Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 9 de julio se celebra a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, la Virgen de un lienzo casi borrado que, según la tradición, recobró sus colores delante de una mujer que rezaba. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.
Los nueve días:
30 de junio
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» (Lc 1,28)
Hacia 1562, un encomendero llamado Antonio de Santana quiso tener una imagen de la Virgen del Rosario para la capilla de sus tierras, en Suta, en lo que hoy es Boyacá. Por medio de un fraile dominico, Andrés Jadraque, se la encargó a un pintor español, Alonso de Narváez. Nadie podía imaginar entonces lo que aquel cuadro llegaría a significar para todo un pueblo. Así empiezan muchas historias de Dios: con un deseo sencillo, casi de casa, el de tener cerca a la Madre. Tú también puedes empezar esta novena con ese mismo deseo, sin grandes palabras. Basta con hacerle un lugar en tu día, como quien despeja una pared de la casa para colgar algo querido.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
1 de julio
«Llevamos este tesoro en vasijas de barro.» (2 Cor 4,7)
Narváez pintó a la Virgen con el Niño en brazos y un rosario. A un lado puso a san Antonio de Padua y al otro a san Andrés apóstol. No lo hizo sobre una tela fina ni sobre madera noble, sino al temple, sobre una manta de algodón tejida por manos indígenas, de algo más de un metro de ancho. Un material humilde, de uso diario, para guardar algo muy hermoso. Dios no espera a que las cosas estén a la altura para habitar en ellas. Tu vida, con su tela gastada y sus hilos corrientes, también puede llevar un rostro precioso. Hoy puedes dar gracias por lo sencillo que tienes, sin compararlo con nada ni con nadie.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
2 de julio
«Aunque ella llegara a olvidarse, yo no me olvidaré de ti.» (Is 49,15)
El cuadro se colgó en una capilla con techo de paja. Con los años, la humedad y la luz lo fueron dañando poco a poco, hasta que la imagen quedó casi irreconocible. Nadie lo destruyó; simplemente se fue apagando. Hay cosas que se desgastan así también por dentro: la alegría, la fe, la confianza, las ganas de rezar. No se rompen de golpe, se desdibujan despacio, y un día cuesta reconocerlas. No es un fracaso ni una culpa: es la vida con su intemperie. Hoy puedes mirar con calma lo que en ti se ha ido borrando y contárselo a la Virgen tal como está, sin arreglarlo antes. Ella sigue viendo lo que tú ya casi no ves.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
3 de julio
«Quedé en el olvido como un muerto, como una vasija rota.» (Sal 31,13)
Cuando murió Antonio de Santana, su viuda se trasladó a Chiquinquirá. El lienzo, ya muy estropeado, acabó arrinconado en un cuarto que antes había servido de oratorio. Allí se quedó, entre el polvo y el silencio, sin que nadie le prestara atención. Parecía el final de su historia. Quizá tú también conoces esa sensación: la de quedar a un lado, la de pensar que ya no cuentas, que lo mejor ya pasó. A veces llega con la enfermedad, otras con la edad, con una pérdida o con una soledad larga. El salmo pone palabras a ese sentimiento y no lo esconde. Hoy puedes llevarle a la Virgen tus rincones, y también los de quienes sientes olvidados. En los rincones también se reza.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
4 de julio
«Tu rostro buscaré, Señor.» (Sal 27,8)
Por aquellos años llegó a Chiquinquirá una mujer española llamada María Ramos. Encontró el viejo oratorio abandonado, lo limpió como pudo y colgó en el mejor lugar aquel lienzo en el que apenas se adivinaba una figura. Iba cada día a rezar delante de él y, según cuenta la tradición, le pedía a la Virgen que se dejara ver. No tenía delante nada bonito, solo una tela borrosa, y aun así volvía. Su oración era sencilla: estar, mirar, esperar. Quizá tu oración se parece a veces a la suya, hecha de días en los que no sientes nada. Esos ratos no son tiempo perdido. Hoy puedes quedarte un momento delante de ella, aunque no veas, solo para buscar su rostro.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
5 de julio
«Escondiste estas cosas a los sabios y se las mostraste a los pequeños.» (Mt 11,25)
El 26 de diciembre de 1586, cuando María Ramos salía del oratorio, pasaba por allí una mujer indígena llamada Isabel con su hijo pequeño. Fue el niño quien se fijó en el cuadro y avisó a su madre, y ella llamó a María. Los mayores iban a lo suyo; el pequeño miró. Así lo cuenta la tradición, y en ese detalle hay algo muy propio de Dios: lo primero no lo ve el más importante, sino el que tiene los ojos libres. Cada día pasan cosas buenas cerca de ti que se escapan entre las prisas y las preocupaciones. Hoy puedes pedirle a la Virgen una mirada de niño, capaz de darse cuenta cuando algo se ilumina y de contárselo a los demás.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
6 de julio
«Mira, yo hago nuevas todas las cosas.» (Ap 21,5)
Cuenta la tradición que aquel día el lienzo aparecía lleno de luz, con los colores vivos otra vez, y que los rotos y las rayas de la tela ya no se veían. El cuadro olvidado estaba ahí, renovado, como recién pintado. No fue María Ramos quien lo arregló: ella solo había limpiado el lugar y se había quedado a rezar. Lo demás fue regalo. Hay heridas y cansancios que no se curan a fuerza de voluntad, y no hace falta cargar con esa exigencia. Basta con dejar abierto un rincón, como hizo ella. Hoy puedes presentarle a la Virgen lo que en ti está gastado o roto, y dejar que Dios, a su tiempo y a su manera, le devuelva el color.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
7 de julio
«Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor.» (Sal 122,1)
La noticia corrió por toda la región. Llegaron peregrinos y, con el tiempo, se levantó el santuario que hoy es basílica, atendido por los dominicos. El cuadro renovado es el mismo que se venera allí. En julio, y en realidad todo el año, Chiquinquirá recibe gente de todo el país: familias que vienen a cumplir una promesa, grupos de parroquia, personas que llegan a pie desde los pueblos cercanos. La devoción cruzó también la frontera, y en Maracaibo se venera una pequeña tabla con la misma imagen, la Chinita. Si hoy no puedes ir hasta allí, puedes hacer el camino por dentro. Cada paso hacia ella cuenta, también el que das sin salir de tu casa.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
8 de julio
«Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.» (Lc 1,48)
En 1829, la Virgen de Chiquinquirá fue proclamada patrona de Colombia. El 9 de julio de 1919 su lienzo fue coronado solemnemente en la Plaza de Bolívar de Bogotá, y de esa coronación viene la fecha de su fiesta. En julio de 1986, Juan Pablo II rezó ante ella en Chiquinquirá y le pidió la paz para Colombia. Mañana es su fiesta. Terminas la novena delante de la misma tela que estuvo olvidada y volvió a brillar, con el rosario en la mano de la Virgen como una invitación a seguir rezando. Hoy puedes encomendarle a Colombia y a todas sus familias, y a cada persona que busca paz. Puedes volver a ella cuando quieras: su rostro no se borra.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Virgen de Chiquinquirá, Madre del Rosario, que volviste a mostrar tu rostro en una tela gastada y olvidada, mira también lo que en mí se ha ido borrando. Vengo a rezarte aunque a veces no vea nada, y te pido una mirada sencilla para darme cuenta cuando algo se ilumina. Pongo en tus manos a Colombia y a todas sus familias, a quienes buscan la paz y a quienes se sienten arrinconados. Devuélveme los colores y llévame siempre cerca de tu Hijo Jesús. Amén.
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