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Novena a la Virgen de Copacabana

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 27 de julio al 4 de agosto. Fiesta el 5 de agosto.

El 5 de agosto se celebra a la Virgen de Copacabana, patrona de Bolivia, en su santuario a orillas del lago Titicaca. Es una imagen de la Candelaria con el Niño en brazos, tallada, según cuenta la tradición, por un indígena que no se rindió cuando le dijeron que su trabajo no valía. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, cuéntale a la Mamita lo que hoy llevas contigo, con tus propias palabras.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Una casa a orillas del lago

27 de julio

«Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina un nido donde poner a sus polluelos.» (Sal 84,4)

En una península del lago Titicaca, a más de tres mil ochocientos metros de altura, hay un santuario blanco al que muchos bolivianos llaman con cariño la casa de la Mamita. Allí se venera desde hace más de cuatro siglos la Virgen de Copacabana. El aire es delgado, el sol fuerte y las noches frías, y aun así la gente sube, año tras año. Busca algo que no se encuentra en cualquier sitio: una casa donde sentirse esperado. Todos necesitan un lugar así, aunque sea pequeño. Hoy empiezas la novena desde donde estés, sin necesidad de viajar. Puedes imaginar esa casa junto al agua y entrar despacio, como quien vuelve a la casa de su madre después de mucho tiempo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Un deseo sencillo

28 de julio

«Una cosa pido al Señor, y esa buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida.» (Sal 27,4)

Francisco Tito Yupanqui era un indígena de Copacabana, descendiente de la nobleza inca. Hacia 1580 tuvo un deseo muy concreto: hacer una imagen de la Virgen para la cofradía de su pueblo. No era escultor ni tenía maestro. Solo tenía ganas y unas manos dispuestas. Así empiezan muchas cosas buenas: con un deseo pequeño que no se deja olvidar. Quizá tú también guardas algo así dentro, una ilusión que nunca te atreviste a decir en voz alta porque te parecía demasiado para ti. Los deseos limpios no son un capricho; a veces son la manera en que Dios te llama por tu nombre. Hoy puedes ponerlo delante de la Virgen tal como es, sin darle vueltas y sin pedir permiso a nadie.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Cuando te dicen que no vale

29 de julio

«Se estropeó la vasija de barro que hacía con sus manos, y volvió a hacer otra.» (Jr 18,4)

El primer intento de Tito Yupanqui fue una figura de barro. Según se cuenta, salió tosca, y el párroco acabó mandando que la retiraran del altar. Es fácil imaginar lo que sintió: la vergüenza, las miradas, la tentación de guardar el sueño en un cajón para siempre. Todos conocen ese momento en que alguien dice, con palabras o sin ellas, que lo tuyo no sirve. Duele porque toca algo muy hondo. Pero un no sobre tu trabajo no es un no sobre ti. En la Biblia, el alfarero no tira el barro cuando la vasija se le estropea: vuelve a empezar. Si hoy cargas con una derrota así, puedes contársela a la Virgen. Ella conoce bien esta historia, porque también es la suya.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Aprender desde cero

30 de julio

«Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como un discípulo.» (Is 50,4)

En lugar de rendirse, Tito Yupanqui se fue a Potosí a aprender a tallar. Dejó su pueblo y su lago y se puso a trabajar junto a maestros escultores, como un aprendiz más. Hace falta humildad para eso: aceptar que no sabes, preguntar, equivocarte delante de otros, empezar por lo más sencillo. No es una derrota, es otra forma de valentía. Tal vez tú también estás en una etapa de aprendiz, en un trabajo nuevo, en una ciudad nueva, en una vida que ha cambiado de golpe y te pide aprenderlo todo otra vez. Nunca es tarde para ser discípulo. Hoy puedes pedir un oído despierto y paciencia contigo mismo, la misma paciencia que Dios ya te tiene.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Madera de maguey

31 de julio

«Que el esplendor del Señor, nuestro Dios, esté sobre nosotros, y guía la obra de nuestras manos.» (Sal 90,17)

En Potosí, Tito Yupanqui tomó como modelo una imagen de la Virgen que se veneraba en el convento de Santo Domingo. Luego talló la nueva figura en madera de maguey, la doró con cuidado y emprendió el camino de vuelta hasta el lago. Detrás de esa imagen hay horas y horas de trabajo callado: probar, corregir, pulir, volver a mirar. Ninguna obra hermosa nace de golpe. Tu trabajo de cada día, aunque nadie lo vea ni lo aplauda, también puede ser una forma de oración: cocinar, cuidar, estudiar, reparar, sembrar. Dios no mira solo el resultado, mira el cariño con que se hace. Hoy puedes ofrecerle lo que tienes entre manos, sin esperar a que esté terminado ni perfecto.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. La luz en sus brazos

1 de agosto

«Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» (Lc 2,32)

El 2 de febrero de 1583, fiesta de la Candelaria, la imagen quedó entronizada en la iglesia de Copacabana. Ese día se recuerda cómo María y José llevaron al Niño al templo, y cómo el anciano Simeón lo tomó en brazos y lo llamó luz de las naciones. Por eso la Virgen de Copacabana es una Candelaria: lleva al Niño en brazos, y en él lleva la luz. No se la guarda para ella, la ofrece a todo el que llega. Quizá hoy te cuesta ver con claridad, porque hay cosas en tu vida que siguen a oscuras. No hace falta entenderlo todo. Basta con acercarte a quien lleva la luz y dejar que alumbre un poco, solo lo necesario para dar el siguiente paso.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. El camino por el altiplano

2 de agosto

«Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor.» (Sal 122,1)

Cada Semana Santa, cientos de personas caminan desde La Paz hasta el santuario, unos ciento cuarenta kilómetros. Cruzan el altiplano con el frío de la noche y el sol fuerte del día, y pasan el estrecho de Tiquina en barca. Unos van a dar gracias, otros a cumplir una promesa, otros sin saber explicar muy bien por qué. Caminan juntos, se ayudan, comparten el pan y el cansancio. La vida entera se parece un poco a esa peregrinación: tramos duros, tramos alegres, un agua que cruzar cuando menos lo esperas. Hoy puedes rezar por los que están de camino, hacia un santuario o hacia cualquier otro lugar. Y si tu propio camino se ha vuelto largo, no lo recorres solo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Desde el cerro del Calvario

3 de agosto

«Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1)

Muchos de los que llegan a Copacabana suben también al cerro del Calvario, junto al pueblo. Arriba, después del esfuerzo, se ve el lago entero, inmenso y azul. Desde abajo parecía que no había más que cuesta, y desde arriba todo cobra otra medida. La devoción a la Virgen de Copacabana también llegó muy lejos: se cuenta que en la costa de Río de Janeiro se levantó hace siglos una capillita con una réplica suya, y que de ella tomó su nombre la famosa playa. Hoy puedes rezar por los que viven lejos de su tierra y la extrañan. Y puedes levantar tú también los ojos. Lo que ahora te parece una cuesta interminable quizá se vea distinto desde un poco más arriba.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Reina y Mamita

4 de agosto

«Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.» (Lc 1,48)

El 1 de agosto de 1925, en el primer centenario de la independencia de Bolivia, la imagen fue coronada como Reina de la Nación. La coronó el obispo de La Paz, Augusto Sieffert. Y en 2025, en el bicentenario, miles de peregrinos celebraron en Copacabana los cien años de aquella coronación. Aun así, la gente sencilla no suele llamarla Reina, sino Mamita. Las dos palabras le quedan bien: tiene la dignidad de una reina y la cercanía de una madre. Mañana es su fiesta. Terminas la novena con la historia de un hombre al que le dijeron que no y que, aun así, siguió adelante. Esa misma Madre te acompaña ahora a ti. Puedes volver a ella cuando quieras, en la subida y en la vuelta.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Virgen de Copacabana, Madre que llevas en brazos la luz del mundo, mírame con la misma paciencia con que miraste las manos de Tito Yupanqui. Tú sabes lo que pesa empezar de nuevo y lo que duele oír que uno no vale. Pongo en tus manos a los que caminan hacia ti, a los que están lejos de su tierra y a los que hoy no tienen fuerzas. Enséñame a no rendirme y a buscar siempre a tu Hijo. Amén.

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