Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción, se celebra a la Virgen de los Milagros de Caacupé, patrona del Paraguay: una pequeña imagen de madera que, según la tradición, talló un indígena guaraní que había escapado de la muerte. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.
Los nueve días:
29 de noviembre
«Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1)
En la cordillera del Paraguay, a algo más de cincuenta kilómetros de Asunción, hay una ciudad pequeña llamada Caacupé. Según la explicación más extendida, el nombre viene del guaraní y quiere decir «detrás del monte». Allí, en una basílica grande, se guarda una imagen de la Virgen que mide apenas medio metro. No está en un lugar de paso, a la vista de todos: para verla, se sube hasta ella. Quizá tu vida también tiene rincones escondidos, detrás del monte, donde casi nadie llega: preocupaciones que no cuentas, alegrías que guardas para ti. Esta novena empieza ahí, en lo escondido. No necesitas llegar a ningún sitio importante. Basta con levantar los ojos, como quien mira hacia la cordillera, y saber que detrás del monte alguien te espera.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
30 de noviembre
«En mi angustia clamé al Señor, y él me escuchó.» (Sal 120,1)
Cuenta la tradición, que tiene varias versiones, que hacia el año 1600 vivía en la misión franciscana de Tobatí un indígena guaraní bautizado, al que el relato llama José. Trabajaba la madera: era tallista. Un día, en el monte, lo sorprendió un grupo de guerreros. No tenía adónde huir. Se escondió detrás de un tronco grueso y, con el corazón en la garganta, le habló a la Virgen. Así empieza esta historia: no con un héroe, sino con un hombre que tiene miedo. Nadie le pide que sea valiente. Su oración es corta y urgente, como las que salen cuando no queda otra cosa. Si hoy tienes miedo de algo, puedes rezar igual que él, desde tu escondite, con las palabras que te salgan.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
1 de diciembre
«Cumpliré mis promesas al Señor delante de todo su pueblo.» (Sal 116,14)
Escondido detrás del tronco, José le prometió a la Virgen que, si salía con vida, tallaría su imagen en aquella misma madera. Salió con vida, y cumplió. Se cuenta que volvió al monte, buscó el tronco que lo había protegido y se puso a trabajar con sus herramientas de tallista. Hay promesas que se hacen en un momento de angustia y luego se olvidan cuando pasa el peligro. José no olvidó la suya. Tampoco hizo nada extraordinario: puso al servicio de su gratitud lo que sabía hacer con las manos. Tú también tienes un oficio, unas manos, unos talentos sencillos. Hoy puedes pensar en lo que ya has recibido y en cómo agradecerlo con lo que sabes hacer, sin grandes gestos.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
2 de diciembre
«Brotará un renuevo del tronco de Jesé.» (Is 11,1)
Según el relato, de aquel tronco salieron dos imágenes. La mayor fue para la iglesia de Tobatí, donde la gente se reunía a rezar. La más pequeña se la quedó José para rezar en su casa. Una para todos y otra para el rincón de cada día. Las dos nacieron de la misma madera que le había salvado la vida. Hay una fe que se vive con otros, en las fiestas y en las misas. Y hay otra que se vive en casa, en voz baja, delante de una estampa o de una vela, cuando nadie mira. Las dos son verdaderas y se sostienen una a otra. Hoy puedes mirar ese rincón tuyo donde rezas a solas, aunque sea pequeño, y agradecer que la Virgen también cabe ahí.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
3 de diciembre
«Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo.» (Is 43,2)
La tradición cuenta después una gran inundación. El agua se desbordó en el valle de Pirayú y formó el lago que hoy se conoce como Ypacaraí, arrastrando cuanto encontraba a su paso. Se cuenta que fray Luis de Bolaños, el franciscano que evangelizó la región, bendijo las aguas, y que estas empezaron a bajar. Entonces apareció, flotando, la pequeña imagen tallada por José. No se había hundido. Quizá conoces esa sensación de que todo se desborda: el trabajo, la salud, la familia, las cuentas. A veces el agua sube más deprisa de lo que puedes sacarla. Hoy puedes poner en manos de la Virgen eso que te arrastra, y recordar que lo pequeño, sostenido por Dios, no se pierde.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
4 de diciembre
«Porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su sierva.» (Lc 1,48)
La imagen de Caacupé mide apenas medio metro. Viste túnica blanca y manto celeste, y la llaman la Virgen de los Milagros. Hoy está dentro de una basílica enorme, detrás del altar, y sin embargo sigue siendo pequeña. Nadie la ha agrandado para que impresione más. Hay algo muy de María en eso. En el Evangelio, ella misma canta que Dios se fijó en su pequeñez, no en su grandeza. No necesitó ser importante para ser elegida. A ti tampoco se te pide que seas más de lo que eres. Puedes llegar ante ella con tu tamaño real, con tus límites, con lo poco o lo mucho que tengas hoy. Ella sabe lo que es ser pequeña y ser mirada con amor.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
5 de diciembre
«Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.» (Sal 119,105)
Cada año, la noche del 7 de diciembre, la ruta que sube desde Asunción hasta Caacupé se llena de peregrinos. Muchos caminan los cincuenta y tantos kilómetros durante toda la noche para llegar al amanecer. Otros vienen en bicicleta o en caravana desde todo el país. Por el camino, muchos rezan el Rosario, misterio a misterio, al paso. La fiesta cae en pleno Adviento, y la peregrinación tiene algo de ese tiempo: se camina a oscuras esperando que amanezca. Tu vida también tiene tramos de noche, en los que no ves bien por dónde vas y solo te queda dar el paso siguiente. No hace falta ver todo el camino. Basta con la luz para el próximo paso, y la certeza de que al final amanece.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
6 de diciembre
«Descarga en el Señor tu peso, y él te sostendrá.» (Sal 55,23)
Muchos peregrinos llegan a Caacupé cansados, y muchas veces cargando una promesa que no le han contado a nadie. Una enfermedad en la familia, un trabajo que no llega, un hijo que preocupa, una deuda, una pena vieja. Lo llevan en silencio durante kilómetros y lo dejan a los pies de la Virgen. También están los que no pueden caminar: los enfermos, los mayores, los que viven lejos del Paraguay y rezan desde otra ciudad, los que esperan en casa. Ellos también peregrinan, a su modo. Si hoy cargas algo que no sabes a quién contar, puedes dejarlo aquí. No necesitas explicarlo bien ni encontrar las palabras justas. La Virgen de Caacupé conoce el peso de lo que se lleva callado.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
7 de diciembre
«Toda hermosa eres, amiga mía, y no hay mancha en ti.» (Cant 4,7)
El 8 de diciembre es la solemnidad de la Inmaculada Concepción: María, llena de gracia desde el primer instante de su vida. En Caacupé, la misa central se celebra al amanecer, en la explanada de la basílica, ante miles de personas que han caminado toda la noche. En 1988 san Juan Pablo II bendijo allí el santuario, y en 2015 el papa Francisco anunció que sería basílica. Pero lo que llena la explanada no son las fechas, sino la gente: cansada, con los pies doloridos, contenta de haber llegado. Mañana es su fiesta. Terminas esta novena como terminan ellos su camino: llegando. Y encuentras lo mismo que encontró José detrás del tronco, una madre que no te deja solo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Virgen de Caacupé, pequeña imagen tallada en el tronco que salvó una vida, tú conoces el miedo de quien se esconde y la alegría de quien cumple su promesa. Te traigo lo que cargo en silencio y lo que todavía no sé decir. Cuando el agua suba y todo parezca arrastrarme, no me dejes hundirme. Acompaña a los que caminan hacia ti, a los que no pueden hacerlo y a los que viven lejos de su tierra. Y llévame de la noche al amanecer, cerca de tu Hijo Jesús. Amén.
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