Nueve noches acompañando a María y José, que llaman a la puerta buscando dónde quedarse.
Durante nueve noches antes de Navidad, en México y en buena parte de Centroamérica, los vecinos salen a la calle con velas encendidas detrás de unas figuras de María y José. Van de casa en casa pidiendo dónde quedarse, como la tradición imagina que les pasó en Belén, hasta que una puerta se abre y todos entran a celebrar.
Las posadas recuerdan el camino de María y José de Nazaret a Belén, y aquella noche en que, como dice san Lucas, no hubo sitio para ellos en la posada. Cada noche se repite la escena: unos peregrinos llaman, otros responden desde dentro, y al final la puerta se abre.
La tradición sitúa su origen a finales del siglo XVI en el convento agustino de San Agustín Acolman, al noreste de la Ciudad de México. Se cuenta que su prior, fray Diego de Soria, obtuvo del papa Sixto V permiso para celebrar en la Nueva España unas «misas de aguinaldo» del 16 al 24 de diciembre. Las fuentes no coinciden en el año exacto (unas dicen 1586 y otras 1587), y de aquellas primeras celebraciones sabemos poco con detalle. Lo que sí parece claro es que los frailes unieron la misa con el rezo, el canto y la representación del camino a Belén, y que de ahí, con el tiempo, las posadas salieron de los conventos y pasaron a los barrios y a las casas.
Hoy se celebran sobre todo en México, Guatemala, El Salvador y Honduras, y también en las comunidades latinas de Estados Unidos. En Guatemala se atribuye su arraigo al santo Hermano Pedro de San José de Betancur, que en el siglo XVII recorría las calles de Antigua con la imagen del Niño; allí las acompañan las tortugas, los chinchines y los pitos.
La lectura popular de la piñata, muy repetida en catequesis y parroquias, dice que los siete picos son los siete pecados capitales, que el papel brillante es lo que deslumbra por fuera, que la venda es la fe que no necesita ver y que los dulces que caen son el bien que llega cuando se vence al mal. Es una interpretación tradicional, no un dato documentado de sus orígenes, pero muchas familias la cuentan cada año a los niños mientras le pegan.
Cada casa, cada barrio y cada país tiene su manera. En muchos lugares la posada ha quedado en fiesta de diciembre; en otros se conserva entera, con el canto, el rezo y la puerta que se abre.
Las posadas son una novena: nueve días de preparación, como tantas otras novenas de la devoción popular. Muchos las relacionan también con los nueve meses que María llevó a Jesús en su seno. Caen al final del Adviento, en los días en que la liturgia empieza a cantar las antífonas de la O, y desembocan en la Nochebuena, cuando por fin se abre la última puerta y empieza la Navidad.
Por eso la posada puede ser algo más que una fiesta de fin de año: una manera de esperar juntos, noche tras noche, y de hacer sitio en casa a quien llega.
Para rezarla en la posada, antes de abrir la puerta, o a solas en casa:
María y José, peregrinos cansados, que llegaron de noche a un pueblo lleno de gente y encontraron las puertas cerradas: esta noche caminamos con ustedes y llamamos con ustedes.
Señor Jesús, que quisiste nacer donde te dejaron entrar, enséñanos a reconocerte en quien toca a nuestra puerta, aunque llegue tarde, aunque no lo esperemos, aunque venga de lejos.
Que en esta casa haya sitio, un poco de pan y una luz encendida. Y que cuando nos toque a nosotros llamar, alguien nos abra. Amén.
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Recen juntos aunque estén lejos. Si la familia está repartida entre varias ciudades o países, pueden abrir una sala y rezar a la vez, cada uno desde su casa, las nueve noches.
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