Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 12 de diciembre se celebra a Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México y de toda América, la madre que, según el relato tradicional, salió al encuentro de un indígena sencillo en el cerro del Tepeyac. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.
Los nueve días:
3 de diciembre
«Oyó cantar sobre el cerro, como un canto de pájaros preciosos.» (Nican Mopohua (relato tradicional))
Cuenta el relato tradicional que un sábado de diciembre de 1531, muy de mañana, un indígena llamado Juan Diego caminaba a pie hacia la ciudad para aprender las cosas de Dios, como hacía cada semana. Al pasar junto al cerro del Tepeyac, oyó un canto tan hermoso que se detuvo. No sabía de dónde venía. Se quedó quieto, escuchando, preguntándose si estaba soñando. Así empieza todo: con un hombre que va a lo suyo y se permite pararse. Nadie le pidió nada complicado, solo que levantara la cabeza. Quizá tu día también está lleno de caminos repetidos, de prisa y de frío. Hoy puedes empezar la novena parándote un momento, sin buscar nada extraordinario, atento solo a lo que suena cerca de ti.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
4 de diciembre
«Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿adónde vas?» (Nican Mopohua (relato tradicional))
Cuando el canto se apaga, una voz lo llama por su nombre. Y no con un nombre solemne, sino con diminutivos de cariño, como se llama a un niño en casa. Según el relato, en lo alto del cerro Juan Diego encuentra a una joven de una belleza que lo deja sin palabras. Ella le pregunta adónde va, como quien se interesa de verdad. Es curioso: la primera palabra de María en el Tepeyac no es un encargo, es una pregunta por su camino. A ti también te conoce por tu nombre, no por tus méritos ni por lo que has conseguido. Hoy puedes dejarte llamar así, con ternura, y contarle hacia dónde vas, aunque todavía no lo tengas claro.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
5 de diciembre
«Cada uno los oímos hablar en la lengua en que nacimos.» (Hch 2,8)
María no le habló a Juan Diego en una lengua extranjera, sino en náhuatl, la lengua de su pueblo, con sus palabras delicadas y sus diminutivos. Y en la imagen que quedó después, su rostro es moreno, de rasgos mestizos, como el de tantos hijos de aquella tierra. No llega como una señora lejana a la que cuesta entender. Llega como alguien de casa. Algo parecido ocurrió en Pentecostés, cuando cada uno oyó hablar de Dios en su propio idioma. Dios no espera que cambies de lengua para escucharlo: se acerca a la tuya. Hoy puedes rezar con tus propias palabras, las de siempre, las que aprendiste de niño en tu casa. Son exactamente las que ella entiende.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
6 de diciembre
«Derribó del trono a los poderosos y levantó a los humildes.» (Lc 1,52)
La Señora le pide a Juan Diego que vaya a ver al obispo de México y le cuente que desea una casa para ella al pie del cerro, donde escuchar a todos los que acudan. Él va, espera largo rato, lo cuenta todo y vuelve sin respuesta. Entonces, cuenta el relato, le ruega que mande a otra persona, alguien importante y respetado. Él se compara con cosas humildes: una cuerda gastada, una hoja. Y ella le contesta, con mucha dulzura, que tiene muchos mensajeros, pero que lo quiere precisamente a él. Quizá tú también te sientes así a veces: sin estudios, sin fuerzas, sin nada que ofrecer. Esa sensación no te descalifica. En el Tepeyac fue justamente la puerta.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
7 de diciembre
«¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?» (Nican Mopohua (relato tradicional))
El relato tiene un momento muy humano. El tío de Juan Diego, Juan Bernardino, cae gravemente enfermo, y él pasa el día cuidándolo. De madrugada sale corriendo a buscar a un sacerdote, y da un rodeo al cerro para no entretenerse con la Señora. Tiene miedo y tiene prisa. Pero ella baja a su encuentro por el otro lado. No le reprocha nada. Le dice que no se turbe su corazón, que no tema la enfermedad, y le pregunta si no está ella allí, que es su madre. Luego le asegura que su tío ya está sano. Si hoy cuidas de alguien, o te pesa una enfermedad, puedes dejarla en esas mismas manos, que no se cansan de salir al camino.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
8 de diciembre
«Se alegrará la tierra sin caminos, y la soledad florecerá como un lirio.» (Is 35,1)
El obispo había pedido una señal, y la Señora envía a Juan Diego a la cima del cerro a cortar flores. Era diciembre, hacía frío, y en aquel pedregal solo crecían abrojos y espinas. Pero, cuenta el relato, arriba encontró rosas de Castilla, frescas, llenas de rocío y perfumadas. Él las recoge en su tilma, y ella misma las toca con sus manos antes de mandarlo de vuelta. Hay inviernos por dentro en los que parece que nada puede brotar. La esperanza no siempre llega como una idea; a veces llega como un olor, un color, un detalle que no esperabas. Hoy puedes mirar tu propio pedregal con otros ojos. A lo mejor ya hay algo floreciendo que todavía no has visto.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
9 de diciembre
«Porque ha mirado la pequeñez de su sierva.» (Lc 1,48)
Juan Diego llega ante el obispo con las flores guardadas en su tilma, la capa sencilla de fibra vegetal que llevaban los indígenas. Cuenta el relato que al abrirla y caer las rosas al suelo, apareció en la tela la imagen de la Virgen, la misma que hoy se venera en su basílica del Tepeyac. No quedó en un lienzo precioso ni en un material caro, sino en la ropa de un hombre pobre. Así suele obrar Dios: elige lo corriente para decir lo más hondo. Tu vida, con sus arrugas y sus remiendos, también puede guardar su rostro. Hoy puedes ofrecerle lo que eres, sin arreglarlo antes, como quien abre la capa y deja caer las flores.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
10 de diciembre
«Era forastero y me acogisteis.» (Mt 25,35)
Juan Diego hizo muchas veces aquel camino a pie, de su pueblo a la ciudad, de ida y vuelta, con frío. Hoy son muchos los que caminan mucho más lejos: los que dejan su tierra buscando trabajo, los que cruzan fronteras y desiertos, los que viven entre dos países y no terminan de sentirse en casa en ninguno. Muchos llevan consigo una estampa de la Virgen de Guadalupe, en la cartera, colgada al cuello o en el móvil. Es su manera de llevar la casa encima. Para ella nadie es extranjero. Hoy puedes rezar por ellos, por los que conoces y por los que no. Y si tú mismo vives lejos de los tuyos, esta madre también camina contigo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
11 de diciembre
«Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies.» (Ap 12,1)
En la imagen de Guadalupe, la Virgen aparece rodeada de rayos de sol, con la luna bajo sus pies y el manto lleno de estrellas. Tiene las manos juntas y la mirada baja, recogida, como quien reza. Juan Diego, el indígena sencillo del Tepeyac, fue canonizado por Juan Pablo II en 2002, en la Ciudad de México. Y a la Virgen de Guadalupe la invocan como patrona de México y de toda América, de norte a sur, pueblos de lenguas y colores muy distintos que la sienten suya. Mañana es su fiesta. Terminas la novena con lo mismo que Juan Diego se llevó de aquel cerro: la certeza de tener una madre cerca. Esa certeza no caduca. Puedes volver a ella cuando quieras.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Madre de Guadalupe, que saliste al encuentro de Juan Diego en el frío de diciembre y le hablaste en su propia lengua, háblame también a mí con esa ternura. Tú conoces lo que me preocupa y lo que me hace sentir poca cosa. Pongo en tus manos a los que están enfermos, a los que viven lejos de su tierra y a los que nadie escucha. Que no me falte tu mirada cuando me cueste seguir. Y guárdanos a todos bajo tu manto, cerca de tu Hijo Jesús. Amén.
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