De la vigilia en la casa al sepulcro, el texto de las celebraciones.
26. En la casa del difunto o en el lugar donde se haga el velatorio, según la costumbre del lugar, puede tenerse una vigilia o celebración de la Palabra de Dios, presidida por un sacerdote o diácono o guiada por un laico.
27. Esta vigilia se presenta como una celebración de la Palabra de Dios y puede ordenarse de la siguiente manera:
1. Monición introductoria.
2. Salmo o canto apropiado.
3. Oración por el difunto y sus familiares.
4. Lectura de la Palabra de Dios.
5. Homilía o breve reflexión sobre la Palabra de Dios.
6. Oración de los fieles.
7. Padrenuestro.
8. Ritos conclusivos.
28. Esta celebración de la Palabra de Dios también puede tener lugar en la iglesia a una hora conveniente, pero no inmediatamente antes de la Misa de difuntos, a fin de que el rito no se prolongue demasiado ni se duplique la liturgia de la Palabra.
El ministro se dirige a los presentes, exhortándolos a tener confianza en Dios y a prepararse a escuchar su Palabra.
Nuestro hermano/a N. acaba de morir. Nos reunimos para elevar nuestra oración por él (ella) y pedirle al Señor Jesús Resucitado que lo(a) reciba en su presencia.
Se puede recitar o cantar uno de los siguientes salmos o escoger alguno de los indicados en las pp. 187-196. También se puede entonar un canto de los indicados en las pp. 307-334 u otro canto adecuado.
Salmo 129
Ant. Yo pongo mi esperanza en ti, Señor,
y confío en tu palabra.
Desde lo más profundo te invoco, Señor.
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria. R.
Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido. R.
Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora. R.
Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor,
porque en El se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
El redimirá a Israel de todos sus pecados. R.
Salmo 22
Ant. Acuérdate de mí, Señor, cuando estés en tu reino.
El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas. R.
Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.
Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.
Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.
Salmo 113,1-20
Ant. Que Cristo te reciba en el Paraíso.
Cuando Israel salió de Egipto,
la familia de Jacob, de un pueblo extranjero,
Judá se convirtió en su Santuario,
la tierra de Israel fue su dominio. R.
El Mar, al verlos, huyó,
el Jordán se volvió atrás;
los montes saltaron como carneros
y las colinas, como corderos. R.
¿Qué tienes, Mar? ¿Por qué huyes?
Y tú, Jordán, ¿por qué te vuelves atrás?
Montes, ¿por qué saltan como carneros,
y ustedes, colinas, como corderos? R.
Nuestro Dios está en el cielo y en la tierra,
El hace todo lo que quiere.
Los ídolos, en cambio, son plata y oro,
obra de las manos de los hombres. R.
Tienen boca, pero no hablan,
tienen ojos, pero no ven;
tienen orejas, pero no oyen,
tienen nariz, pero no huelen. R.
Tienen manos, pero no palpan,
tienen pies, pero no caminan;
como ellos serán los que los fabrican,
los que ponen en ellos su confianza. R.
Pueblo de Israel, confía en el Señor:
Él es tu ayuda y tu escudo;
familia de Aarón, confía en el Señor:
Él es tu ayuda y tu escudo. R.
Los que temen al Señor confían en el Señor:
él es su ayuda y su escudo.
Que el Señor se acuerde de nosotros
y nos bendiga. R.
I
Oremos.
Recibe, Señor, el alma de tu servidor(a) N.,
a quien te has dignado llamar de este mundo a tu presencia
para que, libre de todo vínculo de pecado,
le concedas el gozo del descanso y la luz que no tiene fin,
y, entre tus santos y elegidos,
merezca participar de la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
te suplicamos por el alma de tu hijo (a) N.,
a quien has llamado de este mundo
a tu presencia;
concédele gozar del lugar del descanso,
de la luz y de la paz.
Permítele atravesar sin dificultades
las puertas de la muerte,
para que pueda vivir con los santos
contemplando el resplandor de tu gloria,
que prometiste en otro tiempo a Abraham
y a su descendencia.
Que su alma no sufra ningún daño;
y cuando llegue el gran día de la resurrección
y de la retribución,
resucítalo(a) con tus santos y elegidos.
Perdona todas sus ofensas y pecados,
para que ingresando en el reino eterno
goce de la Vida inmortal en tu compañía.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
III
Señor,
te encomendamos humildemente,
a nuestro(a) hermano(a),
a quien en esta vida mortal
siempre protegiste con inmenso amor;
ahora que ha sido liberado (a) de todo mal,
llévalo(a) al descanso eterno.
Imploramos tu clemencia
para que conduzcas al Paraíso
a este(a) hijo(a) tuyo(a)
que ya ha concluido su vida mortal,
donde ya no existe ni la muerte,
ni la angustia, ni el sufrimiento,
sino la paz y el gozo
en compañía de tu Hijo y el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
R. Amén.
*A estas oraciones se puede anteponer o añadir la siguiente oración por los familiares:
Oremos.
Padre de las misericordias
y Dios de todo consuelo,
que nos proteges con tu amor eterno,
y transformas las sombras de la muerte
en aurora de Vida:
Mira a tus hijos que lloran afligidos.
(Sé para nosotros como un refugio
y reanímanos para que,
superando las tinieblas de nuestro dolor,
seamos consolados con la luz
y la paz de tu presencia.)
Ayúdanos a encaminar nuestra vida hacia Cristo,
tu Hijo y Señor nuestro,
que muriendo destruyó nuestra muerte
y resucitando restauró nuestra vida,
de modo que,
cuando concluyamos esta vida mortal,
nos encontremos con nuestros hermanos,
allí donde serán secadas
las lágrimas de nuestros ojos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
El ministro invita a escuchar la Palabra de Dios y proclama una de las siguientes lecturas o algunas de las propuestas en las pp. 169-214.
I
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica 4, 13-18
Permaneceremos con el Señor para siempre
No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con El.
Queremos decirles algo, fundados en la Palabra del Señor: los que vivamos, los que quedemos cuando venga el Señor, no precederemos a los que hayan muerto. Porque a la señal dada por la voz del Arcángel y al toque de la trompeta de Dios, el mismo Señor descenderá del cielo. Entonces, primero resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros, los que aún vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos al cielo, sobre las nubes, al encuentro de Cristo, y así permaneceremos con el Señor para siempre. Consuélense mutuamente con estos pensamientos.
II
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 23-26
Si el grano de trigo muere, da mucho fruto
Jesús dijo a sus discípulos: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde Yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre».
Puede tomarse el siguiente formulario o también, los señalados en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.
Hermanos: Invoquemos confiadamente a Dios todopoderoso, que resucitó de entre los muertos a su Hijo Jesús para salvar a vivos y difuntos.
A cada intención respondemos: Escúchanos Señor
- Por nuestro(a) hermano(a) difunto(a) N., que recibió en el Bautismo el germen de la Vida eterna, para que el Señor le conceda ser compañero(a) de los santos. Oremos.
- Por este(a) hermano(a) nuestro(a) que se alimentó con el Cuerpo de Cristo, Pan de Vida eterna, para que el Señor lo(a) resucite en el día final. Oremos.
- Por este(a) hijo(a) suyo(a), para que el Señor no tenga en cuenta sus pecados. Oremos.
- Por quien ha compartido durante todo este tiempo su vida con nosotros, para que el Señor lo(a) acepte junto a él en el lugar de la luz y de la paz. Oremos.
- Por nuestros parientes y amigos difuntos, para que el Señor les permita contemplar el resplandor de su gloria. Oremos.
Por todos los fieles difuntos, para que el Señor los conduzca al Reino de los cielos. Oremos.
El ministro invita a rezar la Oración del Señor con estas u otras palabras:
El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Oración
I
Dios todopoderoso y eterno,
nuestra fe confiesa que tu Hijo murió y resucitó;
por este misterio, concede a tu servidor (a) N.
que se ha dormido en el Señor,
alcanzar la alegría de la resurrección.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Dios nuestro, gloria de los fieles y vida de los justos,
que nos has redimido
por la muerte y resurrección de tu Hijo,
ten piedad de nuestro hermano(a) N.
y condúcelo(a), a la alegría de la felicidad eterna,
pues creyó en el misterio de la resurrección.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
III
Dios Padre todopoderoso,
que nos has fortalecido por el misterio de la Cruz
y nos has reconfortado
con el sacramento de la resurrección de tu Hijo,
concede que nuestra hermano(a) N.
pueda entrar a formar parte de la comunidad de tus elegidos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Aspersión
Seguidamente el ministro asperge el cuerpo con agua bendita, y luego dice:
Concédele, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él la luz que no tiene fin.
El ministro puede agregar:
Que las almas de nuestros fieles difuntos descansen en paz.
Y todos aclaman:
Amén.
Oración para el momento de colocar el cuerpo en el féretro
29. En el momento de colocar al difunto en el féretro puede recitarse el Salmo 129, o el 22, o el 113 (pp. 30-32), u otro salmo adecuado, con un responsorio conveniente, o invocaciones bíblicas, o una breve lectura:
Col 3, 3-4:
Ustedes están muertos y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra Vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
Rom 6, 8-9:
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él.
2 Co 4, 14:
Estamos seguros de que aquel que resucitó al Señor Jesús nos resucitará con él.
U otra oportunamente elegida.
Después sigue la oración
I
Oremos.
Recibe, Señor, el alma de tu servidor(a) N.,
a quien te has dignado llamar de este mundo a tu presencia
para que, libre de todo vínculo de pecado,
le concedas el gozo del descanso y la luz que no tiene fin,
y, entre tus santos y elegidos,
merezca participar de la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Oremos.
Dios nuestro, escucha con bondad nuestros ruegos,
para que, al crecer nuestra fe
en tu Hijo resucitado de entre los muertos,
se afiance también nuestra esperanza
en la resurrección de nuestro hermano(a) N.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
30. Estas oraciones, u otras propias de la piedad cristiana, pueden recitarse también mientras se arregla el cuerpo del difunto.
El velatorio de una persona recién fallecida, es un momento en que sus familiares y amigos experimentan hondo dolor y con frecuencia se encuentran con su propia realidad y el sentido último de la vida. Ante el misterio de la muerte humana, los Evangelios atestiguan que nuestro Señor Jesucristo se conmovió y no ahorró sentimientos sinceros de dolor; al mismo tiempo Jesús encarnó el consuelo y él amor del Padre Dios, anticipando la liberación de las ataduras de la muerte que consumaría con su propia muerte y resurrección. Por lo tanto, el momento del velatorio de una persona es propicio para el anuncio evangelizador siempre en el marco del respeto por el dolor de los presentes.
31.Esta celebración puede ser presidida por un sacerdote o por un diácono o guiada por un laico designado por la autoridad eclesiástica (cf. Notas preliminares, n. 19).
Si el ministro es un sacerdote o un diácono; se reviste con alba o sobrepelliz y estola de color exequial y también, si lo desea, con capa pluvial del mismo color. Algunos ayudantes pueden portar la cruz y el agua bendita.
El ministro que preside o guía la oración en este momento debe generar un clima de reflexión y oración, sin apuros, eligiendo para ello los mejores textos que se ofrecen a continuación o en el apéndice, según las circunstancias.
32. La celebración puede ordenarse de la siguiente manera:
1. Monición introductoria.
2. Salmo o canto apropiado.
3. Oración por el difunto y sus familiares.
4. Lectura de la Palabra de Dios.
5. Homilía o breve reflexión sobre la Palabra de Dios.
6. Oración de los fieles.
7. Padrenuestro.
8. Ritos conclusivos.
El ministro se dirige a los presentes con estas palabras u otras semejantes, como por ejemplo las propuestas en las pp. 253-263:
Queridos hermanos y hermanas:
En estos momentos en que la muerte deja de ser algo lejano y se convierte en una realidad que nos golpea y duele muy hondo, surgen seguramente en nosotros muchos interrogantes. Por eso, como comunidad creyente nos ponemos en oración y apelamos a nuestra fe cristiana.
Justamente, por nuestra fe creemos que la muerte no es el fin, sino un paso hacia la plenitud de la vida. Y esto porque Jesús ha dicho: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás».
Creemos así, que la muerte ha sido vencida por la resurrección de Jesús y por eso celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, al orar y poner en las manos misericordiosas de Dios a nuestro hermano(a) N.
Los invito a unirnos en la plegaria confiada junto a la comunidad de la Iglesia que intercede por nuestros difuntos.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Si el ministro es sacerdote o diácono dice uno de los siguientes saludos:
El Señor Jesús que es la Resurrección y la Vida, los conforte en la esperanza, y que su paz esté con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.
O bien:
Jesús ha dicho: «Vengan a mí,
todos los que están afligidos y agobiados,
y yo los aliviaré».
Que el consuelo y el alivio del Señor estén con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.
O bien:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo,
que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones.
Que su amor y su paz estén con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.
O bien:
Que Jesucristo resucitado
que rompió las ataduras de la muerte
esté con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Si el que dirige la celebración es un laico, dice alguna de las siguientes antífonas de la Sagrada Escritura:
Ecli 2, 6
Confíate a Dios, y Él te cuidará,
corrige tus caminos y espera en Él;
conserva tu amor y en él envejece.
O bien:
Mt 11, 28
«Vengan a mí,
todos los que están afligidos y agobiados,
y yo los aliviaré».
O bien:
2 Co 1, 3-4
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo,
que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones.
Luego, rocía el cuerpo con agua bendita y puede asperger también a los presentes.
El ministro invita a un momento de silencio para orar y encomendar a Dios a quien ha fallecido; luego dice una de las oraciones siguientes o alguna de las que se ofrecen en las pp. 217-224.
I
Oremos.
Recibe, Señor, el alma de tu servidor(a) N.,
a quien te has dignado llamar de este mundo a tu presencia
para que, libre de todo vínculo de pecado,
le concedas el gozo del descanso y la luz que no tiene fin,
y, entre tus santos y elegidos,
merezca participar de la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
te suplicamos por el alma de tu hijo(a) N.,
a quien has llamado de este mundo a tu presencia;
concédele gozar del lugar del descanso,
de la luz y de la paz.
Permítele atravesar sin dificultades
las puertas de la muerte,
para que pueda vivir con los santos
contemplando el resplandor de tu gloria,
que prometiste en otro tiempo a Abraham
y a su descendencia.
Que su alma no sufra ningún daño;
y cuando llegue el gran día de la resurrección
y de la retribución,
resucítalo(a) con tus santos y elegidos.
Perdona todas sus ofensas y pecados,
para que ingresando en el reino eterno
goce de la Vida inmortal en tu compañía.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
III
Señor,
te encomendamos humildemente,
a nuestro(a) hermano(a),
a quien en esta vida mortal
siempre protegiste con inmenso amor;
ahora que ha sido liberado(a) de todo mal,
llévalo(a) al descanso eterno.
Imploramos tu clemencia
para que conduzcas al Paraíso
a este(a) hijo(a) tuyo(a)
que ya ha concluido su vida mortal,
donde ya no existe ni la muerte,
ni la angustia, ni el sufrimiento,
sino la paz y el gozo
en compañía de tu Hijo y el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
R. Amén.
O bien:
IV
Oremos.
Señor Dios, ante tus ojos, todo lo que es perecedero vive
y nuestros cuerpos, al morir,
no desaparecen para siempre sino que se transforman.
Te pedimos, humildemente,
que hagas recibir el alma de tu servidor(a) N.
en la morada del patriarca Abraham, tu amigo,
para que resucite el día del gran juicio,
y si ha pecado contra ti durante esta vida,
que tu amor lo(a) purifique y perdone.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un niño difunto que ha llegado al uso de razón:
V
Oremos.
Recibe con amor de Padre, Dios todopoderoso,
a este niño(a) N. a quien has llamado a tu presencia;
concede el don de la esperanza y del consuelo
a quienes se sienten abatidos por la muerte de N.;
ayuda especialmente a sus padres (y hermanos)
a descubrir la luz de tu presencia en Jesucristo,
nuestro Camino, Verdad y Vida,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Por un difunto joven:
VI
Oremos,
Dios nuestro, que diriges los acontecimientos
y la duración de la vida de los hombres;
te encomendamos humilde y confiadamente a tu hijo(a) N.,
cuya muerte prematura lloramos,
para que le concedas una permanente juventud
en la felicidad de tu casa en el cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un papá joven (o mamá joven) difunto(a):
VII
Oremos.
Señor, Dios nuestro,
que puedes comprobar la honda tristeza
de quienes lloran a tu hijo(a) N.;
concédenos, te suplicamos,
la paz que necesitamos
y ayúdanos en nuestra fe
para confiar en que él(ella) goza de tu compañía en el cielo.
Ayuda a su esposa(o) a sobrellevar
esta durísima prueba de la vida
y dale a su(s) hijo(s) la fortaleza y la serenidad que necesitan.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto después de larga enfermedad:
VIII
Oremos.
Dios nuestro, que has dado a nuestro hermano(a) N.
la gracia de servirte en el dolor y la enfermedad
concédele que, así como imitó la paciencia de tu Hijo,
obtenga también el premio de su misma gloria.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto repentinamente:
IX
Oremos.
Padre santo, muéstranos el infinito poder de tu bondad
para que, quienes lloramos a nuestro(a) hermano(a) N.
muerto(a) inesperadamente,
podamos esperar que lo(a) has llevado
a gozar de tu compañía.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto alejado de la fe:
X
Oremos.
Señor, humildemente apelamos a tu misericordia
para que recibas con bondad el alma de tu servidor(a) N.:
sé indulgente y ten piedad de él(ella)
a fin de que sea purificado(a) de los pecados
que hubiere cometido en su vida,
y así, liberado(a) de toda atadura terrenal,
merezca ingresar en la Vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto que se quitó la vida:
XI
Oremos.
Dios nuestro, que te hiciste cercano a nosotros
por medio de Jesús, nuestro Salvador,
que entregó la vida en la cruz.
Tú conoces lo íntimo de nuestro corazón
y nada se te oculta a tus ojos.
Escucha la oración que te dirigimos por (este hijo tuyo) N.
y muéstrale tu misericordia infinita;
acepta todo el bien que ha hecho en su vida
y perdona sus culpas y debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Otras oraciones para circunstancias más particulares, ver pp. 217-224.
*A estas oraciones se puede anteponer o añadir la siguiente oración por los familiares:
Oremos
Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo,
que nos proteges con tu amor eterno,
y transformas las sombras de la muerte en aurora de vida:
Mira a tus hijos que lloran afligidos,
(Sé para nosotros como un refugio y reanímanos para que,
superando las tinieblas de nuestro dolor,
seamos consolados con la luz y la paz de tu presencia.)
Ayúdanos a encaminar nuestra vida hacia Cristo,
tu Hijo y Señor nuestro,
que muriendo destruyó nuestra muerte
y resucitando restauró nuestra vida,
de modo que, cuando concluyamos nuestra vida mortal,
nos encontremos con nuestros hermanos,
allí donde serán secadas las lágrimas de nuestros ojos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén
O bien:
Oremos.
Señor, Redentor nuestro,
que te entregaste a la muerte
para que todos los hombres se salvaran
y pasaran de la muerte a la Vida:
Te pedimos, humildemente,
que tengas piedad de estos hijos tuyos que lloran
y te suplican por el pariente que han perdido.
Tú que eres el único Santo y lleno de misericordia
y que por medio de tu muerte
abriste a los fieles las puertas de la Vida,
perdona todos sus pecados.
Rey eterno, no permitas que nuestro(a) hermano(a)
sea separado(a) de ti,
sino que por el poder de la gloria que tú posees
sea llevado al lugar de la luz, de la felicidad y de la paz.
Te lo pedimos a ti que vives y reinas
por los siglos de los siglos.
R. Amén.
El ministro invita a escuchar la Palabra de Dios y proclama una de las siguientes lecturas o algunas de las propuestas en las pp. 169-214.
Lectura del segundo libro de los Macabeos 12, 43-46
Con el pensamiento puesto en la resurrección
Después de haber recolectado entre sus hombres unas dos mil dracmas, Judas Macabeo las envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. El realizó este hermoso y noble gesto con el pensamiento puesto en la resurrección, porque si no hubiera esperado que los caídos en la batalla iban a resucitar, habría sido inútil y superfluo orar por los difuntos.
Además, él tenía presente la magnífica recompensa que está reservada a los que mueren piadosamente, y este es un pensamiento santo y piadoso. Por eso, mandó ofrecer el sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran librados de sus pecados.
O bien:
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 6, 3-4.8-9
Si hemos muerto con Cristo, viviremos también con él
Hermanos: ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.
Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte no tiene poder sobre él.
O bien:
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-6
En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones
Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy».
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí».
Se realiza la Oración de los fieles con alguno de los formularios siguientes que se adapten mejor a las circunstancias. Se puede omitir alguna de las intenciones o agregar alguna otra que se adecúe mejor a la situación. Para otros formularios ver pp.235-250.
Queridos hermanos: elevemos juntos nuestra oración confiada a Dios, que es Padre omnipotente y ha resucitado a Jesucristo de la muerte.
A cada intención respondemos: Escúchanos, Señor, que confiamos en ti.
- Para que nuestro(a) querido(a) N., que ha traspasado las barreras de la muerte, sea recibido(a) en la gran familia de los santos. Oremos.
- Para que N. que en el Bautismo recibió el germen de la Vida eterna y en la eucaristía se alimentó con Cristo, Pan de Vida, resucite con Él en el último día. Oremos.
- Para que nuestras familias encuentren el consuelo y la esperanza que nos da el Evangelio de Jesús. Oremos.
- Para que todos nosotros, aquí presentes, crezcamos en la fe y nos ayudemos unos a otros mediante la caridad. Oremos.
II
Por un niño(a) difunto(a) que ha llegado al uso de razón:
Queridos hermanos: con mucha esperanza, a pesar del comprensible dolor y la congoja, nos animamos a suplicar con humildad de niños a Dios nuestro Padre.
A cada intención respondemos: Padre del cielo, recibe nuestra oración.
- Por N. a quien ahora despedimos llenos de tristeza, para que el Señor lo reciba con los brazos abiertos en el cielo. Oremos.
- Por su felicidad eterna, para que el Señor lo(a) colme con su amor y complete todas sus ilusiones. Oremos.
Si el niño o niña ya tomó su primera comunión:
- Por N. que se alimentó con el Pan de la Vida, para que ingrese en la fiesta del cielo a la que todos nos encaminamos con esperanza. Oremos.
- Por el papá y la mamá de N., para que encuentren fortaleza y consuelo en el amor de Dios y la compañía y aprecio de (sus otros hijos y de) sus familiares y amigos. Oremos.
Si el niño o niña tenía hermanos:
- Por los hermanos de N., para que puedan experimentar la cercanía de Jesús que conoce nuestros sentimientos. Oremos.
- Por los amigos y amigas de N. a quien despedimos, para que, unidos entre sí, descubran la amistad de Jesús que lloró a su amigo Lázaro y nos dio a todos el germen de la Vida eterna. Oremos.
- Por todos nosotros, aquí congregados, para que el Señor nos ayude a vivir con fidelidad el camino que nos propone en el Evangelio. Oremos.
III
Por un(a) joven difunto(a)
Queridos hermanos: en estos momentos difíciles e incomprensibles, apelamos a nuestra fe cristiana para confiar a Dios nuestra oración por N.
A cada intención respondemos: Señor de la Vida, escúchanos.
- Por N. a quien ahora despedimos llenos de tristeza, para que el Señor lo reciba con los brazos abiertos en el cielo. Oremos.
- Por su felicidad eterna, para que el Señor lo(la) colme con su amor y complete todas sus ilusiones. Oremos.
- Por su papá N. y su mamá N., para que tengan la fortaleza de reemprender el camino de la vida hasta la fiesta final del cielo. Oremos.
Si tenía hermanos:
- Por sus hermanos NN., para que puedan experimentar la cercanía de Jesús que conoce nuestros sentimientos. Oremos.
- Por los amigos y amigas de N. a quien despedimos, para que, unidos entre sí, descubran la amistad de Jesús que lloró a su amigo Lázaro y nos dio a todos el germen de la Vida eterna. Oremos.
- Por todos nosotros, aquí presentes, para que el Señor nos anime en la esperanza y nos comprometa en el amor fraterno. Oremos.
IV
Por un padre de familia difunto
Queridos hermanos: unidos en oración encomendemos a nuestro hermano N. a la misericordia de Dios.
A cada intención respondemos: Señor, ten piedad.
- Para que Dios, que es Padre de misericordia, reciba en su casa a N. que nos ha dejado. Oremos.
- Para que el Señor clementísimo perdone todas sus faltas. Oremos.
- Para que su esposa N. que ha compartido con su marido ahora difunto el diario luchar de la vida, experimente el consuelo y la fortaleza del Espíritu Santo. Oremos.
- Para que los hijos de N. conozcan la providencia de Dios que no deja nunca a los que ama. Oremos.
- Para que todos nosotros, nos acompañemos con amor en nuestras dificultades y crezcamos en solidaridad. Oremos.
V
Por una madre de familia difunta
Queridos hermanos: dolidos por la muerte de N. y unidos por la fe, recemos juntos y confiemos en el amor de Dios.
A cada intención respondemos: Por tu bondad, escúchanos, Señor.
- Por N. que ha dejado este mundo y cuya muerte nos llena de tristeza, para qué él Señor la reciba con los brazos abiertos en el cielo. Oremos.
- Por su ingreso a la casa del cielo, para que la Virgen Santa la conduzca al lugar que Dios le preparó. Oremos.
- Por su esposo N., para que el Señor le haga conocer su amor y su consuelo. Oremos.
- Por los hijos de N. que hoy lloran su ausencia, para que atesoren en su corazón los mejores momentos vividos y confíen en el amor sin límites de nuestro Señor. Oremos.
- Por todos nosotros, para que vivamos con seriedad y compromiso la vida que nos da Dios y nos ayudemos mutuamente en nuestras aflicciones. Oremos.
VI
Por un difunto muerto repentinamente
Queridos hermanos. Nos encontramos reunidos como familiares y amigos de N. para acompañarnos mutuamente en este dolor inesperado. Recemos ahora para que la esperanza nos sostenga a todos.
A cada intención respondemos: Tú que eres nuestro camino, Señor, ten piedad.
- Para que N., muerto(a) inesperadamente, sea recibido(a) con misericordia por el Padre del cielo. Oremos.
- Para que el germen de Vida eterna que el Señor sembró en N. el día de su Bautismo, florezca ahora y se haga pleno en la casa de Dios. Oremos.
- Para que su familia, desconcertada por estas circunstancias, conozca por la fe, la presencia segura del Señor que nos anima y levanta. Oremos.
- Para que todos nosotros, aquí presentes, valoremos la vida de cada día, y la enaltezcamos con nuestra fe, esperanza y caridad. Oremos.
VII
Por un difunto muerto después de una larga enfermedad
Hermanos. Reunidos para despedir los restos mortales de N. encomendémoslo(a) al amor misericordioso de nuestro Dios y recemos juntos por él(ella).
A cada intención respondemos: Escúchanos, Padre.
- Por N. que ha compartido en el último tiempo la pasión de Jesús, para que liberado(a) ahora de su cuerpo mortal, el Señor lo(a) reciba con enorme amor. Oremos.
- Por este hermano(a) nuestro(a) que ha conocido la pasión de Jesús, para que, como Él, experimente la resurrección y la vida nueva. Oremos.
- Por su familia y sus amigos, para que después de haber acompañado a N. se sientan especialmente amados y sostenidos por la providencia que Jesús asegura en su Evangelio. Oremos.
- Por quienes en el último tiempo han estado cerca de N. con su amor y su servicio, para que el Señor les recompense su fiel generosidad. Oremos.
- Por todos nosotros, para que vivamos con perseverancia el camino que nos toca y se acreciente nuestra fe y nuestra esperanza. Oremos.
VIII
Por un difunto que vivió alejado de la fe
Hermanos: Recemos unidos en el Señor, sabiendo que Él no quiere la muerte sino la vida.
A cada intención respondemos: Señor, ten piedad.
- Por nuestro(a) hermano(a) N. que hoy despedimos, para que Dios, que lo(a) amó primero, le muestre su rostro y lo(a) lleve consigo. Oremos.
- Por N. que vivió con sus ilusiones y esperanzas, para que el Señor perdone las faltas que hubiera cometido y le conceda la paz y la alegría que no terminan. Oremos.
- Por su familia que llora y sufre por su pérdida, para que cada uno conozca el consuelo del amor sincero del prójimo que es un reflejo del amor sin límites de Dios. Oremos.
- Por los amigos cercanos, especialmente los aquí presentes, para que puedan descubrir la cercanía de Jesús y recorrer en su vida el camino del Evangelio. Oremos.
- Por todos nosotros, llamados a transformar nuestra vida con el bien y la verdad, para que el Señor a quien apelamos con nuestra oración, nos ayude en esta misión. Oremos.
El ministro invita a rezar la Oración del Señor con esta u otras palabras:
El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Oración
Luego concluye con una de las siguientes oraciones:
I
Oremos.
Recibe, Señor, el alma de tu servidor(a) N.,
a quien te has dignado llamar de este mundo a tu presencia
para que, libre de todo vínculo de pecado,
le concedas el gozo del descanso y la luz que no tiene fin,
y, entre tus santos y elegidos,
merezca participar de la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Oremos.
Dios, Padre todopoderoso,
nuestra fe confiesa que tu Hijo murió y resucitó;
por este misterio, concede a tu servidor(a) N.
que se ha dormido en el Señor,
alcanzar la alegría de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
III
Oremos.
Dios nuestro, siempre dispuesto a la misericordia y al perdón,
te pedimos humildemente por tu hijo(a) N.,
llamado(a)(hoy) a tu presencia;
concédele llegar a la verdadera patria
y gozar de la alegría eterna,
pues creyó y esperó en ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
IV
Oremos.
Dios nuestro, que pusiste un término a la vida presente
y abriste una puerta a la eternidad,
te pedimos humildemente que,
por la gracia de tu misericordia,
escribas el nombre de tu servidor N. en el libro de la vida.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Aspersión
Enseguida se asperge el cuerpo del difunto o el féretro, según las circunstancias, con agua bendita mientras el ministro dice:
Concédele, Señor, el descanso eterno.
Y todos responden:
Y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.
El ministro puede agregar:
Que las almas de nuestros fieles difuntos descansen en paz.
Y todos aclaman:
Amén.
Si el ministro es sacerdote o diácono puede concluir con la bendición a los presentes del modo acostumbrado.
Luego puede entonarse un canto de los indicados en las pp. 307-334 u otro canto adecuado.
Si continúa la oración pueden rezarse algunos salmos tal como se indica en pp. 187-196.
Oración para el momento de colocar el cuerpo en el féretro
33. Si es en este momento cuando se coloca al difunto en el féretro puede recitarse el Salmo 129, o el 22, o el 113 (pp. 30-32), u otro salmo adecuado, con un responsorio conveniente, o invocaciones bíblicas, o una breve lectura:
Col 3, 3-4:
Ustedes están muertos y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra Vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
Rom 6, 8-9
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él.
2 Co 4, 14:
Estamos seguros de que aquel que resucitó al Señor Jesús nos resucitará con él.
Después se dice la siguiente oración.
Oremos.
Recibe, Señor, el alma de tu servidor(a) N.,
a quien te has dignado llamar de este mundo a tu presencia
para que, libre de todo vínculo de pecado,
le concedas el gozo del descanso y la luz que no tiene fin,
y, entre tus santos y elegidos,
merezca participar de la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
Oremos.
Dios nuestro, escucha con bondad nuestros ruegos,
para que, al crecer nuestra fe
en tu Hijo resucitado de entre los muertos,
se afiance también nuestra esperanza
en la resurrección de nuestro hermano(a) N.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Estas oraciones pueden recitarse también mientras se arregla el cuerpo del difunto.
Procesión
34. Si se traslada al difunto al cementerio, la iglesia o capilla de modo procesional, se organiza la procesión según las costumbres del lugar precediendo, un ministro con la cruz e inmediatamente antes del féretro el ministro que preside o guía la oración.
Durante la procesión pueden cantarse salmos tomados de las pp. 278-302 u otros cantos adecuados.
Misa exequial
35. Es conveniente que el sacerdote se dirija a la puerta de la iglesia y; después de saludar con afecto a los presentes, asperge el cuerpo y, según las circunstancias, puede decir una de las invitaciones de las pp. 253-263 (o palabras semejantes) o bien una de las oraciones de las pp. 217-224.
La Misa exequial puede celebrarse todos los días, excepto las solemnidades de precepto, el Jueves Santo, durante el Triduo Pascual y los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua (cf. OGMR n. 380).
36. De acuerdo con la Ordenación General del Misal Romano, al entrar en la iglesia y al comenzar la Misa, habitualmente habrá un solo canto. Si parece oportuno, por motivos pastorales puede añadirse otro canto, o emplear uno de los responsorios de las pp. 303-304.
37. Según las circunstancias, consérvese la costumbre de colocar al difunto en la misma posición que ocupaba en la asamblea litúrgica, es decir: los laicos de cara al altar, y los ministros sagrados, de cara al pueblo.
Sobre el féretro puede colocarse el libro de los Evangelios, la Biblia o una cruz. Si la cruz del altar es bien visible desde la nave de la iglesia, no ha de colocarse otra cruz cerca del féretro. Alrededor del féretro pueden colocarse algunos cirios encendidos, o bien, solamente el cirio pascual a la cabecera del difunto.
Las oraciones presidenciales de la Misa se toman del Misal romano, pp. 1099-1106.
38. Después de los ritos iniciales se celebra la liturgia de la Palabra, en la que pueden proclamarse dos lecturas de las cuales la segunda se toma del Evangelio, o bien tres lecturas, la primera de las cuales será del Antiguo Testamento y la tercera del Evangelio.
En el volumen IV del Leccionario de la Misa (pp. 897-965) se encuentran numerosas lecturas que pueden utilizarse de acuerdo con las circunstancias, si no se emplean las que se proponen más abajo o en el leccionario de este Ritual (pp. 169-214).
Después de la primera lectura se canta o reza el salmo responsorial que mejor responda a la índole de la lectura precedente.
39. Se puede omitir el canto del Aleluia, si así lo aconsejan motivos pastorales, y siempre se lo omite en Cuaresma.
I
Lectura de la profecía de Daniel 12, 1-3
Los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán
En aquel tiempo, se alzará Miguel, el gran Príncipe, que está de pie junto a los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de tribulación, como no lo hubo jamás, desde que existe una nación hasta el tiempo presente. En aquel tiempo, será liberado tu pueblo: todo el que se encuentre inscrito en el Libro. Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, irnos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.
Salmo responsorial
41, 2. 3. 5bc
Ant. Entraré en el lugar admirable y llegaré hasta la casa de Dios.
Como la cierva sedienta
busca las corrientes de agua,
así mi alma suspira
por ti, mi Dios. R.
Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios viviente:
¿Cuándo iré a contemplar
el rostro de Dios? R.
¡Cómo iba en medio de la multitud
y la guiaba hacia la casa de Dios,
entre cantos de alegría y alabanza! R.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 4, 14 -- 5, 1
Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno
Hermanos: Nosotros sabemos que Aquél que resucitó al Señor Jesús nos resucitará con Él y nos reunirá a su lado junto con ustedes.
Todo esto es por ustedes: para que al abundar la gracia, abunde también el número de los que participan en la acción de gracias para gloria de Dios.
Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.
Nosotros sabemos, en efecto, que si esta tienda de campaña -nuestra morada terrenal- es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no construida por el hombre, sino por Dios.
Aleluia
Ap 1, 5a-6b
Aleluia
Jesucristo es el Primero que resucitó
de entre los muertos,
¡a Él sea la gloria y el poder
por los siglos de los siglos! Amén.
Aleluia.
Evangelio
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 23, 44-46. 50. 52-53; 24, 1-6a
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado».
O bien:
II
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2, 8-13
Si hemos muerto con él, viviremos con él
Querido hijo: Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y es descendiente de David. Ésta es la Buena Noticia que yo predico, por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso soporto estas pruebas por amor a los elegidos, a fin de que ellos también alcancen la salvación que está en Cristo Jesús y participen de la gloria eterna.
Esta doctrina es digna de fe: Si hemos muerto con Él, viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si renegamos de Él, Él también renegará de nosotros. Si somos infieles, Él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo.
Salmo responsorial
62, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 8-9
Ant. ¡Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío!
Señor, Tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne
como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.
Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán. R.
Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada
como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará
con júbilo en los labios. R.
Veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas.
Mi alma está unida a tí,
tu mano me sostiene. R.
Aleluia
Ap 14, 13
Aleluia.
¡Felices los que mueren en el Señor!
Ellos pueden descansar de sus fatigas,
porque sus obras los acompañan.
Aleluia.
Evangelio
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 23, 33. 39-43
Hoy estarás conmigo en el Paraíso
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», crucificaron a Jesús junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que El? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu reino».
Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
O bien:
III
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 14, 7-9. 10b-12
Tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor
Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor. Porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos.
Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios, porque está escrito: «Juro que toda rodilla se doblará ante mí y toda lengua dará gloria a Dios», dice el Señor.
Por lo tanto, cada uno de nosotros tendrá que rendir cuenta de sí mismo a Dios.
Salmo responsorial
24, 4-5ab. 6-7bc. 20-21
Ant. ¡A ti, Señor, elevo mi alma!
Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque Tú eres mi Dios y Salvador. R.
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
porque son eternos.
Por tu bondad, Señor,
acuérdate de mí según tu fidelidad. R.
Alivia las angustias de mi corazón,
y sácame de las tribulaciones.
Defiende mi vida y líbrame:
que no me avergüence de haber confiado en ti. R.
Aleluia
Jn 6, 40
Aleluia.
Ésta es la voluntad de mi Padre:
que el que ve al Hijo y cree en Él,
tenga Vida eterna
y que Yo lo resucite en el último día.
Aleluia.
Evangelio
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 37-40
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio
Jesús dijo a la gente: Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí Yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de Aquél que me envió. La voluntad del queme ha enviado es que Yo no pierda nada de lo que Él me dio, sino que lo resucite en el último día. Ésta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en Él, tenga Vida eterna y que Yo lo resucite en el último día.
40. Después del Evangelio habrá una breve homilía excluyendo todo género de panegírico. Téngase especial cuidado pastoral de quienes, con ocasión de las exequias, asisten a la celebración y pueden no ser católicos o católicos que nunca, o casi nunca participan de la Eucaristía. Luego de la homilía se puede guardar un momento de silencio.
41. A continuación de la homilía ae hará la Oración universal u Oración de los fieles. Puede tomarse uno de los siguientes formularios o también, los señalados en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.
I
Hermanos: Invoquemos confiadamente a Dios todopoderoso, que resucitó de entre los muertos a su Hijo Jesús para salvar a vivos y difuntos.
A cada intención respondemos: Escúchanos Señor.
- Por nuestro(a) difunto(a) N., que recibió en el Bautismo el germen de la Vida eterna, para que el Señor le conceda ser compañero(a) de los santos. Oremos.
- Por este(a) hermano(a) nuestro(a) que se alimentó con el Cuerpo de Cristo, Pan de Vida eterna, para que el Señor lo(a) resucite en el día final. Oremos.
- Por las almas de nuestros hermanos, parientes y bienhechores difuntos, para que el Señor les permita contemplar el resplandor de su rostro. Oremos.
- Por todos los que durmieron con la esperanza de la resurrección, para que el Señor los reciba con amor en su casa. Oremos.
- Por todos los difuntos de esta comunidad cristiana, para que el Señor nos conceda reencontramos con todos ellos en la gloria de su Reino. Oremos.
Señor, te pedimos
que escuches la oración que te dirigimos
por las almas de nuestros hermanos y hermanas difuntos,
perdona sus faltas y hazlos participar de tu redención.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Hermanos: Unámonos fraternalmente para hacer nuestra oración; pidamos no sólo por nuestro(a) hermano(a) difunto (a), sino también por la Iglesia, por la paz del mundo y por nosotros mismos.
A cada intención respondemos: Señor, escucha y ten piedad.
- Por los pastores de toda la Iglesia, para que lo que predican con su palabra, lo practiquen en su vida. Oremos.
- Por los gobernantes de los pueblos, para que promuevan la justicia y la paz. Oremos.
- Por todos los que sufren física o espiritualmente, para que nunca se sientan abandonados por Dios. Oremos.
- Por N., su hijo(a) difunto(a), para que el Señor olvide los pecados de este(a) hijo(a) suyo(a) y lo reciba con amor en su morada eterna. Oremos.
- Por los familiares y amigos de N., para que experimenten el consuelo y la paz de Jesús que acompaña el camino de nuestra vida. Oremos.
- Por nuestros parientes y bienhechores difuntos, para que el Señor les permita contemplar el resplandor de su gloria. Oremos.
Dios, Creador y Redentor de todos los fieles,
concede a tus hijos difuntos la remisión de todos sus pecados;
para que, mediante nuestras súplicas,
obtengan el perdón que siempre desearon.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
42. Después de la Oración de los fieles sigue la Misa como de costumbre, teniendo en cuenta lo siguiente:
a) Donde se acostumbra, puede hacerse la procesión de los fieles para la presentación de los dones cuidando su significación eucarística.
b) Se toma el prefacio de difuntos. En las plegarias eucarísticas tómense las partes especialmente señaladas para nombrar a los difuntos.
c) Se recomienda que los fieles debidamente preparados; especialmente los familiares del difunto, participen por la sagrada comunión en el Sacrificio Eucarístico ofrecido por el difunto.
43. Terminada la oración después de la comunión o, si no se ha celebrado el Sacrificio Eucarístico, acabada la liturgia de la Palabra, el sacerdote, revestido de casulla o capa pluvial, procede al rito de la última recomendación y despedida.
De pie, junto al féretro, mirando hacia el pueblo y teniendo a su lado a los ministros que llevan el agua bendita y el incienso, el sacerdote dice uno de los formularios que siguen u otras palabras semejantes, acomodadas a las circunstancias (otras variantes se encuentran en las pp. 253-263):
Para un difunto cristiano:
Hermanos: Con la certeza que nos da la fe y con la esperanza de la Vida eterna, encomendemos a la infinita misericordia de Dios a nuestro(a) hermano(a) que se ha dormido en la paz de Cristo.
Acompañemos con nuestras oraciones a quien, por medio del Bautismo, recibió la adopción de los hijos de Dios y se alimentó en la mesa del Señor, para que ahora merezca la herencia eterna prometida a los santos y participe en el banquete celestial.
Oremos también por nosotros mismos, que ahora lloramos afligidos, para que, junto con nuestro(a) hermano(a), podamos un día salir al encuentro de Cristo, nuestra Vida, cuando él se manifieste en la plenitud de su gloria.
Para un difunto cristiano que será inhumado o sepultado:
Dios todopoderoso ha llamado de esta vida a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a). Ahora, nosotros depositaremos su cuerpo en el sepulcro (para que vuelva a la tierra de la cual fue formado).
Pero tengamos en cuenta que Cristo, tí primero en resucitar de entre los muertos, transformará nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso semejante al suyo. Encomendemos, entonces, a nuestro(a) hermano(a) para que el Señor lo(a) reciba en su paz y resucite su cuerpo en el día final.
Para un difunto que vivió alejado de la fe y será inhumado:
Hermanos: Mientras realizamos el piadoso ministerio de enterrar a los muertos, roguemos confiadamente a Dios, fuente de toda vida, para que revista con la fortaleza y la gloria de los santos a este(a) hermano(a) nuestro(a), a quien sepultamos en la debilidad de la carne.
Pidámosle que tenga misericordia de él(ella) en el día del juicio; que lo(a) absuelva de toda culpa para que, reconciliado(a) con el Padre, sea llevado(a) sobre los hombros del Buen Pastor hasta su reino eterno, para gozar de su compañía y la de todos los santos.
Para un difunto que será cremado:
Hermanos: Supliquemos ahora con fe a Dios nuestro Padre de quien viene la gracia de la misericordia. Entregamos ahora el alma de nuestro hermano(a) N. al Señor de la vida. Deseamos que, librado(a) de toda culpa experimente la comunión de los santos y que Jesús, nuestro Camino, Verdad y Vida lo conduzca a la morada preparada por el Padre desde la eternidad.
Roguemos para que el dolor que nos causa la ausencia de N. se mitigue con la esperanza verdadera, la serenidad y la paz que nos da el Evangelio de Jesús.
Para toda circunstancia:
Hermanos: Acompañaremos ahora a N. al lugar de su descanso eterno. Mientras lo hacemos, recordamos los momentos que compartimos con él(ella); especialmente las ocasiones en que N. nos acompañó a nosotros en las circunstancias duras de la vida. Su ausencia nos duele, pero el Señor, nuestro Dios, nos garantiza la esperanza. Porque él triunfó sobre la muerte y nos llamó a creer en su resurrección y en su Vida para experimentarla también nosotros. Pidámosle al Señor por intercesión de María Santísima, nuestra Madre y Madre de N. que tengamos la serenidad y la paz que surgen de la fe.
Y todos oran en silencio por unos momentos.
44. Después se asperge e inciensa el cuerpo, a no ser que prefiera hacerse después del canto de despedida. Este rito se omite si se hará junto al sepulcro. (pp 107)
A continuación se entona uno de los siguientes cantos responsoriales:
I
Vengan en su ayuda, santos de Dios; salgan a su encuentro, ángeles del Señor.
* Reciban su alma y llévenla a la presencia del Altísimo.
V. Cristo que te llamó, te reciba y los ángeles te conduzcan al seno de Abraham.
* Reciban su alma y llévenla a la presencia del Altísimo.
V. Concédele, Señor, el descanso eterno y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.
* Reciban su alma y llévenla a la presencia del Altísimo.
II
Te rogamos, Señor y Dios nuestro, que recibas el alma de este(a) difunto(a), por quien derramaste tu sangre.
* Recuerda, Señor, que somos polvo y que el hombre es como la hierba y la flor del campo que se marchita.
V. Estoy atemorizado por mis pecados y me avergüenzo ante ti esperando tu misericordia.
* Recuerda.
III
Señor, tú me conociste antes de haber nacido y me hiciste a tu imagen y semejanza.
* Ahora, a ti, que eres mi Creador, te entrego mi alma.
V. Estoy atemorizado por mis pecados y me avergüenzo ante tu juicio; no me condenes, Señor.
* Ahora.
IV
Creo que mi Redentor vive y que en el último día surgiré de la tierra.
* Y con mi cuerpo contemplaré a Dios, mi Salvador.
V. Seré yo mismo quien lo mire, no otro; mis ojos lo verán.
* Y con mi cuerpo.
V. Por eso conservo esta esperanza en el fondo de mi corazón.
* Y con mi cuerpo.
Puede entonarse otro canto tomado de las pp. 307-334 u otro canto adecuado.
45. Luego el sacerdote dice una de las siguientes oraciones (se puede omitir lo qué está entre corchetes):
I
Padre de Bondad, en tus manos,
encomendamos el alma de nuestro(a) hermano(a),
sostenidos por la esperanza
de que en el último día resucitará con Cristo,
junto con todos los que han muerto con él.
[Te damos gracias por todos los beneficios
con que lo(a) favoreciste en esta vida mortal;
beneficios que para nosotros
se convertirían en signos de tu bondad
y de la comunión de todos los santos con Cristo.]
Por eso, Señor,
escucha con misericordia nuestros ruegos:
abre para tu hijo(a) las puertas del Paraíso;
concédenos, a los que permanecemos en esta vida,
la gracia de poder consolamos mutuamente con palabras de fe
[hasta que lleguemos a Cristo,
y así podamos vivir siempre contigo y con este(a) hermano(a) nuestro(a).]
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Señor, te encomendamos el alma de tu hijo(a) N.,
aunque él(ella) está muerto(a) ante nosotros,
sin embargo vive en tu presencia;
por tu inmensa bondad, perdónale los pecados
que ha cometido por su humana fragilidad.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
46. Dicha la oración, mientras el féretro es retirado de la iglesia, se pueden cantar las antífonas que se indican en el número siguiente.
47. Pero, si el sacerdote y la asamblea acompañan al cortejo fúnebre, la última recomendación y despedida pueden hacerse en el sepulcro. En este caso, una vez dicha la oración después de la comunión o, si no se celebra la liturgia eucarística, concluida la liturgia de la Palabra, el cuerpo es retirado de la iglesia.
Mientras tanto, se pueden decir una de estas antífonas:
I
Al Paraíso te lleven los ángeles:
Que a tu llegada te reciban los mártires
y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén.
II
Que el coro de los ángeles te reciba
y junto con Lázaro, que vivió pobre en la tierra,
tengas un descanso eterno.
III
Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá.
Y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente.
Con estas antífonas pueden cantarse versículos de salmos o estrofas adecuadas.
48. Si el sacerdote no puede acompañar el cortejo fúnebre al cementerio, los mismos fieles podrán rezar o cantar, especialmente los salmos indicados en el Apéndice V, pp. 278-302 algún cantó apropiado como los indicados en el Apéndice VI, pp. 307-334 u otras oraciones propias de la piedad cristiana.
49. En la procesión hacia el cementerio se pueden cantar salmos con las correspondientes antífonas. Pueden tomarse de las pp. 278-302.
50. Si la liturgia de la Palabra se celebra sin el Sacrificio Eucarístico, sígase el rito que se describe a continuación, tomando los elementos necesarios que se han expuesto desde el n. 36 hasta el n. 41 inclusive.
Después del canto de entrada se saluda al pueblo y se dice la oración, a no ser que motivos pastorales aconsejen hacer una breve monición.
Sigue la liturgia de la Palabra como de costumbre. Las razones pastorales aconsejarán si utilizar una, dos o tres lecturas. En los dos últimos casos, respétese el salmo responsorial como oración posterior a la primera lectura y la última lectura tómese siempre del Evangelio. En el caso de tomar tres lecturas, la primera será del Antiguo Testamento.
Después del Evangelio habrá una breve homilía, excluyendo todo género de panegírico y teniendo especial cuidado pastoral de quienes, con ocasión de las exequias, asisten a la celebración y pueden no ser católicos o católicos que nunca o casi nunca participan de la Liturgia. Luego de la homilía se puede guardar un momento de silencio.
Seguidamente se hace la Oración de los fieles, que concluye con la oración del sacerdote o diácono, y luego todos recitan el Padrenuestro.
Se continúa con la última recomendación y despedida (n. 43 ss., pp. 84-86). Pero, si el sacerdote y los fieles han de acompañar el cortejo fúnebre hasta el cementerio, la última recomendación y despedida puede hacerse junto al sepulcro. En este caso, acabada la liturgia de la Palabra, se arma la procesión de acuerdo con lo indicado en el n. 46 ss p. 89.
I
CELEBRACIÓN DE LAS EXEQUIAS EN EL SEPULCRO
Los siguientes ritos se utilizan en caso de inhumación o bien ante el nicho en que serán depositados los restos mortales.
Bendición del sepulcro.
51. Si el sepulcro no está bendecido, se bendecirá antes de colocar en él el féretro con el cuerpo del difunto, utilizando una de las siguientes oraciones:
I
Oremos.
Señor Jesucristo.
que al descansar en el sepulcro durante tres días
santificaste las tumbas de los que creen en ti,
de manera que no sólo sirvieran
de sepultura para los cuerpos,
sino que estimularan
la esperanza de la resurrección:
Concede a tu hijo(a)
que descanse en paz en este sepulcro,
hasta que Tú,
que eres la Resurrección y la Vida,
lo(a) ilumines con la luz de la resurrección
y le permitas contemplar en el cielo
el resplandor de tu luz eterna.
Te lo pedimos a ti, que vives y reinas
por los siglos de los siglos.
R. Amen.
O bien
II
Oremos.
Dios, por cuya misericordia
descansan las almas de los fieles,
bendice esta tumba (este sepulcro)
y designa para su custodia a tu santo ángel.
Que el alma de quien hoy sepultamos
se vea libre de las ataduras del pecado
y así se alegre eternamente contigo
en la compañía de todos sus santos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien
III
Oremos.
Señor Dios, tú hiciste la tierra,
formaste los cielos
y estableciste la órbita de los astros;
por medio del agua purificadora
diste nueva vida al hombre
que yacía en la muerte del pecado.
También resucitaste a nuestro Señor Jesucristo
haciéndolo vencedor de la muerte y del pecado,
para que todos los creyentes en Él
se salvaran y resucitaran.
Protege entonces, Señor, este sepulcro
para que tu servidor(a) descanse en paz
hasta que resucite con tus santos
en el día del juicio.
R. Amén.
O bien
IV
Oremos.
Señor Dios, que decretaste
una justa sentencia de muerte en contra del hombre,
que había desobedecido tu precepto,
pero le diste la posibilidad de vivir
por medio de la conversión y la resurrección final;
Dios, que concediste una sepultura a nuestro padre Abraham
en la tierra prometida,
e inspiraste al justo José de Arimatea,
para que preparara un sepulcro destinado al Señor Jesús:
Te pedimos, con corazón humilde,
que bendigas este sepulcro,
preparado para tu servidor(a),
y que, al colocar su cuerpo en el,
su alma ingrese en el Paraíso.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Dicha esta oración, el sacerdote o el diácono asperge con agua bendita e inciensa la tumba o el sepulcro y también el féretro del difunto, si no se ha realizado en la iglesia. Si inmediatamente se hace junto al sepulcro el rito de la última recomendación y despedida, la aspersión se realiza al final, como se indica en dicho rito.
52. El entierro se efectúa enseguida o al final del rito, según sea la costumbre del lugar. Mientras el féretro es colocado en el sepulcro, o en otro momento oportuno, el sacerdote dice las palabras siguientes u otras semejantes:
Hermanos: Dios todopoderoso quiso llamar a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a); nosotros entregamos ahora su cuerpo a la tierra para que vuelva al mismo lugar de donde fue sacado. Al hacerlo, recordemos que Cristo fue el primero en resucitar, para transformar nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso como el suyo. Encomendemos, entonces, a N. al Señor para que lo reciba en su paz y lo(a) resucite en el último día.
53. Después puede hacerse la Oración de los fieles, usando, en todo o en parte, la siguiente fórmula de carácter litánico (no se dice "oremos" al final de cada intención).También puede usarse otra apropiada entre las señaladas en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.
Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente». Encomendemos a este(a) hermano(a) nuestro(a).
A cada intención respondemos: Te rogamos, Señor.
- Tú, que lloraste la muerte de tu amigo Lázaro, seca nuestras lágrimas.
- Tú, que resucitaste a los muertos, concede la Vida eterna a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que prometiste el Paraíso al buen ladrón, conduce al cielo a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que purificaste a nuestro(a) hermano(a) en las aguas del Bautismo y lo(a) ungiste con el óleo de la Confirmación, admítelo(a) entre tus santos y elegidos.
- Tú, que alimentaste a nuestro(a) hermano(a) con tu Cuerpo y tu Sangre, recíbelo(a) en la mesa de tu reino.
- Y a nosotros, que lloramos entristecidos su partida, reconfórtanos con la fe y la esperanza de la Vida eterna.
El ministro invita a rezar la Oración del Señor con esta u otras palabras:
El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Oración
Al concluirla, el sacerdote o diácono dice una de las siguientes oraciones:
I
Oremos.
Señor, ten misericordia
de este(a) hijo(a) tuyo(a) difunto(a):
ya que procuró cumplir tu voluntad,
recíbelo con amor en tu casa;
así como estuvo unido(a) a tu pueblo fiel, por medio de la fe,
concédele asociarse en el cielo al coro de los ángeles.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Oremos.
Dios nuestro, que estás atento a las súplicas de tus fieles
y conoces sus buenos deseos,
concede a tu servidor(a) N., a quien hoy sepultamos
cumpliendo este deber de misericordia,
que consiga la felicidad eterna
junto con tus santos y elegidos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén
O bien:
III
Oremos.
Dios nuestro, que eres el autor de la vida,
restauras los cuerpos humanos
y aceptas con bondad el ruego de los pecadores:
escucha las súplicas que te dirigimos en nuestra aflicción
pidiéndote por el alma de tu hijo(a) N.,
para que lo(a) libres de la muerte eterna,
y pueda compartir con tus santos las alegrías del Paraíso.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
En lugar de las oraciones precedentes puede decirse una de las siguientes, eligiendo la más adecuada, según las circunstancias:
Por un(a) difunto(a) cuya(o) esposa(o) está presente:
Oremos.
Padre santo, recibe con bondad a tu hijo(a) N.
y protege solícito a su esposo(a) N.,
a quienes el amor conyugal unió en esta vida;
concédeles alcanzar, algún día,
la plenitud de la caridad en la vida que no tiene fin.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un niño difunto que ha llegado al uso de razón:
Oremos.
Recibe con amor de Padre, Dios todopoderoso,
a este niño(a) N. a quien has llamado a tu presencia;
concede el don de la esperanza y del consuelo
a quienes se sienten abatidos por la muerte de N.;
ayuda especialmente a sus padres (y hermanos)
a descubrir la luz de tu presencia
en Jesucristo, nuestro Camino, Verdad y Vida,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Por un difunto joven:
Oremos.
Dios nuestro, que diriges los acontecimientos
y la duración de la vida de los hombres;
te encomendamos humilde y confiadamente a tu hijo(a) N.,
cuya muerte prematura lloramos,
para que le concedas una permanente juventud
en la felicidad de tu casa en el cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un papá joven (o mamá joven) difunto(a):
Oremos.
Señor, Dios nuestro,
que puedes comprobar la honda tristeza
de quienes lloran a tu hijo(a) N.;
concédenos, te suplicamos, la paz que necesitamos
y ayúdanos en nuestra fe
para confiar en que él(ella) goza de tu compañía en el cielo.
Ayuda a su esposa(o) a sobrellevar
esta durísima prueba de la vida
y dale a su(s) hijo(s) la fortaleza
y la serenidad que necesitan.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto después de larga enfermedad:
Oremos.
Dios nuestro, que has dado a nuestro hermano(a) N.,
la gracia de servirte en el dolor y la enfermedad
concédele que, así como imitó la paciencia de tu Hijo,
obtenga también el premio de su misma gloria.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto repentinamente:
Oremos.
Padre santo, muéstranos el infinito poder de tu bondad
para que, quienes lloramos a nuestro(a) hermano(a) N.
muerto(a) inesperadamente,
podamos esperar que lo(a) has llevado
a gozar de tu compañía.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto alejado de la fe:
Oremos.
Señor, humildemente apelamos a tu misericordia
para que recibas con bondad el alma de tu servidor(a) N.:
sé indulgente y ten piedad de él(ella)
a fin de que sea purificado(a) de los pecados
que hubiere cometido en su vida,
y así, liberado(a) de toda atadura terrenal,
merezca ingresar en la Vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto que se quitó la vida:
Oremos.
Dios nuestro, que te hiciste cercano a nosotros
por medio de Jesús, nuestro Salvador,
que entregó la vida en la cruz.
Tú conoces lo íntimo de nuestro corazón
y nada se te oculta a tus ojos.
Escucha la oración que te dirigimos por (este hijo tuyo) N.
y muéstrale tu misericordia infinita;
acepta todo el bien que ha hecho en su vida
y perdona sus culpas y debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un sacerdote:
Oremos.
Padre de misericordia,
escucha con bondad las súplicas
que te dirigimos por la salvación de tu servidor, N., sacerdote,
para que, después de ejercer fielmente y en tu nombre
el ministerio sacerdotal,
pueda gozar en la eterna compañía de tus santos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un diácono:
Oremos.
Dios misericordioso,
concede la felicidad eterna al alma de tu hijo N., diácono,
a quien confiaste el servicio en tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un religioso:
Oremos.
Dios todopoderoso,
te pedimos que el alma de tu hijo N.,
que por amor a Cristo siguió el camino de la caridad perfecta,
pueda alegrarse de la manifestación de tu gloria
y gozar con sus hermanos de la felicidad eterna de tu reino.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por una religiosa:
Oremos.
Dios lleno de bondad, te encomendamos a tu hija N.,
que unida Cristo en la tierra para vivir la plenitud del amor
ha entregado su vida;
concédele unirse a sus hermanas
en la alegría dichosa de tu reino
y coronar así su entrega generosa.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
54. Si el sacerdote, o el diácono, y los fieles han acompañado el cortejo fúnebre hasta el cementerio, en este momento, si no se ha hecho en la iglesia, puede realizarse el rito de la última recomendación y despedida.
De pie, junto al féretro, mirando hacia el pueblo y teniendo a su lado a los ministros que llevan el agua bendita y el incienso, el sacerdote pronuncia uno de los formularios que siguen u otras palabras semejantes, acomodadas a las circunstancias (otras variantes se encuentran en las pp. 253-263):
Para un difunto cristiano:
Hermanos: Con la certeza que nos da la fe y con la esperanza de la Vida eterna, encomendemos a la infinita misericordia de Dios a nuestro(a) hermano(a) que se ha dormido en la paz de Cristo.
Acompañemos con nuestras oraciones a quien, por medio del Bautismo, recibió la adopción de los hijos de Dios y se alimentó en la mesa del Señor, para que ahora merezca la herencia eterna prometida a los santos y participe en el banquete celestial.
Oremos también por nosotros mismos, que ahora lloramos afligidos, para que, junto con nuestro(a) hermano(a), podamos un día salir al encuentro de Cristo, nuestra Vida, cuando Él se manifieste en la plenitud de su gloria.
Para un difunto cristiano que será inhumado o sepultado:
Dios todopoderoso ha llamado de esta vida a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a). Ahora, nosotros depositaremos su cuerpo en el sepulcro (para que vuelva a la tierra de la cuál fue formado).
Pero tengamos en cuenta que Cristo, el primero en resucitar de entre los muertos, transformará nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso semejante al suyo. Encomendemos, entonces, a nuestro(a) hermano(a) para que el Señor lo(a) reciba en su paz y resucite su cuerpo en el día final.
Para un difunto que vivió alejado de la te y será inhumado:
Hermanos: Mientras realizamos el piadoso ministerio de enterrar a los muertos, reguemos confiadamente a Dios, fuente de toda vida, para que revista con la fortaleza y la gloria de los santos a este(a) hermano(a) nuestro(a), a quien sepultamos en la debilidad de la carne.
Pidámosle que tenga misericordia de él(ella) en el día del juicio; que lo(a) absuelva de toda culpa para que, reconciliado(a) con el Padre, sea llevado(a) sobre los hombros del Buen Pastor hasta su reino eterno, para gozar de su compañía y la de todos los santos.
Para un difunto que será cremado:
Hermanos: Supliquemos ahora con fe a Dios nuestro Padre de quien viene la gracia de la misericordia. Entregamos ahora el alma de nuestro hermano(a) N. al Señor de la vida. Deseamos que, librado(a) de toda culpa experimente la comunión de los santos y que Jesús, nuestro Camino, Verdad y Vida lo conduzca a la morada preparada por el Padre desde la eternidad.
Roguemos para que el dolor que nos causa la ausencia de N. se mitigue con la esperanza verdadera, la serenidad y la paz que nos da el Evangelio de Jesús.
Para toda circunstancia:
Hermanos: Acompañaremos ahora a N. al lugar de su descanso eterno. Mientras lo hacemos, recordamos los momentos que compartimos con él (ella); especialmente las ocasiones en que N. nos acompañó a nosotros en las circunstancias duras de la vida. Su ausencia nos duele, pero el Señor, nuestro Dios, nos garantiza la esperanza. Porque Él triunfó sobre la muerte y nos llamó a creer en su resurrección y en su Vida para experimentarla también nosotros. Pidámosle al Señor por intercesión de María Santísima, nuestra Madre y Madre de N. que tengamos la serenidad y la paz que surgen de la fe.
Y todos oran en silencio por unos momentos.
55. Después se asperge e inciensa el cuerpo, a no ser que prefiera hacerse después del canto de despedida.
A continuación se entona uno de los siguientes cantos responsoriales:
I
Vengan en su ayuda, santos de Dios; salgan a su encuentro, ángeles del Señor.
* Reciban su alma y llévenla a la presencia del Altísimo.
V. Cristo que te llamó, te reciba y los ángeles te conduzcan al seno de Abraham.
* Reciban.
V. Concédele, Señor, el descanso eterno y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.
* Reciban.
II
Te rogamos, Señor y Dios nuestro, que recibas el alma de este(a) difunto(a), por quien derramaste tu sangre.
* Recuerda, Señor, que somos polvo y que el hombre es como la hierba y la flor del campo que se marchita.
V. Estoy atemorizado por mis pecados y me avergüenzo ante ti, esperando tu misericordia.
* Recuerda.
III
Señor, tú me conociste antes de haber nacido y me hiciste a tu imagen y semejanza.
* Ahora, a ti, que eres mi Creador, te entrego mi alma.
V. Estoy atemorizado por mis pecados y me avergüenzo ante tu juicio; no me condenes, Señor.
* Ahora.
IV
Creo que mi Redentor vive y que en el último día surgiré de la tierra.
* Y con mi cuerpo contemplaré a Dios, mi Salvador.
V. Seré yo mismo quien lo mire, no otro; mis ojos lo verán.
* Y con mi cuerpo.
V. Por eso conservo esta esperanza en el fondo de mi corazón.
* Y con mi cuerpo.
Puede entonarse otro canto tomado de las pp. 307-334 u otro canto adecuado.
56. Luego el sacerdote dice una de las siguientes oraciones (se puede omitir lo que está entre corchetes):
Padre de Bondad,
encomendamos a tu cuidado
el alma de nuestro(a) hermano(a),
sostenidos por la esperanza
de que en el último día resucitará con Cristo,
junto con todos los que han muerto con él.
[Te damos gracias por todos los beneficios
con que lo(a) favoreciste en esta vida mortal;
beneficios que para nosotros
se convertirían en signos de tu bondad
y en la expresión de esa santidad
que brota de la comunión con Cristo.]
Por eso, Señor,
escucha con misericordia nuestros ruegos:
abre para tu hijo(a) las puertas del Paraíso;
concédenos, a los que permanecemos en esta vida,
la gracia de poder consolamos mutuamente
con palabras de esperanza
hasta que lleguemos a Cristo,
y así podamos vivir siempre contigo y con este(a)
hermano(a) nuestro(a).
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
Señor, te encomendamos el alma de tu hijo(a) N.
Aunque él(ella) está muerto(a) ante nosotros,
sin embargo vive en tu presencia.
Por tu inmensa bondad,
perdónale los pecados que ha cometido
por su humana fragilidad.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
57. Luego el ministro, si no lo ha hecho previamente, asperge el féretro mientras dice:
V. Concédele, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.
El ministro puede agregar:
Que las almas de nuestros fieles difuntos descansen en paz.
Y todos aclaman:
Amén.
Para concluir puede entonarse otro canto tomado de las pp. 307-334 u otro canto adecuado.
CELEBRACIÓN DE LAS EXEQUIAS
EN LA CAPILLA DEL CREMATORIO
58. Aunque tradicionalmente la Iglesia prefiere que se conserve la costumbre de la inhumación de los cuerpos de los cristianos, porque este gesto se asocia mejor a la sepultura del Señor, los fieles tienen, con todo, la facultad de elegir, si lo prefieren, la cremación de su propio cuerpo sin que esta elección impida la celebración de los ritos cristianos.
El hecho de la cremación del cadáver no comporta de por sí especiales diferenciaciones rituales, por lo que las exequias, en el caso de cremación, se celebran ante el cadáver antes de la cremación del cuerpo con los mismos ritos y formas que se usan en las exequias acostumbradas (capítulos I, II y III).
La única diferencia ritual exigida por la misma veracidad del rito, consiste en que, en el caso de cremación, las exequias no incluyen la procesión al cementerio y la bendición del sepulcro. Por tanto, el rito del último adiós debe celebrarse siempre en la misma iglesia al final de la Misa o de la liturgia de la Palabra, tal como se describe en el capítulo III de este Ritual, o bien, en los casos donde en el mismo crematorio exista una capilla puede utilizarse el breve rito que sigue a continuación.
Existe también la posibilidad de que se realice una celebración después de la cremación del cadáver, si la familia lo prefiere, en cuyo caso se siguen las indicaciones del capítulo VI. En todos estos procederes puede dar indicaciones explícitas el Ordinario del lugar.
59. Reunida la familia del difunto y la comunidad que la acompaña, el sacerdote dice las palabras siguientes u otras semejantes:
Hermanos: Dios todopoderoso quiso llamar a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a) N.; ahora nosotros queremos encomendarlo(a) a Jesucristo, que venció la muerte con su resurrección y nos abrió así las puertas de la felicidad eterna. Cristo fue el primero en resucitar, para transformar nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso como el suyo. Encomendemos entonces a N. al Señor para que lo reciba en su paz y lo(a) resucite en el último día.
60. Después puede hacerse la Oración de los fieles, usando, en todo o en parte, la siguiente fórmula de carácter litánico (no se dice "oremos" al final de cada intención).También puede usarse otra apropiada entre las señaladas en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.
Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente». Encomendémosle, entonces, a este(a) hermano(a) nuestro(a).
A cada intención respondemos: Te rogamos, Señor.
- Tú, que lloraste la muerte de tu amigo Lázaro, seca nuestras lágrimas.
- Tú, que resucitaste a los muertos, concede la Vida eterna a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que prometiste el Paraíso al buen ladrón, conduce al cielo a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que purificaste a nuestro(a) hermano(a) en las aguas del Bautismo y lo(a) ungiste con el óleo de la Confirmación, admítelo(a) entre tus santos y elegidos.
- Tú, que alimentaste a nuestro(a) hermano(a) con tu Cuerpo y tu Sangre, recíbelo(a) en la mesa de tu reino.
- Y a nosotros, que lloramos entristecidos su partida, reconfórtanos con la fe y la esperanza de la Vida eterna.
El ministro invita a rezar la Oración del Señor con esta u otras palabras:
El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.
Luego, todos recitan la oración del Señor.
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Oración
Al concluir el Padrenuestro, el sacerdote o diácono dice una de las siguientes oraciones:
I
Señor, ten misericordia
de este(a) hijo(a) tuyo(a) difunto(a):
ya que procuró cumplir tu voluntad,
recíbelo con amor en tu casa;
así como estuvo unido(a) a tu pueblo fiel, por medio de la fe,
concédele asociarse en el cielo al coro de los ángeles.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Dios nuestro, que estás atento a las súplicas de tus fieles
y conoces sus buenos deseos,
concede a tu servidor(a) N., a quien hoy despedimos,
que consiga la felicidad eterna
junto con tus santos y elegidos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén
O bien:
III
Dios nuestro, que eres el autor de la vida,
restauras los cuerpos humanos
y aceptas con bondad el ruego de los pecadores:
escucha las súplicas que te dirigimos en nuestra aflicción
pidiéndote por el alma de tu hijo(a) N.,
para que lo(a) libres de la muerte eterna.
Permítele compartir con tus santos las alegrías del Paraíso.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
En lugar de las oraciones precedentes puede decirse una de las siguientes, eligiendo la más adecuada, según las circunstancias:
Por un(a) difunto(a) cuya(o) esposa(esposo) está presente:
Padre santo, recibe con bondad a tu hijo(a) N.
y protege solícito a su esposo(a) N.;
concédeles alcanzar, algún día,
la plenitud de la caridad en la vida que no tiene fin.
por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un niño difunto que ha llegado al uso de razón:
Recibe con amor de Padre, Dios todopoderoso,
a este niño(a) N. a quien has llamado a tu presencia;
concede el don de la esperanza y del consuelo
a quienes se sienten abatidos por la muerte de N.;
ayuda especialmente a sus padres (y hermanos)
a descubrir la luz de tu presencia
en Jesucristo, nuestro Camino, Verdad y Vida,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Por un difunto joven:
Dios nuestro, que diriges los acontecimientos
y la duración de la vida de los hombres;
te encomendamos humilde y confiadamente a tu hijo(a) N.,
cuya muerte prematura lloramos,
para que le concedas una permanente juventud
en la felicidad de tu casa en el cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un papá joven (o mamá joven) difunto(a):
Señor, Dios nuestro,
que puedes comprobar la honda tristeza
de quienes lloran a tu hijo(a) N.;
concédenos, te suplicamos, la paz que necesitamos
y ayúdanos en nuestra fe
para confiar en que él(ella) goza de tu compañía en el cielo.
Ayuda a su esposa(o)
a sobrellevar esta durísima prueba de la vida
y dale a su(s) hijo(s) la fortaleza
y la serenidad que necesitan.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto después de larga enfermedad
Dios nuestro, que has dado a nuestro hermano(a) N.,
la gracia de servirte en el dolor y la enfermedad
concédele que, así como imitó la paciencia de tu Hijo,
obtenga también el premio de su misma gloria.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto repentinamente:
Padre santo, muéstranos el infinito poder de tu bondad
para que, quienes lloramos a nuestro(a) hermano(a) N.
muerto(a) inesperadamente,
podamos esperar que lo(a) has llevado
a gozar de tu compañía.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto alejado de la fe:
Señor, humildemente apelamos a tu misericordia
para que recibas con bondad el alma de tu servidor(a) N.:
sé indulgente y ten piedad de él(ella)
a fin de que sea purificado(a) de los pecados
que hubiere cometido en su vida,
y así, liberado(a) de toda atadura terrenal,
merezca ingresar en la Vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto que se quitó la vida:
Dios nuestro, que te hiciste cercano a nosotros
por medio de Jesús, nuestro Salvador,
que entregó la vida en la cruz.
Tú conoces lo íntimo de nuestro corazón
y nada se te oculta a tus ojos.
Escucha la oración que te dirigimos por (este hijo tuyo) N.
y muéstrale tu misericordia infinita;
acepta todo el bien que ha hecho en su vida
y perdona sus culpas y debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
61. Luego el sacerdote o diácono asperge el cuerpo del difunto mientras dice:
V. Concédele, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.
El ministro puede agregar:
Que las almas de nuestros fieles difuntos descansen en paz.
Y todos aclaman:
Amén.
Al concluir el rito se puede entonar algún canto, según las costumbres del lugar.
Texto del Ritual de las Exequias.
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