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Novena a la Virgen de la Candelaria

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 24 de enero al 1 de febrero. Fiesta el 2 de febrero.

El 2 de febrero se celebra la Presentación del Señor, la fiesta de las candelas: María y José llevan al Niño al templo de Jerusalén, y dos ancianos, Simeón y Ana, reconocen en él la luz que llevaban toda la vida esperando. Ese día se venera también a la Virgen de la Candelaria, la madre que lleva la luz en brazos, patrona de Canarias y querida en muchos pueblos de América. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con la luz que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, pon delante de ella lo que llevas tiempo esperando, aunque te parezca pequeño o ya casi apagado.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Cuarenta días después

24 de enero

«Llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor.» (Lc 2,22)

Han pasado cuarenta días desde el nacimiento en Belén. María y José recogen sus pocas cosas y se ponen en camino hacia Jerusalén con el niño, como hacían tantas familias judías de su tiempo al cumplir lo que marcaba la ley de Moisés. No hay ángeles ni pastores esta vez. Solo un matrimonio joven, un recién nacido y unas horas de camino. Es un viaje corriente, de los que se hacen sin pensar demasiado. Y sin embargo en ese viaje corriente Dios va a salir al encuentro de alguien que lo esperaba. Tu vida también está hecha de trayectos parecidos, de idas y vueltas que casi no recuerdas. Hoy puedes empezar la novena poniéndote en camino con ellos, sin equipaje especial, tal como estás.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. La ofrenda de los pobres

25 de enero

«Para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones.» (Lc 2,24)

La ley pedía una ofrenda al presentar a un primer hijo. Quien podía, llevaba un cordero. Quien no llegaba a tanto, podía llevar dos tórtolas o dos pichones. Lucas cuenta que María y José llevaron las aves: la ofrenda de los que tenían poco. Nadie en el templo se fijaría en ellos. Entraron por la misma puerta que los demás pobres, con su jaula pequeña y su niño en brazos. Y precisamente ellos llevaban dentro lo más grande que había cruzado nunca aquellos muros. A veces te puede parecer que lo que tienes para ofrecer es muy poco: poco tiempo, poca fe, pocas fuerzas. En esta fiesta nadie mide las ofrendas por su tamaño. Hoy puedes llevar lo que tengas, aunque quepa en una mano.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Simeón, el que esperaba

26 de enero

«Este hombre era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel.» (Lc 2,25)

En Jerusalén vivía un hombre llamado Simeón. El evangelio no dice que fuera sacerdote ni alguien importante. Dice solo que era justo, que tenía el corazón puesto en Dios y que esperaba. Esperaba el consuelo de su pueblo, y esa espera le había ido llenando la vida entera. Según Lucas, el Espíritu le había dado a entender que no moriría sin ver al Mesías. Es fácil imaginarlo subiendo al templo muchos días, mirando a la gente, volviendo a casa sin nada que contar. Esperar tanto tiempo cansa, y a veces duele. Quizá tú también llevas años esperando algo: una reconciliación, una salud, una respuesta. Simeón no se avergonzaba de seguir esperando. Hoy puedes presentarle tu espera a la Virgen, sin esconder lo larga que se te hace.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Un niño en brazos de un anciano

27 de enero

«Él lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios.» (Lc 2,28)

Aquel día Simeón sube al templo movido por el Espíritu, y allí se cruza con una pareja sencilla que trae a un niño. Lo reconoce enseguida. Y María hace algo que las madres no suelen hacer con un desconocido: le deja coger a su hijo. Las manos arrugadas de un anciano sostienen al que había estado esperando toda la vida. Es una escena muy tierna. Dios no se deja ver desde lejos, como una idea; se deja tomar en brazos, pesa, respira, se mueve. Y la Virgen es la que lo pone en esas manos. Hoy puedes pedirle a ella lo mismo: que te acerque a su Hijo como se acerca a un niño, sin miedo a que se rompa, sin necesidad de merecerlo antes.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Ahora puedo irme en paz

28 de enero

«Ahora, Señor, dejas ir a tu siervo en paz, según tu palabra.» (Lc 2,29)

Con el niño en brazos, Simeón reza. Sus palabras son de las más serenas del evangelio: ya puede irse en paz, porque sus ojos han visto lo que esperaba. No habla con tristeza ni con miedo. Habla como quien ha terminado una tarea larga y puede descansar. Muchos rezan estas palabras al final del día, antes de dormir, como quien deja todo en manos de Dios. Hoy puedes pensar en los mayores que conoces, en los que están enfermos o al final de su camino, y también en los que ya se fueron. Simeón enseña que la vejez no es solo pérdida: puede ser también el tiempo de ver con más claridad. Y si tú mismo sientes el cansancio de los años, esta paz también es para ti.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Luz para todos los pueblos

29 de enero

«Luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» (Lc 2,32)

Simeón llama al niño luz, y no una luz reservada a unos pocos, sino para todas las naciones. De esas palabras nació, según se cuenta, la costumbre de bendecir candelas en esta fiesta y entrar en la iglesia con ellas encendidas. Por eso se la llama la Candelaria. En muchos pueblos se llevan esas velas a casa y se encienden en los días difíciles: una tormenta, una enfermedad, una noche larga. Una vela no ilumina toda la casa, pero basta para no tropezar y para ver la cara de quien tienes al lado. Hoy puedes encender una, si tienes, o simplemente imaginarla. Y pensar en quién, cerca de ti, está ahora mismo a oscuras y necesitaría un poco de esa luz.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. Una espada en el alma

30 de enero

«Y a ti misma una espada te atravesará el alma.» (Lc 2,35)

Después de la alegría, Simeón se vuelve hacia María y le dice algo difícil de escuchar: que ese niño va a encontrar oposición, y que a ella una espada le atravesará el alma. En medio de la fiesta aparece el anuncio de un dolor. María no contesta. Lo guarda, como guardaba tantas cosas. Años después, al pie de la cruz, entendería esas palabras. La Virgen de la Candelaria lleva en un brazo al niño y en la otra mano una vela: la luz no le ahorró el sufrimiento, pero la acompañó dentro de él. Si hoy llevas una pena clavada, no es falta de fe ni de luz. Puedes ponerla junto a la de María, que sabe muy bien lo que es sostener una vela con el alma herida.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Ana, que no se cansó de esperar

31 de enero

«No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día.» (Lc 2,37)

En la escena aparece también una mujer muy mayor, Ana. Lucas cuenta que se quedó viuda muy joven, después de solo siete años de matrimonio, y que había pasado la vida entera cerca del templo, rezando. Seguía viuda a los ochenta y cuatro años. Nadie la recordaría si no fuera por este momento: llega justo entonces, ve al niño, da gracias a Dios y empieza a hablar de él a todos los que esperaban. Su soledad no se volvió amargura; se volvió atención. Hoy puedes rezar por los que viven solos, por las viudas y los viudos, por los que pasan muchas horas sin visitas. Y si tú eres uno de ellos, Ana te dice que tu espera también cuenta.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Una imagen junto al mar

1 de febrero

«Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas.» (Jn 8,12)

Cuenta la tradición canaria que, antes de la llegada de los castellanos, dos pastores guanches encontraron en una playa de Tenerife una imagen de mujer con un niño en brazos y una vela en la mano. No sabían quién era, pero la llevaron a una cueva y la cuidaron. Hoy la Virgen de la Candelaria es la patrona de Canarias y tiene su basílica junto al mar, en la villa que lleva su nombre. Desde allí su devoción cruzó el océano con los que emigraron, y en muchos lugares de América, como Puno, en Perú, su fiesta se celebra con danzas, música y colores. Mañana es su día. Terminas la novena como aquellos pastores: sin saberlo todo, pero con una luz que no quieres soltar.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Virgen de la Candelaria, que subiste al templo con tu Hijo en brazos y lo dejaste en los brazos cansados de Simeón, pon también esa luz cerca de mí. Tú conoces lo que espero y lo que ya no me atrevo a esperar. Te confío a los mayores que viven solos, a los que están a oscuras por dentro y a los que cuidan de otros sin descanso. Que ninguna mecha mía se apague del todo. Y llévanos a todos, como una candela encendida, hasta tu Hijo Jesús. Amén.

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