Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 12 de octubre, día de la Romería, la Virgen de Zapopan vuelve desde la catedral de Guadalajara a su basílica, acompañada por una multitud que camina con ella desde antes del amanecer. Es una imagen pequeña, hecha de caña de maíz, que lleva siglos visitando a su pueblo. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.
Los nueve días:
3 de octubre
«Porque ha mirado la pequeñez de su esclava.» (Lc 1,48)
La imagen de Nuestra Señora de Zapopan mide unos treinta y cuatro centímetros. Cabe en unos brazos, se puede llevar en alto entre la gente, cualquiera la vería pasar por una calle estrecha. No es una estatua enorme que impone desde lejos. Es una Virgen que se deja cargar. Quizá por eso tanta gente la siente tan cercana, como algo de la familia. María misma dijo en su canto que Dios se había fijado en su pequeñez. No en lo grande ni en lo que brilla, sino en lo poco. Si hoy te sientes pequeño, con pocas fuerzas o con poco que ofrecer, puedes empezar la novena justo desde ahí. Lo pequeño es el lugar donde ella se siente en casa.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
4 de octubre
«Sacas el pan de la tierra.» (Sal 104,14)
La imagen está hecha con pasta de caña de maíz, una técnica de los artesanos purépechas de Michoacán. Molían la caña, la mezclaban con un pegamento natural y modelaban figuras ligeras, fáciles de llevar a cualquier parte. Es hermoso pensarlo: la Virgen de Zapopan está hecha de lo mismo que alimenta a su pueblo, de la planta que da la tortilla de cada día. No viene de un material lejano ni caro. Viene de la tierra y de unas manos que sabían trabajar. Dios suele acercarse así, a través de lo que ya tienes a mano. Hoy puedes dar gracias por el pan de tu mesa, por las manos que lo hacen posible y por las cosas sencillas que te sostienen sin hacer ruido.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
5 de octubre
«Qué hermosos sobre los montes los pies del que anuncia la paz.» (Is 52,7)
En el siglo XVI la trajo a estas tierras un franciscano, fray Antonio de Segovia, que la llevaba consigo en sus viajes de misión. Caminaba mucho, de pueblo en pueblo, por caminos largos y difíciles, y la llevaba siempre con él. Una imagen ligera para un hombre que no se quedaba quieto. Al principio, la Virgen de Zapopan no tenía basílica ni altar fijo: tenía el camino. Iba donde iba la gente. Eso dice mucho de ella y también de la fe, que no es un lugar donde encerrarse sino una compañía para andar. Si hoy estás en un tramo largo de tu vida, de esos que no se acaban nunca, puedes pensar que ella también sabe lo que es ir de un lado para otro.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
6 de octubre
«Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.» (Mt 5,9)
La tradición cuenta que, hacia 1541, en los años de la guerra del Mixtón, fray Antonio se presentó ante los pueblos alzados con la imagen colgada al cuello. Según se cuenta, muchos vieron salir de ella una luz y aceptaron la paz. Por eso se la llama también la Pacificadora. No llegó con armas ni con amenazas, sino con una imagen pequeña sobre el pecho. Hay guerras que no salen en ninguna noticia: las de una familia que no se habla, las de un barrio dividido, las que uno lleva por dentro. Hoy puedes ponerlas delante de ella, sin tener que resolverlas tú solo. La paz a veces empieza así, con alguien que se acerca desarmado y deja que otro vea una luz.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
7 de octubre
«María se quedó con ella unos tres meses.» (Lc 1,56)
Según la misma tradición, a finales de 1541 fray Antonio dejó la imagen al pueblo de Zapopan, y allí sigue. El fraile siguió su camino, y la Virgen se quedó. Durante casi cinco siglos, generaciones enteras han ido a verla, le han contado sus penas y le han dado gracias por lo recibido. Cuando María visitó a su prima Isabel, tampoco pasó de largo: se quedó con ella tres meses, en lo más cotidiano de una casa. Quedarse es una forma de querer. Hay personas que se quedaron a tu lado cuando otros se fueron, y quizá nunca se lo has agradecido del todo. Hoy puedes nombrarlas en silencio, una por una, y dejar que ella las bendiga.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
8 de octubre
«Y se hizo una gran calma.» (Mc 4,39)
En 1734, después de años de tormentas, rayos y epidemias, Guadalajara tomó a la Virgen de Zapopan como protectora y se comprometió a llevarla cada año a la ciudad. Era gente cansada, con miedo, que no sabía ya a quién acudir, y se acordó de la pequeña imagen de caña de maíz. No pidieron una solución mágica: pidieron compañía. En el Evangelio, los discípulos despiertan a Jesús en medio de la tempestad, y el viento se calma. Tú también tienes tus tormentas, las que se ven y las que nadie nota. Hoy puedes contárselas a ella, con palabras sencillas, y pedir un poco de calma. No hace falta que pase todo de golpe: a veces basta con no estar solo mientras dura.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
9 de octubre
«María se levantó y se fue deprisa a la montaña.» (Lc 1,39)
De aquella promesa nació la costumbre que hoy se llama la Llevada. Desde mayo hasta octubre, la imagen sale de su basílica y visita, uno tras otro, templos y parroquias de toda la zona metropolitana. En cada barrio la reciben con misa, flores, música y vigilia. La gente sale a la calle, se turna para acompañarla, y después ella sigue su camino. Durante esos meses, la Virgen se vuelve vecina. No espera sentada a que vayan a verla: sale a buscar a los suyos, como María cuando se puso en camino hacia la casa de Isabel. Hoy puedes abrirle la puerta de tu casa y de tu día, con lo que haya dentro, ordenado o no. Ella no viene a inspeccionar, viene a visitar.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
10 de octubre
«David danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor.» (2 Sam 6,14)
Los danzantes son el alma de la Romería. Grupos de barrios y comunidades bailan delante de la Virgen durante todo el camino, con penachos y sonajas, horas y horas, al ritmo de los tambores. Muchos lo hacen por una promesa, otros porque así lo hacían sus padres y sus abuelos. Es una oración que se hace con el cuerpo entero, con el cansancio y con la alegría. También el rey David bailó con todas sus fuerzas delante del arca, sin importarle lo que dijeran. Rezar no es solo pensar o repetir palabras. Hoy puedes ofrecerle tu cuerpo tal como está: con sus dolores, sus ganas y su cansancio. También eso es una forma de decirle que la quieres.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
11 de octubre
«Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor.» (Sal 122,1)
El 12 de octubre, antes de que amanezca, la Virgen sale de la catedral de Guadalajara y vuelve a su basílica de Zapopan, algo más de nueve kilómetros. Las calles se llenan: familias que llevan toda la noche esperando, abuelos en silla de ruedas, niños sobre los hombros de sus papás. En 2018, la UNESCO reconoció la Romería como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Pero lo que la sostiene es más sencillo: gente que acompaña a su madre de vuelta a casa. Mañana es su fiesta. Estés en Jalisco o muy lejos, terminas la novena caminando con ella. Y un día, cuando llegue tu propio camino de vuelta, ella también saldrá a acompañarte hasta la casa del Padre.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Virgen de Zapopan, pequeña y ligera para poder llegar a todas partes, llega también hoy a mi casa. Tú que llevaste paz a los que estaban en guerra, pon paz en lo que se me rompe por dentro y en los míos. Te confío a los enfermos, a los que caminan cansados y a los que se sienten solos. Acompáñame en el camino de vuelta, como tantos te acompañan a ti, y llévame siempre cerca de tu Hijo Jesús. Amén.
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