desde el nombre con el que te llamaban en casa, que Dios nunca ha olvidado.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
5 de junio
«Mira, hago nuevas todas las cosas.» (Ap 21,5)
En 1220 llegaron a Coimbra los restos de cinco frailes franciscanos que habían muerto en Marruecos por anunciar a Jesús. Fernando los vio pasar y algo se le removió por dentro. Conocía a los frailes menores, que vivían pobres en una ermita cercana dedicada a san Antonio Abad. Poco después dejó su hábito de canónigo, tomó el sayal franciscano y cambió de nombre: desde entonces fue Antonio. No despreció lo que había vivido; lo llevó consigo a una vida nueva. A veces la vida pide un giro que asusta, y otras veces basta con reconocer que ya estás cambiando. Hoy puedes ponerle delante tus cambios, los que deseas y los que te dan miedo, y dejar que él los haga nuevos a su manera.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
6 de junio
«Mis pensamientos no son vuestros pensamientos.» (Is 55,8)
Antonio quiso ir a Marruecos, como aquellos cinco frailes. Llegó, pero enfermó enseguida y tuvo que volver. En el viaje de regreso, una tormenta desvió el barco y fue a parar a las costas de Sicilia. Nada salió como lo había soñado. Desde allí subió a Asís, donde se reunían los frailes, y cuentan que nadie se fijó mucho en aquel joven portugués, flaco y convaleciente. Es fácil pensar que un plan torcido es un fracaso. En la vida de Antonio, fue la manera de llegar adonde lo esperaban. Si hoy algo tuyo se ha torcido, un proyecto, una salud, un viaje, puedes contárselo tal cual. No hace falta que le encuentres sentido todavía. Basta con no soltar la mano.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
7 de junio
«Tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.» (Mt 6,6)
Tras la reunión de Asís, un superior se llevó a Antonio a una ermita en Montepaolo, en los montes de la Romaña. Allí vivió un tiempo en silencio, rezando, ayudando en la cocina y fregando lo que hiciera falta. Se cuenta que nadie sabía lo mucho que había estudiado, y que él tampoco lo contaba. No tenía prisa por demostrar nada. Hay épocas así en cualquier vida: tiempos en que parece que no pasa nada, en que nadie ve lo que haces ni lo que eres. No son tiempos perdidos. Son como la tierra en invierno, que guarda la semilla. Hoy puedes ofrecerle a Dios tu parte escondida, la que no sale en ningún sitio, sabiendo que él sí la ve y la quiere.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
8 de junio
«No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre.» (Mt 10,20)
Según se cuenta, en Forlì, durante unas ordenaciones, faltó el predicador previsto y nadie quería hablar sin preparación. Le pidieron a Antonio que dijera algo sencillo. Empezó con timidez y, poco a poco, sus palabras fueron llenándose de fuerza y de Escritura, hasta dejar a todos asombrados. Desde entonces lo enviaron a predicar por Italia y por el sur de Francia, y Francisco de Asís le confió enseñar teología a los hermanos. Predicaba en las plazas, con palabras que la gente entendía. Quizá tú también guardas algo que nunca te has atrevido a decir, o crees que no sabes hablar de Dios. Hoy puedes pedirle que desate tu palabra, no para lucirte, sino para acompañar a alguien que la necesita.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
9 de junio
«Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que había perdido.» (Lc 15,9)
Mucha gente reza a san Antonio cuando pierde algo: unas llaves, un papel, un anillo. Se cuenta que un novicio se llevó a escondidas el libro de salmos que Antonio usaba, lleno de sus notas, y que después lo devolvió arrepentido. De ahí, según la tradición, nace esa costumbre. Jesús habló de una mujer que barre la casa entera buscando una moneda y que, al encontrarla, llama a sus vecinas para celebrarlo. A Dios le importan las cosas pequeñas porque te importan a ti. Pero hay pérdidas más hondas: la fe, la ilusión, una amistad, el rumbo. Hoy puedes contarle lo que has perdido, lo grande y lo pequeño, y dejar que te acompañe mientras buscas.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
10 de junio
«Parte tu pan con el hambriento.» (Is 58,7)
En muchas iglesias hay un cepillo con un letrero sencillo: «Pan de san Antonio». Se cuenta que una madre de Padua, cuyo hijo pequeño se había ahogado, prometió dar a los pobres tanto pan como pesaba el niño si recobraba la vida, y que la costumbre de dar pan en nombre del santo viene de historias así. Sea cual sea su origen, la idea es clara: agradecer a Dios compartiendo con quien no tiene. Antonio vivió pobre y cerca de los pobres, y en sus sermones hablaba sin rodeos de la avaricia de los ricos. Hoy puedes acordarte de alguien que pasa hambre, cerca o lejos, y si te nace, compartir algo tuyo. Un pan partido también es una oración.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
11 de junio
«Me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres.» (Lc 4,18)
La última Cuaresma de su vida, en 1231, Antonio predicó cada día en Padua ante multitudes. Se cuenta que la gente se reconciliaba, que se devolvían cosas robadas y que se perdonaban viejas deudas. Ese mismo año, la ciudad aprobó una ley para que quien no podía pagar sus deudas no acabara en la cárcel, siempre que entregara sus bienes; en el texto se menciona a fray Antonio. Él no se quedó en palabras bonitas: se puso del lado de los que vivían ahogados. Hoy también hay mucha gente así: con deudas que no dejan dormir, con trabajos que no llegan, con miedo a abrir el buzón. Puedes ponerlos delante de él, y ponerte tú, si es tu caso.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
12 de junio
«Dejad que los niños vengan a mí.» (Mc 10,14)
Antonio murió el 13 de junio de 1231, en la Arcella, a las afueras de Padua, con unos treinta y seis años. Estaba agotado y enfermo. Cuentan que los niños de la ciudad recorrieron las calles gritando que había muerto el santo. Menos de un año después fue canonizado, y en 1946 fue declarado doctor de la Iglesia. Muchas imágenes lo muestran con el Niño Jesús en brazos: según la tradición, alguien lo vio así, rezando, en una celda. No es un premio, es un retrato: toda su búsqueda terminaba en aquel Niño. Mañana es su fiesta. Terminas la novena con él, sabiendo que lo que más buscas ya te está buscando a ti.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
San Antonio, amigo de los que buscan, tú supiste cambiar de camino y dejarte llevar adonde no pensabas. Te confío lo que he perdido: cosas, personas, fuerzas, la paz de algunos días. Acompaña a los que no tienen pan ni trabajo, a los que viven con deudas y a los que nadie escucha. Cuando no encuentre lo que busco, ayúdame a no perderme yo. Y llévame, como a ti, hasta Jesús, que sale a buscarnos antes que nosotros a él. Amén.
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